Peter Greenaway es un director británico prolífico que inicia su trayectoria al final de los 60’s. Desde entonces se ha inclinado por un cine barroco, usualmente asociado a la «Neovanguardía». Respaldado por su experiencia en las artes plásticas, sus escenas manifiestan una estructura compleja de sobreabundancia visual con composiciones excelsas y constantes citas pictóricas.  El cine británico en el que se contextualiza Greenaway, es una denuncia al exceso de realismo que se imprimía en las películas de su tiempo. Los neovanguardistas buscaban potencializar las imágenes estilísticas de Fellini o Bertolucci, de tal forma que retomaran el vigor y determinación de las vanguardias pero siempre con miras a una renovación del lenguaje cinematográfico, que logre desapegarse de la novela decimonónica y logre abandonar de una vez por todas las formas caducas que Hollywood ha raptado y repetido impulsivamente.

Drowning by numbers (1988) contiene todas las características creativas de un Greenaway maduro, pero que aún conserva sus líneas narrativas claras y dinámicas. La historia trata sobre la vida de tres mujeres que comparten el mismo nombre «Cissie Colpitts«, quienes inconformes con sus relaciones maritales deciden modificar la situación en la que viven. A intervalos la historia es narrada por el personaje más carismático del film, Smut, un niño que a través de peculiares juegos logra contabilizar y dar forma a la realidad. Sus intereses varios y especial atención por la muerte ayudan a estructurar el film completo.

Con la disciplina propia de un matemático, Greenaway planeó cada escena a un nivel de detalle impresionante, numerándolas del 1 al 100, de forma que los números aparecieran en la pantalla, hablados o escondidos en el cuadro. No hay titulo más adecuado que uno que esconda tantos elementos y te revele la trama al mismo tiempo, Drowning by Numbers, es una película que gira obsesivamente sobre sus elementos principales: los números, la muerte y el agua.

Minucioso también en su gusto pictórico, Greenaway trae a cuadro desde las primeras escenas todos los elementos necesarios para pintar un bodegón con la cámara; tinas de lamina, frutas sobre porcelana, insectos y mariposas nadando entre manzanas y jabones. Así mismo parece tratar el resto de la escenas, con composiciones y atmósferas visualmente absorbentes. Las motivaciones teóricas del director por llevar al cine fuera de sí mismo empatan perfectamente con su forma de crear cine. El suyo, es un cine que da prioridad a la imagen antes que al texto, que desarma la vanidad en torno al actor al emplearlo más como una figura que cumple un propósito fijo dentro de una imagen, que como un elemento para empujar la narrativa hacia un desenlace clásico. Sus escenarios lucen intencionalmente montados o artificiales en contraposición a una cámara que únicamente se dedica a capturar la realidad como se presenta.

En definitiva, después de Greenaway, el cine se ve obligado a replantearse sus ya gastadas formulas y preguntarse desde qué otros juegos estéticos puede abordarse el lenguaje cinematográfico.