En el año 2014, se publicó una entrevista realizada a Enzo Traverso, el título de este libro fue “¿Qué fue de los intelectuales?”. En su momento, al realizar mi tesis de posgrado en historia, este libro me hizo reflexionar sobre cómo los intelectuales siguen ahí, en alguna parte. Que, con base en Traverso y para no hacer una re búsqueda inalcanzable sobre quién es un intelectual (en el siglo XX), se puede asumir a un intelectual como aquél que permea fuera de las universidades, se vincula con principios abstractos y su lucha: justicia, igualdad, libertad, derechos humanos, es decir es un defensor de los derechos universales.

No obstante, como se menciona, esta definición del intelectual pertenece a la primera parte del siglo XX, puesto que para la segunda mitad se ven cambios complejos por la permeabilidad de la institucionalización. Por ende, Traverso habla de los científicos, aquellos que se forman en las universidades, aquellos que se especializan y suelen constreñirse a sus propias disposiciones, con sus protocolos y por supuesto, con su proceso de comprobación científica (necesaria a mi parecer). Sin embargo, estos científicos fácilmente caían (caen) en demagogias, es decir, en una serie de reuniones o relaciones personales (más que científicas) cubiertas de halagos, los cuales no se relacionaban (relacionan) con la capacidad de producción académica o bien con la lucha de los intelectuales descrita en líneas anteriores.

Así, se puede comprender que existe una diferencia entre académicos institucionalizados (científicos) y los intelectuales. Y sí, se puede decir que hoy en día existe una especie de científico intelectual, aquellos que son considerados grandes pensadores y escritores, quienes se dedicaron más que a una especialización. Entre estos pensadores contemporáneos podríamos destacar a Noam Chomsky, Peter Sloterdijk, Jürgen Habermas, Jacques Rancière o Douglas Hofstadter. El pero reside en la posibilidad de comprender sus premisas tan complejas que sólo otros filósofos o humanistas alcancen a descifrar; recordando que existen doctorandos y doctores que estudian la vida de un autor y de sus obras para desenmarañar para poder abonar a sus ideas.

Para ellos, para los de la academia, no son invisibles estos científicos intelectuales. Para los demás… son un historial de aburrimiento. Esto lo escribo porque con la pandemia por la Covid-19 se dieron cientos de conferencias especializadas: historia conceptual, intelectual, económica, o sobre pensamientos filosóficos cuánticos, bioéticos, entre otros muchos, los cuales tenían poco alcance a pesar de que los usuarios migraron totalmente al mundo digital. Si antes se tenían a quince o diez personas en la sala, que con mucho esfuerzo se gestiona, ahora eran nueve o diez almas conectadas en Facebook Live, ¿realmente lo estaban viendo?

El usuario, sea quien sea, debe decidir entre minutos que podría tomar para ver algo atractivo visualmente (estimulador) en YouTube o Facebook, o buscar algo diferente. Pero entre el algoritmo personal y la ignorancia de la existencia de diversos temas… pasan desapercibidos. Al final, no es porque el usuario no quiera verlo (quizá tampoco de bote pronto cause mucho interés) sino porque no los ven; no se puede comprender algo que no existe en tu propia realidad (o verdad). Quizá no podemos ver a los intelectuales (o no alcanzamos a apreciarles), ya que son como unas partículas tácitas de la sociedad; importantes pero un tanto invisibles; no puedo llegar a una conclusión sobre cuál es la relación o correlación entre los usuarios que observan contenidos académicos de quienes no; en este escrito me muevo por suposiciones de observación y aproximación a mi campo de estudio: los universitarios (docentes y discentes), empero, podría ser muy interesante acceder a estos datos de los muy presumibles algoritmos de redes sociales.

De la palabra invisible deviene mi incomodidad. Según la Real Academia Española (RAE), la palabra invisibilidad es un adjetivo, es decir califica al sustantivo, por tanto debemos usar el sustantivo intelectual al lado para darle un sentido. Así pues, la invisibilidad puede tener dos lecturas: que no puede ser visto o que rehúye a ser visto. Entonces, el intelectual… ¿no puede ser visto por quién? ¿Rehuir de qué? Como he ido esbozando, el intelectual puede no ser visto por la ignorancia que acontece en la sociedad actual; la palabra ignorancia no debiera ser peyorativa, pues precisamente refiere al desconocimiento de algo. No es que el intelectual-científico, (o el científico-intelectual), no escriba, no dicte, no hable, no exponga, simplemente se le ignora…

Aunque, por otra parte, he observado que el científico-intelectual rehúye de la responsabilidad social y se estrecha en su cubículo con sus rituales y sus pensamientos. Tampoco digo que maniobre con los pocos recursos que tiene a la mano, se entiende esa precariedad en la que trabajan, ¿hace falta más? Quizá falte algo más, algo más allá de la voluntad, de la ceguera o la negación… o del propio tiempo y espacio…

Entonces, para visibilizar a los intelectuales-científicos o a los científicos-intelectuales (pensando en estos segundos como los académicos de instituciones), es necesario hablar de ellos, viralizarlos, memearlos , infografiarlos, crear videos informativos pero cortos, pero ¿ser TikToker del conocimiento es posible? Quizá no es posible acortar el conocimiento pero sí crear el interés a estos intelectuales contemporáneos. Es necesario dejar de ver al otro académico como rival, como superior o inferior (cosas que pasan en la academia fina). Leer y hablar de lo que se lee es, quizá (perhaps, perhaps, perhaps), la única forma de que el inconsciente colectivo avance, sobre todo si lo llevamos al sentido de la glocalidad.

Por ejemplo, al hablar de un intelectual local o regional podemos ver una importante referencia, en el caso de Tijuana, a Rubén Vizcaíno Valencia quien en su momento (hacia los años sesenta y setenta) cumplió con esa función de motivador. En 1957, Vizcaíno publica “Carta abierta a los profesionistas e intelectuales de Baja California”, que si era él quien debió publicarlo o el porqué de tomarse esa atribución y autonombramiento, no importa, importa que podemos comprender cómo hay una necesidad de evolución cultural y mental que se mueve como las olas del mar, golpeando sus aguas y tocando tierra. Sí, para quienes conocen un poco de la historia local de Tijuana, o quienes vivieron con la referencia del profe Vizcaíno, podrán retomar que no es el mejor ejemplo; por su machismo, por sus ideas moralistas, por sus palabras altisonantes, entre otras características. No obstante, es lo que tenemos y a partir de ello podemos entender nuestro presente y proyectar el futuro. Repito, lo ejemplifico, hago referencia de este personaje empero no es un caso único.

Así pues dije algo sin proponer mucho. Después, un tiempo después, me dispondré a leer sus comentarios y refinar mis ideas; hay tantos temas que quisiera describir para hablar de los científicos-intelectuales de la actualidad, pero los tiempos requieren de practicidad. Al final pareciera que quien alza la voz es el que sale ganando; ya sea por una lucha de ego personal, por una cuestión de superioridad moral, justicia social, patriotismo o por cualquier trauma personal. En resumen, es necesario hablar de los autores que hablan de otros autores para entender a nuestra sociedad y a nosotros mismos.