Identidad y Diplomacia Cultural

Dra. Leonora Arteaga Del Toro
Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales
Universidad Autónoma de Baja California

 

Resumen

 

La diplomacia cultural puede convertirse en una herramienta que apoye las labores de preservación del patrimonio cultural y la promoción del arte y la cultura nacional, con el objetivo de preservar la identidad cultural. La diplomacia cultural se puede convertir en la primera línea de defensa ante la homogeneización cultural traída por el proceso de globalización y puede aprovechar los flujos globales para posicionar la obra artística que producen las identidades culturales.


México es un país rico en cultura e identidades culturales, preservarlas es un reto porque existen temas sin resolver con respecto a la construcción de estas y del cuidado y preservación del patrimonio cultural.

 

Palabras clave: Diplomacia cultural, patrimonio cultural, propiedad cultural.

 

La globalización ha traído nuevos flujos de personas, bienes y servicios, así como de manifestaciones culturales, que al asimilarse o absorberse ponen en peligro a las identidades culturales debido a que se teme a que la cultura global domine a la nacional. Es necesario entonces, aprender a distinguir que la globalización económica es distinta a la cultural, y que en ocasiones una identidad o cultura dominante dictará y legitimará el discurso estético con el cual se valorará a sus manifestaciones culturales y patrimonios.  Para ello, la diplomacia cultural se convierte en un instrumento de política cultural que a nivel internacional protege a las identidades y patrimonios culturales tangibles e intangibles.

Tanto a nivel nacional como global, existen políticas culturales y políticas públicas que llegan a afectar las percepciones estéticas de las manifestaciones artísticas y valoran de manera positiva o negativa a la identidad cultural de un determinado grupo social.  Aunque, no siempre las identidades son protegidas, por lo que se puede llegar tanto a discriminación como extremismo, por ello, si las políticas culturales, tanto nacionales como internacionales, se dedican también a promover cambios de habitus  las identidades serían protegidas de manera más eficiente.

El origen de los problemas de preservación y protección de las identidades se encuentran en el hecho de que la identidad o clase dominante decide cuál es el discurso estético que le dotará de valor a las expresiones artísticas que emanan de ellas.  De ahí nace la necesidad de identificar a través del análisis de este, dónde se pueden apoyar la diplomacia cultural y la identidad para la preservación de los patrimonios culturales tangibles e intangibles y cuáles son los instrumentos de diplomacia cultural más adecuados para esto.  

En el caso de las políticas culturales a cargo del Estado o de una agencia descentralizada, tienden a estar concentradas en la educación y en la promoción de las manifestaciones artísticas, así como en el cuidado del patrimonio histórico. Debido a que conciben la cultura como acceso, divulgación o posesión de bienes vinculados con el saber, el arte o los espectáculos (Margullis, 2014 p.16). Las manifestaciones culturales llegan a ser más que lo estas cubren, por lo que lo anterior significa que estas políticas se enfocan en lo material, sin entrar a modificar habitus, intervenir códigos culturales y en general alterar la forma en la que un grupo humano se relaciona con el mundo (Margullis, 2014).

No obstante, en la era global la promoción y los intercambios culturales pueden poner en peligro a las identidades y a los patrimonios culturales si no se es cuidadoso. El reto se encuentra en que la promoción de la diversidad cultural está condicionada en la libertad cultural, es decir cuando los individuos y los grupos son libres de expresarse y no están ligados a restricciones ideológicas o sistemas de valores impuestos (Kozymka, 2014 p.156). Por lo anterior en el 2011, la UNESCO pide que se reconozcan las señales de que la cultura en todas sus manifestaciones debe evolucionar a la par del proceso de globalización. Por ello, la diplomacia cultural tiene como misión evitar, a nivel internacional tanto la discriminación como los extremismos que conducen a las guerras o a un choque entre identidades donde una trata de dominar a otra. Porque los objetivos de diplomacia cultural se encaminan a que la diplomacia trabaje para la cultura y no la cultura para la diplomacia (Kozymka, 2014).

Identidad Cultural y Globalización

Según  Giménez (2005, p.89), la identidad se trata de una consecuencia natural de la definición de cultura como hecho se significación o sentido que se basa en el valor diferencial de los signos. Es decir proviene de los cambios culturales y del contexto donde se desarrollan.  La identidad cultural puede en un momento dado considerarse patrimonio cultural, digno de promoverse y promocionarse.

El desarrollo de la cultura es la fuente principal de identidad para las colectividades humanas, las que sin desarrollo cultural son un grupo sin bases firmes para su consolidación y autorrealización (Estrada, 2010 p.454). La cultura como conjunto de prácticas, costumbres y valores compartidos es la base de la construcción de identidad.

Castells (2009), argumenta que las identidades son el proceso de construcción del sentido atendiendo a un atributo cultural al que se le da prioridad y son construidos mediante un proceso de individualización. O sea, depende de los valores o prácticas que un grupo considere como los más importantes y representativos. Siendo más fuertes que los roles que puedan jugar, debido al proceso de autodefinición e individualización más allá de ser simples etiquetas o marcadores que señalan, pero no definen a la individualidad del sujeto o grupo, en el caso de las identidades colectivas.

Dentro del proceso de construcción de identidad, se encuentran los cambios culturales que provocan que sea cambiante, como una máscara que no oculta nada, sino que hace visible al personaje, pero no reconocible (Espinasa, 2010). La identidad al igual que la cultura es cambiante. Al ser un fundamento de los valores sociales y políticos, de manera implícita muestra las relaciones de poder dentro de una sociedad. Lo que significa que habrá un grupo o grupos que tratarán de influir en cómo llevar a cabo este proceso.

Sin embargo, la cultura presupone un componente fundamental en el origen y dinámica de las estructuras sociales, conductas y valores sociales y políticos de una sociedad (Estrada, 2010).  Ahora bien, si la cultura muestra las relaciones de poder, la construcción social de la identidad tendrá un contexto marcado por las relaciones de poder (Castells, 2009 p.29). Las identidades se pueden presentar como fuente de valores y se hallan ligadas a sentimientos de amor propio, honor y dignidad. Lo anterior en ocasiones hace que las identidades dominantes, exageren la excelencia de sus propias cualidades y contribuyan a denigrar a las ajenas (Giménez, 2005).

Es decir, pueden dividir al grupo social en dominantes y dominados, intensificando el componente de poder dentro del proceso de construcción de identidad. Lo anterior tiene como consecuencia la discriminación y los extremismos. Ya que están sujetas a valoraciones tanto positivas como negativas.

Dentro del proceso de globalización entra en juego el debate de si las identidades culturales desaparecen en pro de una identidad global o sirve el proceso para de escenario,  para que se den a conocer.  Según Robins (2003), los flujos de personas alrededor del mundo están generando encuentros e interacciones que llevan a la hibridación cultural por la aparición de nuevos repertorios culturales. Aunque la globalización sea un acumulado de fenómenos culturales, existe un cuestionamiento sobre si la identidad cultural es un producto o una víctima de esta, ya que comúnmente se ve a la globalización como destructora de identidades por la homogenización producto de las políticas económicas del mundo (Tomlinson, 2003).

Por lo que es necesario aprender a distinguir entre globalización económica y globalización cultural (Giménez, 2000), porque como Baker (2007) argumenta, si no se puede juzgar estrictamente a los productos culturales, se tiene que aceptar lo que les corresponde a las identidades culturales de manera aceptable o inaceptable en términos de la cultura popular.  También, se debe aprender quién es el agente que determina el valor estético de los productos culturales dominando las identidades valorándose de manera positiva o negativa. Esto es parte de los retos a los que se enfrenta la diplomacia cultural.

La Diplomacia Cultural en el Siglo XXI

La diversidad cultural y política se encuentran en constante cambio, sobre todo cuando se suma la variable de la identidad cultural. Definir cultura ha sido complicado debido a que es un concepto amplio y elástico. En la era Global los intercambios culturales son cruciales. Como la UNESCO (2011) señala, el mundo actual vive transformaciones sociales y culturales a un ritmo acelerado.


En el siglo XXI uno puede ser testigo en tiempo real de una manifestación cultural a través de las tecnologías de la información, y no tener que conformarse con lo que se ve en un libro o una revista. Esta interconectividad señala y resalta las diferencias aún más y mueve los sistemas de creencias agudizando los prejuicios, porque no ya no se ve como lejana a una cultura distinta.

Producto de la migración y la movilidad de personas, puede ser que esa cultura sea parte del hogar de alguien en el vecindario donde se habita.  Básicamente se busca una respuesta a los retos traídos por la globalización: la migración, preservación de patrimonio, choques culturales, tecnologías de la información y comunicación, cultura popular, medio ambiente y sustentabilidad, desplazamiento de personas y refugiados. Estos retos, traídos por el nuevo ritmo e interconectividad de las relaciones humanas.

Sin embargo, a nivel global la cultura puede ser utilizado tanto para la paz como para la guerra. Terry Eagleton (2009), argumenta que

para los tres fines de la política radical que han dominado el panorama global durante las últimas décadas -el nacionalismo revolucionario, el feminismo y la lucha étnica- la cultura entendida como signo, imagen, significado, valor, identidad, solidaridad y autoexpresión, siempre ha sido un motivo de lucha política y no su alternativa celestial. (2009, p. 75)

La diplomacia cultural se puede convertir en un instrumento primario para promover la tolerancia. Las diferencias culturales hace que sea complicado ser tolerante y eso provoca que comiencen los conflictos. 

A nivel internacional, proteger a las manifestaciones culturales ha sido un reto debido a los déficits de política que se deben superar. En el 2011, la UNESCO señala una propuesta para una nueva agenda cultural para el desarrollo del entendimiento mutuo. En el 2011, los déficits a cubrir se encontraban en el recobro de importancia del sentido de pertenencia; la necesidad de expandir políticas que permitan la existencia de las culturas, civilizaciones y religiones; repensar las que reducen a la cultura a solo expresiones; la cultura digital, las expresiones urbanas juveniles; el vínculo entre la cultura y la naturaleza, la promoción de la innovación en cuanto a la investigación entorno y la enseñanza del diálogo intercultural y la diversidad cultural.

Es ahí, donde la diplomacia cultural debe entrar para promover el diálogo entre culturas. En este sentido, la diplomacia cultural es también un instrumento de política exterior y una forma de abrir espacios de diálogo. Esta concepción ha evolucionado de la noción de que es necesaria promover la cultura nacional en el extranjero para estrechar lazos con otras naciones, mejorar la cooperación o para promover el interés nacional, la UNESCO aún la ejerce de esta manera (Kozymka, 2014).

En esta concepción tradicional, la identidad cultural es casi dejada de lado, porque la diplomacia tiende a concentrarse en las expresiones culturales. Por lo que para abrir un espacio de diálogo uno debe de tener la conciencia de que la identidad y el patrimonio son parte de la cultura, así como las expresiones artísticas.

Dejar de proteger algo intangible como lo es la identidad, la puede dejar vulnerable a convertirse en un blanco de discriminación, sobre todo porque queda desprotegida al no estar legitimada por alguna autoridad, porque el concepto de cultura puede evocar sentimientos de ancestralidad, lealtad política y apego emocional (Arizpe, 2015). Estos sentimientos son los que resaltan la arista de la imposición, dado que hacen ver que los flujos globales se están convirtiendo en imperialismo cultural denotando imposición y coerción (Barker, 2007). Por eso es que la promoción de la diversidad cultural queda condicionada a la libertad, porque sólo puede existir cuando los individuos y grupos son libres de expresarse y no están restringidos por ideologías o sistemas de valores impuestos (Kozymka, 2014)

Entonces se complica la promoción de la diversidad cultural, dado que por un lado la globalización y el liberalismo ofrecen la facilidad de expresar las identidades de todos los grupos que comprenden la sociedad, al menos en occidente, y por el otro las adaptaciones y apropiaciones de costumbres y hábitos, producto de esta expresión (y los cambios en los patrones de consumo), tienden a parecer imposiciones e imperialismo, dado que promueven uniformidad y homogeneización.

Ahora bien, los beneficios de proteger a las identidades y los patrimonios culturales, no sólo las expresiones artísticas, por ejemplo, son que se legitiman y se genera una sociedad civil, y esto contribuye a la creación de ciudadanía y el establecimiento de valores como la equidad y la integridad como señala la UNESCO (2011).  Lo anterior se puede generar a nivel nacional, pero a nivel global es posible lograrlo si las políticas culturales globales se concentran en el diálogo y el entendimiento, en lugar de las diferencias.

Los actores involucrados en la diplomacia cultural están liderados a nivel internacional y global por la UNESCO, sin embargo, pueden estar involucrados los Estados, movimientos sociales, agentes privados, ciudadanos, empresas, instituciones educativas, etc. porque la globalización y el liberalismo político en occidente ha permitido que actores no estatales puedan establecer relaciones y redes sin tener que pasar por el nivel Estatal.

La UNESCO, como principal actor a nivel internacional y global, es la única agencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que específicamente trata asuntos de índole cultural y es la principal plataforma para la diplomacia cultural (Kozymka, 2014).  Su función, como lo indica Kozymka (2014), es salvaguardar la diversidad cultural, a pesar de que se mueve entre dos dimensiones aparentemente contradictorias: la noción de que la cultura es un patrimonio universal de la humanidad y debe ser preservada y por el otro cuidar a la diversidad cultural en todas sus expresiones que representen las especificidades de las culturas porque esto contribuye al enriquecimiento de la humanidad. Es decir la UNESCO protege tanto la alta como la baja cultura, lo artístico y lo artesanal, lo académico y lo popular al mismo tiempo. Si se mantiene un equilibrio entre ambas dimensiones no debe de haber contradicciones. Si se pierde o altera en favor de una u otra, entonces la ambivalencia la puede deslegitimar,  y sus esfuerzos serían en vano.

La UNESCO compite con otro tipo de actores, en cuanto a la promoción cultural se refiere porque estos no practican la diplomacia propiamente dicha, tales como los medios masivos de comunicación. Gracias a la globalización cultural se ha desarrollado una infraestructura e instituciones para la producción, trasmisión y recepción de productos culturales de todo tipo (Held, McGrew, Goldblatt, y Jonathan., 1999). Los consumidores son los que los regulan y deben aprender a navegarlos. Y no se responsabilizan de la pérdida de autonomía cultural, ya que eso depende del tipo de políticas que los gobiernos buscan imponer en materia cultural y de información (Held et al., 1999, p. 370).

Para contrarrestar los efectos del consumo de contenido mediático y la posible pérdida de autonomía cultural, García Canclini (1999), propone lo siguiente en materia de política cultural:

a) La política cultural que debe considerarse prioritaria para evaluar cómo se desempeña una sociedad en la globalización es la que se hace con la ciudadanía.
b) Habiendo partido de lo anterior, se puede considerar mejorar los bienes y mensajes que una sociedad, y cada grupo detrás de ella logran comunicar a través del mercado.
c) Reformar la política cultural en función de intereses públicos obliga a revertir la tendencia a la simple privatización y desnacionalización de las instituciones y programas de acción cultural.
d) Lo que puedan decir los Estados y organismos independientes nacionales depende cada vez más de que se construyan nuevos programas e instituciones culturales regentes que acompañen la integración comercial entre naciones. (1999, pp. 189–194)

La propuesta de García Canclini invita a que el Estado y sus ciudadanos tomen las riendas en cuanto a la hechura de políticas culturales y su implementación. Si se coordina el Estado con los ciudadanos es posible que las políticas se ajusten a las necesidades particulares de este y pueda aprovechar de manera más amplia la plataforma que la UNESCO ofrece. El problema principal al que se enfrenta la UNESCO, así como la ONU, es la falta de personalidad legal, lo que les impide ser coercitivas. Esto significa que sólo pueden emitir recomendaciones y que el Estado, a discreción, queda a cargo de implementarlas o no.

El reto en el siglo XXI es que intervienen todo tipo de actores en ella por un lado y como la definición de cultura ha ido ampliándose con el objetivo de ser incluyente, no se sabe dónde comienza una cosa y dónde termina otra. Es decir no se sabe dónde comienzan los asuntos de una verdadera imposición cultural y dónde se trata solo de las adaptaciones sociales que vienen como respuesta a los cambios traídos por el proceso de globalización. Tampoco se tiene claro qué es patrimonio, propiedad y política cultural. Por un lado, porque las nociones se han ido ampliando, y por el otro por las cuestiones éticas que intervienen.

En el caso de México, las políticas de diplomacia cultural tienen como retos, además de la protección del patrimonio cultural, asegurar que son se pierda la propiedad intelectual de los bienes culturales y preservar las capacidades y habilidades culturales tradicionales de los grupos más vulnerables.

México ha recibido influencias culturales de varias regiones del mundo. A su vez su identidad se ha construido y reconstruido a la par se su evolución histórica y política. Según Arizpe (2011), los retos a los que se enfrenta la cultura Mexicana, frente al proceso de globalización son:

  1. La protección del patrimonio cultural en toda su gama.
  2. Promover la producción de bienes culturales para el mercado tanto nacional como internacional promoviendo las industrias culturales, asegurando que su propiedad intelectual y los beneficios de sus ventas queden en manos de sus creadores y productores.
  3. Seguir manteniendo en alto la reflexión y las prácticas de la cultura en México como parte de su identidad en el mundo global.
  4. Orientar actividades culturales hacia los grupos cuya pobreza destruye sus capacidades y habilidades culturales tradicionales, fomentando nuevas formas de producción de bienes culturales generadoras de ingreso.

Conclusión

La diplomacia cultural puede ser una herramienta efectiva para la protección de todas las manifestaciones culturales y la preservación del patrimonio y propiedad cultural. Actualmente se enfrenta a los retos traídos por el proceso de globalización porque no ejerce poder duro, es decir no la conduce un Estado y no utiliza la fuerza ni la coerción para lograr sus fines. 

El organismo líder es la UNESCO, sin embargo, existen otros actores y organismos que también la practican. Aunque en este trabajo no se consideró la Unión Europea es otro actor que practica este tipo de diplomacia. Pero, compiten con los medios masivos de comunicación, quienes no se hacen responsables de la pérdida de autonomía cultural, ni de los contenidos que circulan ya que ellos responden a la oferta y demanda. Esto es parte de lo que crea la ilusión de que la Globalización homogeniza.

La Globalización no tiene por objeto homogeneizar ni acabar con la diversidad cultural. El problema se encuentra en que, si se obedecen a las tendencias económicas y se convierte a la cultura en un bien de consumo, se corre el riesgo de que solo lo que la Globalización legitime será lo que se promueva y conserve. Si se separa a la cultura de la lógica de los mercados, la globalización a través del ejercicio de la diplomacia cultural es la plataforma idónea para promover la diversidad cultural, junto con la preservación del patrimonio y la propiedad cultural. Porque al mostrar al público su existencia y su concientizar sobre su valor, se puede lograr que se sensibilice y apoye los esfuerzos para seguir haciéndolo. 

Aunque la principal responsabilidad recae en el Estado y en las políticas que elabore, en una democracia o en un régimen no autoritario, si el ciudadano detecta que no se están cumpliendo los objetivos ni se están elaborando las políticas necesarias para lograrlos, los ciudadanos y los actores privados pueden demandar que se haga. Debe fomentarse una relación entre el Estado y sus ciudadanos para lograr que los patrimonios sean valorados y conservados.

También es necesario aprender a definir y establecer marcos de referencia sobre qué expresiones se deben conservar como parte del patrimonio cultural de un grupo y cuáles merecen ser protegidas como propiedad cultural para evitar que otro se las apropie. Así como a darle valor a lo que no es considerado expresión artística.

Por último, el hombre debe de entender que la diversidad no es motivo para iniciar conflictos, que es necesario aprender a tolerar las diferencias. De esta manera la cultura no se convierte en banderas de extremismo, ni será motivo para que un grupo se declare superior a otro y se imponga.

La diplomacia cultural tiene varios retos que resolver y bastante trabajo para lograr que la cultura siga cumpliendo su función en la sociedad. Sin embargo, la tarea debe ser responsabilidad de toda la humanidad y no solo de los organismos internacionales, porque la cultura pertenece a toda la humanidad, aunque varíen sus manifestaciones de grupo en grupo.

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