El mapa o el territorio
Notas sobre la disputa histórica del espacio en Tijuana

 

Parte I: “Tierra y Libertad”


Tijuana no tuvo fundación oficial. No hubo el ritual, al estilo colonial, que anunció la ciudad futura y colocó la primera piedra. Acá solo había una mera ranchería que de pronto, tras el Tratado Guadalupe Hidalgo, resultó estar cerca de una línea invisible que antes quedaba mucho más al norte. El 2 de febrero de 1848, sin darse cuenta, la ranchería devino borderland. Pero no ciudad, no todavía. Como tal, el espíritu de la ciudad tomó forma años más adelante, con dos momentos fundacionales. Ambos vinculados a la disputa del espacio.


Por un lado: el trazado del mapa en 1889.


Tras el Tratado Guadalupe Hidalgo, buena parte de los terrenos de esta zona pertenecían a Santiago Argüello, teniente de la Compañía Presidial de San Diego. Después de su muerte en 1862, Pilar Ortega (viuda de Argüello) le vendió cerca de la mitad del rancho a su hijo Ignacio Argüello. Años más tarde, el resto de los herederos cuestionarían la legalidad de esta venta y llevarían la pugna a los tribunales. Finalmente, llegaron a un convenio y encargaron al ingeniero Ricardo Orozco la tarea de trazar un mapa que divida en dos el rancho. El 11 de julio de 1889, en la aduana fronteriza de Tijuana (en ese entonces, Pueblo Zaragoza), ambas partes firmarían su conformidad con el mapa recién trazado.[1] Esta fecha será oficializada décadas más tarde como el día de la fundación de la ciudad.


 


Por otro lado: la demanda del territorio en 1911.


Nuevos pobladores, primeras instituciones públicas y un turismo gringo incipiente fueron activando y organizado la dinámica urbana. La ciudad crecía, sobre todo a partir de la avenida Olvera, hoy avenida Revolución. Pero la revolución como tal la preparaba Ricardo Flores Magón desde Los Ángeles. El plan: hacer una comuna anarquista en la península. Los insurgentes magonistas tomaron Mexicali el 29 de enero de 1911 y Tijuana el 9 de mayo. Una fotografía —tan icónica como el mapa de los Argüello— dejó registro de la bandera roja ondeando sobre el palacio municipal de Tijuana con el lema “Tierra y Libertad”, que Flores Magón (y después Emiliano Zapata) tomó del anarquismo ruso. No era demanda de una libertad en abstracto (como en el lema del ejército federal contrainsurgente, que respondía a Flores Magón con un “Libertad y Constitución” reaccionario), sino la tierra como condición objetiva de la libertad. Los insurgentes fueron derrotados y expulsados dos meses después, el 22 de julio del mismo año, por un levantamiento armado local que los acusaba de “filibusteros”.[2] Como resultado de esta derrota, la historia oficial descalificó a los magonistas y legitimó como héroes a quienes los expulsaron (un monumento les rinde honores en una avenida principal de la ciudad). Sin embargo, el imaginario separatista acosará a esta península desde ese entonces.



Tijuana nació como ciudad entre dos disputas políticas por el espacio diametralmente opuestas: una once años antes y otra once años después del siglo XX. La disputa por la propiedad privada versus la disputa por la propiedad comunal. El convenio legal versus la lucha revolucionaria. El mapa versus el territorio.


Este impasse inaugural será determinante para la constitución espacial de la ciudad. No será coincidencia que sea precisamente el asentamiento irregular el modelo de facto del desarrollo urbano en Tijuana, pues en su lógica está inscrita, a la vez, la apropiación colectiva y la propiedad privada. Además, en Tijuana, esta práctica suele funcionar bajo un esquema que oscila entre la ilegalidad y la institucionalidad, como en el caso de asentamientos dirigidos por organizaciones o líderes políticos con vínculos partidistas.


Esta condición ambivalente ha llevado a conflictos violentos. Un buen ejemplo de ello fue el reciente desalojo violento de los predios ocupados en Valle Redondo[3]. Los ocupantes fueron apoyados por la Antorcha Campesina, una organización política afiliada al PRI, alegando que los terrenos están en proceso de expropiación por el Instituto Nacional de Suelo Sustentable (bajo administración del PRI). En cambio, los propietarios reclamaron sus predios a la Procuraduría General de Justicia del Estado (bajo administración del PAN). El problema se agravó cuando, en la madrugada del 29 de abril del presente año, decenas de personas no identificadas llegaron a golpear a los ocupantes, quemar sus casas y dañar vehículos. Uno de los ocupantes murió en el altercado (la investigación preliminar señalaría que se disparó por accidente al querer intimidar a los agresores). En suma, dos modos de cartografiar los predios se disputan su legitimidad desde posiciones de sospechosa legalidad. Cada mapa apelando al nivel de gobierno de su preferencia partidaria. Cada territorio en un estira y afloja entre la propiedad y la expropiación.



Pero la demanda anarquista de 1911 ha sobrevivido por cuenta propia a esta lógica. A pesar del vituperio de la historia oficial, el fantasma del magonismo sigue siendo invocado —pasado que insiste en tomar al presente por asalto; futuro expulsado que no cesa de acosar la ciudad. El caso más reciente de esta hauntopología comenzó en mayo de 2016, cuando se formó un grupo de escritores y artistas para conmemorar la insurgencia anarquista en la frontera izando banderas rojas de “Tierra y Libertad” (www.tierraylibertad.xyz). Hubo recorridos por lugares clave de la insurrección y convocatorias para repartir cobijas y comida caminando por las calles, pero también llamados a sembrar en terrenos baldíos. Sí, hubo semillas para cultivarlas sin permiso como parte de un “decreto magonista” que argumentaba en su volante: “Porque no hay cultura sin cultivo, porque la propiedad privada no existe, porque no hay gobierno sin policía, porque cultivar es habitar, porque la vida siempre cruza muros”. Y hubo, también, papalotes y fogatas. Además de una fiesta punk de cierre entre un simposio de banderas rojas políglotas y estridentes lecturas magonistas. En total, una secuencia de eventos que durante dos meses redefinió el mapa y recorrió el territorio como condición de posibilidad de experiencias estético-políticas del espacio histórico.



Esta recuperación del lema magonista permite preguntarnos sobre su vigencia en la actualidad. ¿Sigue siendo “Tierra y Libertad” una demanda política pertinente para el siglo XXI? Por un lado, Internet desterritorializa nuestra vida cotidiana y hace lucir obsoleta la demanda del territorio. Sin embargo, en muchos sentidos, la “tierra” sigue condicionando nuestra “libertad”. En Tijuana, por ejemplo, los espacios públicos son, por mucho, insuficientes y distribuidos de manera desigual. Además, el actual auge de la gentrificación en la ciudad deja ver cómo la propiedad privada cancela sistemáticamente del uso genuinamente democrático del espacio urbano, fuera del marco del intercambio capitalista, privilegiando al “mapa” de la clase propietaria sobre el potencial colectivo del “territorio”. Por último, cabe vincular la reciente ola en Tijuana de refugiados de Haití y otros lugares, cuya condición precaria se agrava al carecer de una estabilidad territorial en la ciudad. En todos estos casos, “Tierra y Libertad” sigue teniendo una enorme vigencia política.

Alfredo González Reynoso
Mayo, 2017
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[1] Piñera, David, Tijuana en la historia. Tomo I, Ayuntamiento de Tijuana / Instituto Tijuana Renacimiento, México, 2006.
[2] Samaniego, Marco Antonio, Nacionalismo y revolución: los acontecimientos de 1911 en Baja California, Centro Cultural Tijuana / Universidad Autónoma de Baja California, México, 2008.
[3] Ortiz Ramírez, Héctor, “Con violencia, intentan invadir terrenos en Tijuana”, en Semanario Zeta, México, 8 de mayo, 2017.

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