Los escondites son. [Fragmento.]     

 

 

Siempre que nos sea posible hay que mantenerse cerca de un escondite. Nunca se sabe cuándo se necesitará de ellos. Me refiero a que no se sabe cuándo surgirá una emergencia que haga necesario llevar nuestro cuerpo a un escondite.

Los escondites suelen ser complicados. Hacen más vasta la realidad que no los contempla en su cartografía y, por lo tanto, no afecta sus límites. Son parientes de la negación, de la inexistencia. Los escondites pueden meterte en un disfraz de Noche de brujas y cancelar tu identidad; pueden acomodarte en el rincón de algún sótano y liberarte así del escrutinio de otros ojos y hasta de los satélites espías —putos sean los satélites espías, por los siglos de los siglos—; pueden nulificar el sonido y la visión, saltear el resto de sentidos de los que merodean. Los escondites ofrecen anonimato gratuito al pensador, a los pensamientos. Nos acercan de manera frugal al desvelo del concepto de la muerte. También suelen tener filo, un filo mellado y a la vez quirúrgico, capaz de abrirnos en canal y alejarnos del entramado euclidiano sin exiliarnos definitivamente de éste. Los escondites pueden tener forma de árbol o parecer un dibujo o el nombre secreto de un sexo irrepetible.

Existen innumerables tipos y presentaciones de escondites. Los que pretenden causar sorpresa —ejemplo— derivan de la Caja de Pandora; pero otros, la mayoría, simplemente están limitados al volumen del contenedor. Una caja envuelta en papel de regalo que contiene dentro un juguete de cuerda de la cual es posible hacer saltar una cabeza de arlequín que se halla sujeta al cubo gracias al empleo de un resorte, puede esconder un grito o una sonrisa pasajera. Asimismo, entre los mecanismos tal vez se oculte, indiferente, un bicho minúsculo. En La multiplicación de lo absurdo V. Drescher explica dicho fenómeno, aunque por ahora es mejor dejar de lado tales constructos intelectuales. Es del saber común que los autores se esconden en sus obras (y éstas en los primeros); o al menos una parte de ellos a puesto residencia en las mismas. Emmanuel Ortiz canta “…Puse casa al otro lado del mar / en un terreno barato e inaccesible / No hay correspondencia ni dirección por buscar / Las coordenadas, ¿sabes? son abatibles”, en la tercera canción (Nueva Terramar) del álbum Hemisferio austral. Hay escondites destinados a la destrucción, como el caballo de Troya o las cartas con ántrax. Los escondites psicológicos, por su parte, pueden ayudar a salir bien librado de un examen para detectar mentiras.

Siempre que nos sea posible hay que mantenerse cerca de un escondite. Nunca se sabe cuándo se necesitará de ellos. Me refiero a que no se sabe cuándo surgirá una emergencia que haga necesario llevar nuestra mente a un escondite. Y ahora tengo la sensación de haber leído en otros renglones las oraciones previas de este párrafo.

Los escondites pueden ser los libros que has leído en la vigilia y se han instalado en nuestros sueños. O las canciones que no se comparten y que se pierden irreparablemente entre la cabeza y los auriculares, en una reducida actuación histórica de espacio-tiempo. Los jardines que se cruzan por tu mente y que no conocen otra huella que la de tus tenis sucios son igualmente escondites. El columpio que aún te mece en la memoria y la estrella de la tarde que brilla en tus pensamientos. Los escondites, pues, son una mentada de madre tácita a todo aquello que pudo convencernos de compartir nuestra ultra-intimidad con los demás. No es asunto de egoísmos ominosos; esconderse es la semilla de la supervivencia misma, germinando estéril en un escondite particular.

 

Mendelssohn, Frederick, 1995. Memorias del duende de la Claustrofilia. Pág. 63. Ed. C.T.M. Buenos Aires.