Blindar mi talón

 

Un manojo de lenguas arrastra mi sombra

por pasillos implacables al ávido reverso

de la vida, al lugar del ramalazo.

Meto un objeto celeste en la rotura del rostro.

Intento doblegar los barrotes, disolver las cerraduras.

Olvidé blindar mi talón.

En esta bruma se hostigan relámpagos,

deseo ser algo afilado,

soy un retazo en la celda,

con llanto yermo llamo al dios de la nada.

No son casuales las preguntas, podría admitir que metí la pata.

Mi voz desfigurada esboza un relato verosímil.

Mudo en lamento de un fruto rosado,

en algo aún más impreciso.

Mis hilachas en la mano derecha,  la izquierda en el pantano

de brujas quemadas.

 

 

Arderán los melancólicos

 

Muchos siglos soplan detrás de los dichosos

dioses empotrados,

felices y supuestos.

Alas sonámbulas de campanas,

el atropello y el corazón de esa vieja

sin sombra dotada de tremendos poderes: la noche.

Muchos siglos soplan ya,

ya no existen corazones sacrificiales,

ni pájaros de la iglesia metamorfoseándose

en cera inmaculada.

Muchos siglos de lluvia mitológica, histórica, retórica,

y a veces, sólo para la contemplación.

Hay una colección tangible, oculta

de manos heladas y

una mandíbula como señal

de que, no lejos,

arderán los melancólicos al alba.