1

Este desierto no era tan húmedo. Si estuvieras en la ciudad sería la hora en la que el sol arroja un abanico de grises. Por lo menos eso recuerdas. Hace tiempo que huiste de las calles. No. Hace tiempo que huiste. No sabes de qué. En ocasiones la extrañas, como al pavimento y las caras y las voces que se van tornando en tonalidades de sombras. Aquí no pasa eso. Aquí la luz se va ahogando por sí misma, en silencio; quizá algunos murmullos y algún siseo de la tierra. ¿Qué otra cosa ibas a hacer, Manuel? Este desierto no era tan húmedo, y ahora terminas tu sentencia abriendo una lata. Se te está haciendo costumbre eso de hablar solo, papá. Hace tiempo que huiste. Al menos eso te dijeron. Que escapabas. Que no podías con la realidad. De alguna forma, tú siempre sentiste que la buscabas, que abrías la carne de la tierra para encontrarla viva. ¿Qué otra cosa ibas a hacer, Manuel, si te la quitaron? También la cerveza se te está haciendo costumbre. Sueltas la carcasa de aluminio para oír el metal en el aire. Se estaba calentando. Tu hija no reacciona, sólo te sigue viendo, callada, como cuando ustedes peleaban en casa y a ella le tocaba ver y oír antes de llorar. Abres la puerta de copiloto de tu pick-up, levantas la tapa de la hielera, te sumerges en un poco de agua tibia y sacas otra lata. ¿Otra? Ni siquiera tu madre me juzga tanto. Mamá no está aquí. Pero está allá, en la ciudad. ¿Seguro? Algo tiene de razón. Tal vez Lucía se quedó en la ciudad porque había podido seguir adelante y ya había hecho penitencia y ya había llorado y buscado y preguntado y mejor se soltó. Con todo el dolor, se soltó. Por eso quizá no está. Por eso quizá también te soltó. Recuerdas la última vez que peleaste con ella porque fue la última vez que usaste el celular. Cargabas gasolina en un pueblo sin nombre, de esos que son para ti un alfiler en un mapa desgastado, un puente a la altura del suelo que conecta pura tierra. Señor, dijo el viejo que tenía una manguera en tu carro, ya quedó. Y tú, con algo de temblor en la espina dorsal, juntaste un pequeño cúmulo de fuerza para lanzar el teléfono. Cayó a pocos metros de ti, pensaste en pasarle encima unas cuantas veces con la camioneta. Señor. Le extendiste unos billetes comprimidos que te quedaban, no viste cuánto, pero la expresión del anciano te hizo sentir que habías pagado más de lo debido. Lléname el bidón. Oiga, te decía con su hilo de voz que le quedaba, ¿no me quiere comprar un boleto de lotería? Se te acercó dando brincos, con la manguera de gasolina en una mano y, en la otra, un bastón que le quedaba pequeño. ¿De la nacional? No, de la del pueblo, nosotros nos organizamos y hacemos una lotería del pueblo. Cada uno pone un puñito de dinero. Bueno, los que no somos miserables. Hay unos que con trabajo ponen un pinche peso. Lo que se junte de los boletos es para darle una manita de gato a las casas, a la pintura o al techo o a lo que urja. Hay mucho pendejo en este pueblo que quiere el dinero pa’ mandar hacer otra Virgen. Estoy harto de la pinche Virgen. Cada chingado año gastan dinero pintando esa madre o trayendo gentes de otro lado. Que ya está bien fea, que acá nadien labra madera, que para pedir por nosotros y los muertos. Si yo ganara la rifa, señor, mandaría hacer otra letrina. La que tenemos está bien agujereada y el pinche techo no aguanta las lluvias. Hasta donde uno se sienta parece nopal con todo y espinas. Una letrina de ladrillo y techo de lámina, no pido más. Pero nunca me hacen caso. Acá todos son rateros y solo saben rezar en cuanto llegan de los otros pueblos. Siempre les digo que van a venir por nosotros, por rateros. Si hasta vienen por nosotros cuando no robamos. Traen uniforme pero nunca es igual. Vienen por unos cuantos. Eso sí, las balas siempre suenan igual.

 

 

2

Para ese entonces tú ya estabas cansado. Llevabas meses convocando manifestaciones que inundaron Paseo de los Héroes y cerraron la garita, tenías incluso más tiempo siendo entrevistado en programas de radio y televisión. Era cuando Lucía dejó de acompañarte y apenas se despedía de ti. Las marchas empezaban a flaquear. El recuerdo de tu hija se volvía ajeno. Su nombre ya no te pertenecía, se había desgastado tanto por los demás que ya te parecía que hablaban de otra persona. La recordabas simplemente como tu hija.

Por ese tiempo fue cuando el aire también se había convertido más elusivo, o quizá algo fallaba en tus pulmones. Lo único que sabes es que algo en tu cuerpo o en la atmósfera te impedía retener el oxígeno en tu cuerpo. Precisamente te concentrabas en la respiración de tu tórax perforado por la ansiedad cuando tocaste la puerta del detective Gilberto Galeana.

No te impresionó que la puerta de ese edificio carcomido por la brisa del malecón de Playas de Tijuana estuviera abierta, sino que el detective se había quedado dormido con una Beretta con silenciador en la mano mientras veía Rocky IV.

Lo despertaste tocándole el hombro y te respondió encajando el cañón de la pistola en tu estómago. ¿Manuel Olachea?, no hiciste cita. Me dijeron que era como peluquero, ¿cómo sabe mi nombre? El detective guardó su arma y se mojó el rostro en un pequeño lavabo. Está en todos los noticieros, ya sé a qué viene, pero no le puedo ayudar. Aunque no parezca, estoy trabajando en otro caso y el suyo no tiene solución, ¿cuánto hace que se perdió tu hija? Once meses, respondió Manuel mientras se sentaba en un banco para bolear zapatos que Galeana le había ofrecido. Pocos desaparecidos son encontrados después de los ocho, y ya la buscó en los mil y un congales del estado, lo vi en el noticiero de Gómez Zurita. ¿Qué tanto conoce Ensenada? Manuel se confundió por la pregunta: Conozco el malecón y el centro. San Quintín, Punta Colonet, Agua León. Nunca he estado. La verdad la declaración del fiscal del estado me sorprendió, nunca dicen ni madre. ¿Eso qué tiene que ver con Ensenada? Tengo información de fosas clandestinas que se encuentran en esa zona pelona del estado. Mi hija está viva. Gilberto Galeana se sentó para mirar los ojos de Manuel y solo encontró a un hombre de cincuenta y tantos años intentando reprimir su llanto. Le pido una disculpa, y tal vez usted tenga razón, pero lo más probable es que su hija ha fallecido y, con todo el ruido que usted ha hecho, a alguien no le conviene que se encuentre el cuerpo para determinar las causas. Si decide ir, tendrá que hacerlo solo. Esas fosas son clandestinas, no porque nadie sepa que existen, sino porque nadie sabe quién las usa: si el ejército, los federales, algún cártel, la misma Fiscalía. No hable con nadie: no vaya a abarrotes, no toque la puerta de ninguna casa para usar el baño, lleve la gasolina en tambos y un par de llantas de repuesto. Y tenga presente que su hija ya no corre peligro sino usted. Que lo van a estar buscando porque ya hizo a varios quedar mal y que cada vez están más cerca. Que si no encuentra nada o encuentra su cuerpo, el resultado será el mismo: se va a querer matar. Que, de alguna u otra forma, tiene siempre muy poco tiempo. Galeana dejó de hablar y le ofreció su Beretta a Manuel, quien la rechazó. El detective, sintiéndose inútil, preguntó: ¿Por lo menos tiene una camioneta?

 

 

3

Si lo hubieras visto, y se quedó unos momentos en silencio, atravesando renqueante la densidad de las sombras, evidenciando un sexto sentido para ubicar el mundo en la penumbra. Pensé que el sol le había secado la sangre o que el pellejo se le había curtido con sal. Quién sabe cuánta fregada tolvanera ha aguantado. Encendió el quinqué y dejó su bastón recargado en una mesa para cimbrar su cuerpo sobre una silla de madera frente a la cama.

Sé que estás jodida, Avelina. Sé que siempre has estado jodida, pero este hombre ya no era hombre, era un muerto sin tumba. El anciano cerró sus ojos, parecía que se limitaba a exhalar el polvo que inoculaba sus pulmones, sincronizándose con el palpitar del silencio.

Avelina, quien desperdigaba su cuerpo sobre la cama para asumir alguna forma inconexa, había pasado doce horas sembrando semillas de chícharo. No sabe cuántos años ha tenido que pasar la mitad del día en los surcos, hundiéndose en la tierra. Lo que sabe es que desde niña ha vivido con don Hipigenio. Sus padres fueron una pareja triqui que abandonó Oaxaca para trabajar en San Quintín. Pero el pueblo se estaba secando más de lo usual, y alguna voz le había comentado a su padre que ya no habría mucho trabajo. Hazle un favor a tu familia y lárgate, compa, el desierto se está devorando los plantíos. Ya ni parece que el mar está a un lado. Vete al norte.

Ya no tarda en nacer mi hijo, decía mientras arrancaba las cebollas del suelo. Por eso mismo: piensa en tu mocoso, esta tierra nos está traicionando. Ahí su cuerpo, mostrando desobediencia, comenzó a dejar correr unas cuantas lágrimas y a entrecortar su voz. No se me agüite, pareja, siempre hay de otra. Le voy a confiar algo, usté’ espéreme ahí, en Bonfil. En unos cuantos meses voy a cruzar. ¿Adónde? ¿Cómo que adónde, pareja?, pues al otro lado. Le propongo que se vengan conmigo, su mujer y usté’. Y el niño. También, nada más que me tiene que esperar, mi camarada que se va a aventar el jale me dijo que ya estábamos llenos. Pero en unos meses yo mismo vengo por usté’ en otro viaje. Voy y le toco la puerta de donde esté metido. Sólo le aconsejo algo: póngale otro nombre a su hijo, uno que se pueda pronunciar.

Y así fue. El padre de Avelina llevaba en una mano una pala de metro y medio, en la otra, a la portadora de su hijo. Una vez que la pareja triqui ya conocía los pocos jacales que formaban Bonfil, y cuando clavaba su pala en la tierra para tapar unas semillas azuladas, soportando el filo del sol en su nuca, don Hipigenio se acercó a él dando pasos rápidos y pequeños saltos para informarle sobre la cercanía de su destino.

Afuera de la enfermería, aquella misma voz que le había recomendado mudarse lo recibió con una sonrisa protocolaria. Ahí, entre esa ligera curvatura de sus labios agrietados, habitaba la condensación de la tristeza ajena. Supo que si él sentía un fino hilo de sangre saliendo de la boca de su estómago, su antiguo compañero sentiría un alambre de púas. El padre de Avelina no reparó en el gesto premonitorio, más bien fijó su vista en las nuevas botas de su viejo compadre: negras y, al parecer, inmunes a la tierra que arrastraba el viento, así como al lodo sobre el cual se encontraban.

Se nos murió, y el abrazo comenzó a fracturarse. ¿Qué dijiste? Que se nos murió, su cuerpo no aguantó el parto. Estás pendejo, dijo en voz baja después de empujarlo. Dentro de la enfermería solamente lo comprobó: el corazón de su esposa había dejado de bombear sangre, la vida se le había ido en una hemorragia interna. ¿Y el niño? Salió niña. Tomó entre sus brazos ese bebé que intentaba comunicarse por medio de un llanto agudo. Su padre cerró los ojos y sintió las venas ennegreciéndose, tomando la forma de un montón de surcos convertidos en lodo.

Don Hipigenio, quien había recibido a la pareja triqui en su jacal a cambio de un dinero cada mes, sólo extendió los brazos cuando se acercó el nuevo padre. Usté’ le pone el nombre que quiera. Y salió de la enfermería. A veces el viejo cuando desmenuza la carne para el chilorio, recuerda algún bisbiseo: que le seguiré mandando dinero, que le va a llegar un sobre, que gracias por todo, que edúquela como si fuese su hija.

¿Qué hacía mi ‘apá? ¿Qué hacía de qué? Cuando vivía con usté’. Chillar, puro chillar porque no tenía dinero para seguir aquí, y que no regresaba su compadre, y porque yo me reía de él cuando ya no cabía en la cama con tu ‘amá por lo mismo panzona. Y en el momento en que Avelina dejó de jugar con la botella de refresco vacía como si fuera un barco, don Hipigenio contestó: Sembraba chícharo y sacaba cebollas.

Cuando Avelina supo lo que era estar doce horas sepultando esas semillas azuladas, los sonidos comenzaron a parecerle lejanos. Por eso aunque don Hipigenio hablaba de ese hombre que había ido por gasolina y había arrojado su teléfono, las palabras le sonaban apenas como un tropiezo del aire.

Cortaron cartucho. Eso fue suficiente para que Avelina despertara y se lanzara al suelo junto con el anciano. Llegó la chota, mija, el viejo terminó su comentario tomando un machete que se encontraba debajo del colchón. La hoja estaba oxidada. Escucharon un par de gritos, un par de golpes ásperos y una ráfaga que cicatrizó el silencio.

Entraron cinco hombres con uniforme verde y armas largas. El dinero, dijo uno. Don Hipigenio sacó unos billetes arrugados y cuando otro de los hombres se acercó, lo sorprendió con un tajo del machete. A chingar a su madre. El hombre retrocedió, asombrado por la fuerza con que el anciano había dividido el aire. Los otros uniformados rieron, quien debía recolectar el dinero desenfundó una Glock y disparó en las rodillas del anciano. Los demás encañonaron a Avelina con sus rifles.

India, éste es un “Xiuhcóatl”. Ella, que le había quitado el machete a don Hipigenio mientras le sostenía la espalda, transpiraba una materia muy similar al hielo. Significa “serpiente de fuego”, ¿tú ya sabías eso, nahuala? Soy triqui. El hombre le respondió con una ráfaga en el techo.

Eres india y a la verga. Ya váyanse con el dinero. Normalmente nos iríamos, pero hoy estamos buscando a alguien. Aquí no hay nadie más. Aquí no, pero a lo mejor en el pinche desierto, y ustedes son perros de desierto. Tenemos que encontrar a un hombre, un pendejo que está haciendo mucho pinche ruido. Como aquí viven diez culeros. Ocho, coronel. Como aquí viven ocho culeros, dijo el hombre mientras disparaba sobre la frente de quien lo había interrumpido, un extraño siempre es noticia. No sabemos quién es, Avelina notó que la sangre de don Hipigenio comenzaba a manchar la tierra del suelo. Señor, no se me duerma. Si bien aún podía moverse, su boca abierta permanecía inmóvil. Su garganta lanzaba, de vez en vez, un pequeño grito, un rasguño en el aire. Avelina sintió que sólo ella era capaz de escuchar aquellos aullidos de ese cuerpo que se iba enfriando. Ustedes piensan que estamos igual de pendejos. Y apuntaron sus cañones hacia el anciano.

 

 

4

No pensé que estuvieras tan jodido. Recordaste las advertencias de Galeana. Tú, que ya estabas buscando el encendedor, volteas para ver quién ensucia tu silencio. ¿Andas hablando solo, cabrón? Estoy hablando con mi hija. No vemos a nadie. Esos hombres armados y montados en camionetas, acompañados por una mujer que va a pie y que evidencia una profunda furia por la manera en que sujeta el machete, parecen no tomarte en serio. Con el recuerdo, musitas como para que lo oiga el alacrán que rodea tus pies. Habla como si tuvieras güevos, grita uno. M’hija, ya quiébrate al imbécil.

La mujer da un par de pasos, permitiendo que la punta de la hoja dibuje un surco intermitente junto a sus huellas. Estoy buscando a mi hija. Ella se detiene. No está mi hija, la estoy buscando. Guardas el encendedor en algún bolsillo delantero. Te clava la vista, atravesando esas palabras que dices y parecen estorbarle. ¿Usted era de acá y regresó por su hija? Mi hija se perdió en Tijuana. Avelina vuelve su vista al suelo, y, al levantarla, te pregunta por qué estás mojado si el mar no queda cerca. Es sudor, llevo todo el día caminando. ¿La troca no es tuya? Y solo sonríes, esperando que no insista. Que ya te lo quiebres, pinche india. Ella, con gesto adusto, regresa hacia las camionetas desde donde observan los hombres. Por un momento ese machete en el aire refleja una luz sin clara procedencia y cierras los ojos. Podrías abrir los párpados y ver qué hay más allá del ruido de esos motores que se acentúa en tu ceguera, sin embargo, prefieres mantenerlos cerrados. Posiblemente sea el metal que habita tus tímpanos o, quizá, sentir que tu piel se va secando conforme tu cuerpo se recuesta en ese montón de sal. En realidad prefieres mantenerlos cerrados. A fin de cuentas, tienes una conversación pendiente.