La filosofía ni puede ni pretende salvar al mundo. Caso de intentarlo, no sabría cómo. Admitirlo y no sucumbir a la indiferencia o a la desesperación es inequívoca señal de su madurez. Ella deambula por una fina línea que busca, si algo, preservar la dignidad del pensamiento, lo cual no es nada sencillo, comenzando por su definición. Es, más que nada, una meditación sobre la vida y su caducidad, sobre su maravilla gratuita y su fugaz atrocidad, pero se guarda muy mucho de hacer promesas o de regodearse en la pena. Se prohíbe muchas cosas, y una de ellas, acaso la primera, es lucrar con el dolor o aprovecharse en cualquier forma, redentora o cínica, de las víctimas. Trata de no contribuir al engaño, así se proponga éste invocando las más nobles o compasivas razones; lucidez y desengaño son sinónimos. No siempre, es cierto, lo consigue. Quisiera alcanzar una inocencia que casi invariablemente se le escapa.

Durante todo este tiempo me he resistido, la verdad sin mucha fuerza, a la manía de comentar públicamente el sentido o el significado de la pandemia. No siendo ni científico ni político, ni, por lo demás, literato, estimo intrascendentes o banales mis opiniones al respecto. No es que crea que dejen de serlo al ponerlas por escrito; sólo cedo de buen grado a la invitación de los amigos para hacerlo. El presente constituye un estado o una condición excepcional, pero cuando todo ostenta semejante estatuto, como lo es la sociedad en la época contemporánea, no se sabe muy bien qué pensar; la primera pandemia global de la historia ha hecho correr, como se dice, o como se decía antes, ríos de tinta de calidad notoriamente desigual.

No es la primera epidemia de grandes proporciones -al menos se han registrado diez de ellas desde el siglo V a. C.-, pero sí lo es a una escala global: no hay un solo país que se encuentre totalmente libre de la plaga, aunque también, se conozcan o no las razones, ha sido muy desigual su impacto. A poco menos de medio año de haber sido declarada formalmente, la pandemia ha provocado, según datos oficiales, casi un millón de fallecidos. Este número tal vez, hoy, no muy nos impresiona; la cantidad de gente que muere por otras causas -enfermedades, accidentes, guerras, asesinatos, incluso suicidios- sigue, en términos relativos, siendo mayor que los muertos del Covid-19. Sin embargo, hay una conspicua novedad en la actual pandemia: tiene un alcance verdaderamente mundial. No es puntual o circunscrita a una zona, o a una clase particular de seres humanos.

La pandemia afecta -teóricamente- a cualquier ser humano en cualquier parte del mundo y en cualquier tiempo. Aunque, en efecto, haya unas poblaciones más vulnerables que otras, nadie se halla realmente libre de contraer el virus y de morir a causa de él. Nadie. Y, como aún no hay vacuna, ni la habrá durante un buen tiempo, la sensación de estar a la intemperie, expuestos hasta en el más riguroso confinamiento, la angustia predomina ampliamente. No hay modo de estar seguros; ha desaparecido la confianza. Que, por lo demás, esto no es completamente malo ha sido manifestado por numerosos comentaristas, académicos y no. La amenaza de muerte no es, en modo alguno, una realidad inédita. Pero está claro que pocas veces se ha encontrado tan exacerbada. Esta inminencia o esta proximidad altera el comportamiento y el pensamiento de las personas, produciendo un clima mental relativamente diferente.

Lo humano, trascendido el nivel inmediato de miedo cerval y negación pura y dura, se exhibe en su vulnerabilidad y en su fragilidad. Rebasada la paranoia de las hipótesis conspiracionales -en la cual se han precipitado multitudes y filósofos tan serios como podría serlo Giorgio Agamben-, se accede acaso a un horizonte de mayor solidaridad. El vacío abierto es impredecible; la ciencia no tiene (nunca las ha tenido) todas las respuestas (ni siquiera son decisivas o pertinentes todas sus preguntas). La fe en los especialistas retrocede sin ceder necesariamente su puesto a la confianza en viejos remedios mágicos. Es probable que esta fatalidad conduzca a una mayor madurez colectiva; pero no se puede dar por hecho. Yo recuerdo el terremoto de 1985 en la ciudad de México; los gobiernos y sus instituciones quedaron literalmente sepultados ante unos días o semanas de autoorganización popular que, pese a su impotencia ante el desastre, barrió con todas las expectativas. El semblante lívido del Presidente Miguel de la Madrid ante la televisión delataba, a mi juicio, más temor a esta elemental, poderosa y espontánea autoorganización que al sismo y a sus secuelas de destrucción. Los aparatos ideológicos de Estado simplemente se colapsan ante estas situaciones que escapan a su control. Y eso no por fuerza es negativo. Lo real no es ni bueno ni malo, pero negarlo o creer que se puede modificar a nuestro favor -haciendo para ello una lectura moral- provoca una especie de urticaria y un ominoso adormecimiento.

Hay innumerables ejemplos de esta moralización, a la que, a menudo, la filosofía desafortunadamente contribuye. Para Giorgio Agamben no se trata sino de un relevo de objetos dentro de la misma estrategia: “Parecería que, habiendo agotado el terrorismo como causa de las medidas excepcionales, la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para extenderlas más allá de todos los límites” (*La sopa de Wuhan*, ASPO, Santiago, 2020, p. 19).

La pandemia es un invento de los poderes fácticos (lo son aunque presuman legitimidad) a fin de controlar más eficientemente a la población. No se puede negar que los gobiernos se sirven de cualquier cosa o situación para ampliar y asegurar su dominio, pero calificar a una emergencia inmunitaria de “invención” es, en el menos grave de los casos, aventurado. Como que al filósofo le urge encontrar ejemplos concretos, actuales, convincentes, de su hipótesis básica. No importa mucho si exagera (aunque, en su descargo, hay que mencionar que el informe del ministerio italiano de salud en que se apoya minimizó inicialmente la emergencia).

En su comentario, Slavoj Zizek, que ve en la pandemia una (otra) posibilidad de vencer al capitalismo, reclama “algún tipo de organización global que pueda controlar y regular la economía, así como limitar la soberanía de los estados nacionales cuando sea necesario. Los países pudieron hacerlo en el contexto de la guerra en el pasado, y todos nos estamos acercando efectivamente a un estado de guerra médica” (p. 27). Una OMS que regule al capital; cómo no se nos había ocurrido antes. Los adversarios de Agamben y Zizek son, respectivamente, el Estado y el Capital. Ambos se equivocan flagrantemente (Jean-Luc Nancy estaría totalmente de acuerdo respecto del primero) debido a que, más allá de querer a toda costa llevar agua a su molino doctrinal, *anteponen un juicio moral* a su presunto examen de la realidad de la pandemia. Ella es únicamente un pre-texto; para fortalecer al Estado de excepción -totalitario- en el italiano, y para golpear al -repugnante- capitalismo mundial en el esloveno. Ambos son un excelente ejemplo de ceguera; la pasión moral no les deja ver lo que es. No son, digámoslo sin eufemismos, lo bastante filósofos: han preferido erigirse en ideólogos, en líderes de opinión, en *influencers*. Simplemente, han perdido de vista lo real porque les es suficiente con condenarlo desde una altura moral. Tal vez su posición, en términos políticos, se halle más o menos justificada, pero a mí me resulta evidente que ya no es filosofía.