Ese día me levanté tarde. Llevaba semanas queriendo trabajar desde las cuatro de la mañana. No lo lograba, me vencía el sueño. Me había puesto ese propósito porque es la hora en que se gana mejor, cuando la tarifa es más alta. La verdad es que nunca pensé agarrarle tanto gusto a este trabajo. En Nogales hubiera sido imposible. Allá tenía dos opciones: o ser pollero o narco. Pero en Tijuana era distinto, por eso me vine para acá. A mi esposa no le gusta que sea chofer de uber, lo noto en sus gestos. Sé que le encantaría verme de gerente en una empresa, vestido de traje y corbata todos los días, tal como me conoció. En fin, a veces es mejor no tocar ciertos temas con ella.

Disfruto mucho platicar, pero, sobre todo, escuchar. No lo sé, es algo que siempre he tenido. Comúnmente, el pasaje habla de deportes o política. Por eso pongo la radio, así puedo estar informado y opinar. Tampoco me gusta parecer ignorante. Yo platico con cualquier persona y de cualquier tema. Pero, desde ese día, los migrantes han sido la noticia. En mis cuatro años de uber, nunca había visto a la gente tan dividida: “es que los haitianos sí llegaron en orden, éstos no”, “invadieron el territorio con violencia”, “viene puro ratero y violador”. Y todo eso es nada más por un lado. En el otro extremo escucho: “pobrecitos, vienen familias completas”, “las cosas que habrán aguantado para llegar hasta acá”, “Tijuana es noble, siempre le da la mano al que viene de afuera”, etc. Y pensar que todo comenzó ese día, ese miércoles de noviembre.

Por todos lados decían que Tijuana era el último objetivo de la caravana migrante. Se pronosticaba la llegada de miles de personas, hondureñas en su mayoría. Los noticiarios les siguieron el pulso desde que entraron por Chiapas. Supuestamente, los gobiernos de varios estados les habían prestado camiones para apoyarlos, o para correrlos, daba igual. La meta de la caravana era llegar a la frontera y pedir asilo en Estados Unidos. Ese día comencé mi ruta a las nueve de la mañana. Fue como a las once cuando llegaron a la ciudad.

—Es que los migrantes tomaron la caseta de cobro —me dijo un pasajero. Lo confirmaban las noticias. El ambiente era de indignación para unos, de asombro para otros. “Se les ha asignado el terreno del Alamar en lo que se define algún albergue” informaba la radio. Por curiosidad me acerqué a ese lugar. Pasé lentamente en el uber. Noté muchos camiones, más de cincuenta tal vez. Miraba a los migrantes tomando la explanada como posada, deambulando en el enorme terreno que poco a poco les iba quedando pequeño. Hacía años que había ido a un concierto ahí. Era curioso, ahora admiraba otro espectáculo. Varios nos quedamos en la vía rápida, no nos importó el tráfico. Pensé en el destino de esas personas. Se sabía que en algún momento llegarían, pero era como sí en Tijuana, nadie se hubiera preparado realmente.

A mi esposa le molesta que la ciudad se sature de migrantes. Ella nació en Tijuana. Yo llegué a los veintidós, eso fue hace diez años. Cuando me comparo con ellos, me corrige y dice que, a diferencia de toda esa gente, yo sí soy de aquí. Pero, ¿qué significa ser de aquí? Para ella, un tijuanense de verdad, es una persona trabajadora y de bien, que generosamente tiende la mano. En su opinión, la ciudad se ha ido arruinando por los vividores y delincuentes que han llegado los últimos años. Cuando le comentó que los migrantes también son gente de bien pero que hay mucho desorden y necesidad en la ciudad, se molesta. Es por eso que suelo evadir el asunto, sin embargo, lo que sucedió ese día me recordó la manera en que dejé mi tierra.

En mi caso, fue de madrugada y con una maleta. Recuerdo sentir que mi destino no estaba en Nogales. Si bien, desde niño tuve el anhelo de hacer mi vida fuera de ahí, fue diferente cuando lo llevé a cabo. Para ese entonces, ya no tenía las ilusiones de la abundancia. Lo único claro para mí, era que necesitaba trabajar y tener una vida diferente a la de mis amigos y mis padres. Según varias personas, Tijuana ofrecía buenas oportunidades para la gente trabajadora. Fue así como llegué a esta frontera y hasta hoy, no me puedo quejar. Quizás, es por eso que me inquietaban los motivos de la caravana. Deseaba hablarlo con otras personas, saber su opinión. Cuando le comenté a mi esposa sobre los camiones, se molestó —ahí van nuestros impuestos —dijo—. Esa gente nomás viene a hacer destrozos, ¡por qué tenemos que ayudarlos! —alegó. Yo nunca vi una muestra de desorden, pero sabía que decirle eso no funcionaría. Jamás lograba persuadirla, por más que le invitaba a ser sensible, a pensar que esos pudiéramos ser nosotros si el país colapsaba; pero ella no cedía.

Por alguna razón que desconozco, los migrantes dejaron el terreno del Alamar y se fueron rumbo a la playa. Empezaron a marchar, como en peregrinación. Eso me recordó los documentales que veo. Cientos de ballenas navegando hacia la Baja, por ejemplo, o miles de Mariposas Monarca regresando a Canadá. Esos fenómenos me fascinan, y ahora lo veía en seres de carne y hueso, dirigiéndose hacia el mar, en fila, uno tras otro, en vivo y a todo color. ¿Sería otro ciclo natural?

“La caravana cambió de rumbo” anunciaban las emisoras. Era la noticia del día. “Dejaron el terreno del Alamar. Van directo a playas. La policía le está poniendo orden a su trayecto”, relataban. Y los migrantes caminaban, únicamente caminaban. Yo sé bien de eso porque a mí también me pasa, pero a diferencia de ellos, yo no entiendo por qué lo hago. Es como la vez que me fui hasta la salida de Nogales, o cuando he tenido problemas con mi esposa y me voy por el Bulevar 2000. Camine y camine. Viendo veredas solitarias, ríos sin agua, pasto seco. Pero con esos migrantes era diferente. Ellos no estaban confundidos como yo, sabían lo que buscaban. Decidí quedarme más tiempo, acercarme y verlo con mis propios ojos, saber cómo acabaría eso. Además, no quería llegar a casa. Mi mujer y su pesimismo podían esperar.

Después de la hora de la comida logré alcanzarlos. Poco a poco llegaron a la playa. No tenían a donde más seguir. Únicamente quedaba el horizonte de fondo. La tierra transformada en océano. Empezaron a congregarse, todos al lado del muro que separa a México de Estados Unidos. Ahí armaron sus casas de campaña.

—Están trayendo puro desorden —me dijo un sujeto que recogí por la zona de playas.

—Fíjese que los he seguido todo el día —le comenté —y no he visto nada de caos.

—Pues tú no, pero ¿qué crees que van a hacer aquí en la playa? —su tono de desaprobación se mantuvo durante todo el trayecto.

Dejé a aquel hombre en Zona Río y de inmediato, me regresé a Playas. No me importó el tráfico. No tenía idea del destino que les seguiría. Tuve ganas de conocer sus motivos, escuchar sus historias. Y llegué con la caravana. De inmediato, me estacioné sobre el malecón. Quería mezclarme entre ellos. Me puse una sudadera gastada y un pantalón roto que tenía en la cajuela, unos que usaba para echar mecánica. Me acerqué. Para esas horas, el sol ya se estaba metiendo, se despedía de la peregrinación. Todo era espectacular para mí. Escuchar aquellos acentos extranjeros, endulzaba mis oídos, pero de pronto, un contraste llegó. Gente les gritaba desde el malecón. Exigían que se fueran. Cláxones aturdiendo, provocaciones desde los carros. No lo podía creer. Nunca había visto algo parecido. Poco a poco, una neblina cargada de odio se posó sobre la costa de Tijuana.

Yo me concentré en los migrantes. Los observaba mientras dejaban sus mochilas, cuando se estiraban, la manera en que se quedaban viendo al otro lado de la frontera, hacia Estados Unidos. Parecía que la noche anunciaba esperanza. Noté cómo algunos empezaron a escalar el muro. Querían llegar a la cumbre de su meta, a lo más alto, sobre la muralla de metal. Ya solo estaban a unos metros de alcanzar su sueño, era una imagen asombrosa. Comencé a tomar fotos con mi celular. Decidí alejarme y posicionarme en un lugar con mayor panorama. Quería registrar los mejores detalles del momento.

Varios seguían trepando, pero noté que uno se detuvo a la mitad. Parecía que estaba atorado. Al dejar el celular, vi que dos tipos le impedían subir. Retenían sus pies. Lo jalaron con fuerza hacia la arena, hasta que cayó. Tomé de nuevo el teléfono y enfoqué. Uno de ellos le gritó y empezó a golpearlo, le arrojaba salvajes puñetazos, era como un pleito callejero. No lo podía creer. Aún a la distancia, veía cómo lo molía, uno tras otro, golpe tras golpe. No paraba, lo quería destrozar. Cuando se intentaba zafar, le daba más duro. Por su parte, el hondureño se arrinconaba sobre la valla. Cubría su cabeza con manos y brazos. Una mochila protegía su espalda. Al final, lo dejaron tirado de rodillas. Parecía que le rezaba al muro, a su crueldad. Lo seguí enfocando. Noté que sangraba. La frontera escurría sangre. Quedé en shock.

A los segundos, me di cuenta que el ruido de la calle sonaba más fuerte. Empezaba a llegar más gente. Era algo parecido a una horda sin antorchas que rápidamente se apoderaba del lugar. Empezaron a rodear la parte donde estaban los migrantes.

—Regrésense a su país, no los queremos aquí —vociferaban —nos los vamos a chingar a todos.

¿Cincuenta?, ¿cien?, ¿doscientos?, no sé exactamente cuántos eran. Me parecieron muchísimos. Se agitaban, empujaban, provocaban. Los migrantes se quedaron acorralados entre ellos y el muro. Algunos reaccionaron enfurecidos, pero la mayoría buscaba apaciguar la situación.

—No venimos a hacer destrozos. Sólo les pedimos que nos entiendan, no estamos haciendo nada malo, estamos aquí por necesidad —gritaban.

Yo seguía sorprendido. ¿En dónde estoy?, ¿qué está pasando? No lo podía creer. Los que rechazaban a los migrantes protestaban, clamaban, parecían rabiosos. Percibí peligro y decidí alejarme.

—Éste es uno de la caravana —escuché un grito y noté que me señalaban.

—¡Hey, tú! —me detuvo otro —a dónde vas, pinche roñoso —me lo dijo agitando la cabeza, incitándome a pelear.

Por la espalda comenzaron a empujarme y jalonearme. Mi cuerpo se encogía, como queriéndose cubrir de la ráfaga de acusaciones. Comencé a aterrarme. Todo sucedía muy rápido. Miré para todos lados. De pronto me rodearon más de diez. Sentí muchos puñetazos sobre mi cabeza.

—No, no, no, ¡hey!, tranquilos, tranquilos, yo no soy como ellos. Yo soy de aquí, ¡yo sí soy de Tijuana! —les grité lo más fuerte que pude y antepuse mis manos en son de paz. Dejaron de golpearme. Me soltaron. De pronto, uno gritó:

—Éste no es —mientras decía eso, otro se acercó —póngase a las vivas compa, ya nos lo íbamos a chingar—. Me dejaron y retomaron su rumbo.

—Órale, pinches cabrones —gritaban —a chingar a su madre de aquí.

Me quedé petrificado. Mi cabeza punzaba y dolía. Como pude me enderecé y caminé discretamente a buscar el carro, pero no encontraba mi cartera. La había perdido en el ajetreo. Todas mis tarjetas estaban extraviadas. Mis identificaciones, mi identidad. Pero no había muchas opciones, me urgía escapar. Era fatal quedarme sin papeles ahí. Tenía que huir de esa barbarie. Ya resolvería lo de mis documentos después. En ese momento, ya no quise saber más de migrantes. Cuando llegué a casa, me di cuenta de que mi mujer descansaba. Yo no pude dormir.