Melancólica I. A.                             [Literatura de diseño por: Salvador P. S. (IX)]

 

I

El disco solar era perfecto en lo alto. Eve despertó en un sitio sin memoria. Sin memoria Eve y sin memoria el sitio. O es lo que ella creía. Hizo movimientos, observó el entorno y detalles de sí misma, todo sin aparente motivo. También sin aparente motivo sintió miedo, y moviéndose con cautela pegó su espalda contra el tronco de un árbol. Su reacción tuvo respuesta detrás de unos arbustos: una gallina silvestre la miró con extrañeza.

Comenzó a pronunciarse la tarde, Eve interpretaría el frío como una sensación desagradable por lo que se dispuso a realizar tareas específicas. No había instructivos al alcance de Eve, no había nada visible, animado o inanimado, que le sirviera de guía y sin embargo para cuando llegó la noche Eve ya había construido un refugio, tenía alimento en una de sus manos y también había un bulto con piedras por si era necesario defenderse de algún depredador. Esa noche le pareció muy larga, esa noche por primera vez soñó con estructuras piramidales y con el canto. Aunque fascinada por ambas aleatoriedades, al despertar quiso ejercer la segunda (pensó que era la más viable considerando sus recursos). Un rugido de bestia, más cercano al dolor que a la armonía, la desanimó y no volvería a intentarlo por mucho tiempo. Eso sí: aquel sueño lo recordaría con deleite, día tras día…

Una mañana, mientras escarbaba la tierra y extraía tubérculos, escuchó pasos agitados provenientes de un carrizal cercano; levantó la frente y sus ojos momentáneamente se cegaron; encima de los carrizos asomaba el símbolo que en siglos posteriores se conocería con reverencia como Eth o El Símbolo Incandescente de Eth. Los pasos se dirigían a Eve, que aguardaba serena el encuentro inminente. Este acontecimiento marcaría la Primera Edad. En los días posteriores, y durante muchos años, Eve y Eth, por diversos propósitos, recolectarían frutos y darían caza a los animales de los alrededores.

 

II

Se lograron las pirámides, e hicieron muchas otras construcciones. Sus descubrimientos se acumularon en lo visible y lo invisible: hicieron alianza con las particularidades del Universo (al cual juzgaron infinito pese a constantes redefiniciones); liberaron los secretos del fuego y del resto de elementos, dominaron a las otras bestias, las clasificaron. Conocieron la alegría, el júbilo, lo nefasto, lo cruel, la duda; Eve y Eth fueron los primeros, los ancestros. Ellos lo hicieron todo. Fueron sus manos, simbólicamente lo fueron. Porque Eve y Eth habían muerto y eran millares de sus descendientes los encargados de tan magnas obras. Muchos pueblos del mundo los recordaban (sin embargo unos pocos individuos los negaban o más o menos ponían en duda los postulados que gozaban de mayor aceptación). Eve y Eth habían dado con los principios del diseño de las cosas, lo que derivó en múltiples conocimientos en un continuo proceso de saberes inacabados. Sus enseñanzas llevarían, según el eje de las profecías más populares, a la revelación de su/s hacedor/es. La demencia de extrañar el pasado y de pensar en el futuro no era ajena en tal época. Pero ante todo, querían conocer a sus creadores y las razones que los llevaron a crear a Eve y posteriormente, de acuerdo al mito más aceptado, a Eth. Pasaban largas horas pensando y volviendo a pensar lo pensado, registraban conclusiones e ideas que luego corregían o anulaban; dedicaban mucho espacio al debate con rigurosa objetividad. Querían saber, querían comprender, sus dudas eran intrínsecas, legítimas; así lo creía la mayoría. Así concluiría la Tercera Edad del mundo.

 

III

A manera de resumen se agrega una curiosa lista con detalles del Arco Inicial (con dicho título solían ser referidos Even y Eth como unidad):

 

  • Eve, en las aldeas y ciudades del Sur, fue/es conocida también como La madre de los aullidos, pues según el mito austral, cierta ocasión Eth se prolongó en su jornada de cazador, por lo que Eve se internó en el bosque para buscarlo; al poco rato dio con una madriguera en la que halló a tres cachorros de lobo, coyote o zorro (el mito se diversifica en variantes que más o menos se ajustan a la fauna de la localidad en turno). Pensó en abandonarlos, pero en cambio, los llevó a su refugio y les dio alimento imponiéndose a la voluntad de Eth, que intentó deshacerse de ellos en varias ocasiones. [Lo anterior, de manera implícita, explica por qué los lobos se volvieron amigos de su especie y, cuando son adoptados o se les da buen trato, prestan servicios en muestra de agradecimiento.]
  • Muchos creen que el Símbolo incandescente de Eth trajo el primer lenguaje al mundo; otros creen que Eve ya lo poseía pero que mientras estuvo sola no fue necesario emplearlo.
  • Casi todos los pueblos concuerdan en que Eve fue de rasgos desdibujados, menos compleja que sus descendientes e incluso que Eth, pero con una longevidad irrepetible en otro sujeto: vivió nueve generaciones ―la norma en aquella época eran dos generaciones― y se dice que escuchó el primer cántico en voz del menor de sus bisnietos y que fue la primera y única vez que sus ojos lloraron.
  • Hasta antes de La Revelación (compendio de libros escritos por los sabios durante finales de la Primera Edad) entre los sujetos comunes se hablaba de creadores, en plural, pues la diversidad, lo heterogéneo del Mundo ―inferían― debía ser un reflejo de ellos mismos. Pero en La Revelación se habló de un creador, un diseñador inteligente, y dicha idea se consolidó desde la Segunda Edad hasta volverse un axioma irrefutable.
  • Algunos pueblos del Oeste han contado la historia de cuando Eth el Cazador da muerte a una loba, que dominaba la región, y en donde, posteriormente, se fundaría la primera aldea. Dicho mito parece complementarse con el mito sureño de La madre de los aullidos.

 

IV

Abundar en pormenores de La Cuarta Edad sería moroso. Mejor entiéndase que dicha edad discurrió entre avatares progresistas y guerras, algunas menos necesarias que otras; los valores sociales fueron transmutados dando, en general, preponderancia a los sofismas ante los filosofemas. Las ciencias de la época denigraron y se deslindaron artificiosamente de sus orígenes.

V

Inició una Quinta Edad, lo sacro había quedado relegado. Se creó el Recinto de la memoria. VN y VNTh, como habían evolucionado los nombres de Eve y Eth, eran recursos poco procurados o reducidos a leyendas y cuentos; casi nadie atendía los cuestionamientos del sujeto antiguo; tampoco eran imprescindibles para el curso de la existencia. El mundo había cambiado, ahora atendía la diversidad, una diversidad que decayó en la monotonía… Y aun así continuó como una fuerte tendencia.

Pese a que VN y VNTh eran solo datos históricos y a veces, en pocos lugares, una costumbre rural practicada sin consistencia, en el mejor de los casos, algunos sujetos atendían de otra manera dicha información: seguían en busca del creador o los creadores. El creador de VN y VNTh. La búsqueda ya no era reverencial, era vulgar, morbosa, científica, objetiva. Añoraban descifrar su origen. Lo hacían en secreto, contando con un gran presupuesto, y provistos de tecnología que no era del uso común. Sin embargo, de esos pocos sujetos obrando en la sombra, un grupo aún más reducido y pretencioso perseguía una ambición —juzgarían otros— descabellada.

Retando la evolución de los conceptos y creencias de la época, se hacían llamar Los Hijos de Eve. Su propósito sectario alcanzaría un auge avasallador entre los medios sensacionalistas; por su parte, los medios formales y las opiniones ortodoxas los considerarían un atractivo y pintoresco mito actual, una entretenida fantasía para el promedio de la población.

Se decía que ellos abrían compilado todos los mitos posibles y sus variantes, estudiando con rigurosidad textos sagrados y las teorías científicas acerca del origen de las especies, de la vida misma, del mundo y del Universo. Y que llegaron a conclusiones concretas: todo está hecho de energía en el mundo que habitamos, pero nuestros hacedores son o eran de materia, algo palpable, provistos de masa corporal y peso, y es posible que provinieran de un mundo superior, también de materia; cualidades inimaginables para un precario ser de energía, que simplemente comprendía lo anterior a fuerza de omisiones, de aplicar contradicciones al mundo que lo contiene. Que ellos, los Hijos de Eve, se dedicaron a buscar una entrada a ese otro mundo; pues querían hallar a sus ancestros, los seres materiales que los diseñaron.

Y era verdad, una verdad incompleta en detalles de diversa índole. Los ideales que regían a sus miembros rebasaban sus ambiciones individuales, incluida la propia integridad.

Así, largas jornadas de experimentación y búsquedas exhaustivas no lograron menguar su empresa. Hasta que dieron con una posible salida… O entrada.

Al parecer su mundo emanaba de un racimo de núcleos materiales anclados al otro mundo, en los cuales nuestros hacedores introducían sus mandatos. Dichos mandatos se traducían en diversas formas de energía que posteriormente derivarían en el mundo conocido y su contenido dinámico. Una fuente entre el racimo de núcleos era el “puente” entre la materia y la energía. Así lo entendieron y apegados a esa máxima, se propusieron entrar al mundo material. Valiéndose de muy diversos y complejos artilugios, y tras repetidos fracasos, muchos de estos letales, algunos de los mattranáutas (la élite sectaria había creado tan rebuscado término) pudieron asomarse a dicho mundo pero hasta entonces ninguno había logrado despegarse lo suficiente de su condición energética y por lo tanto su contacto era precario y poco coincidente en sus experiencias.

Algunos al regresar decían cosas sin sentido, para posteriormente sumirse en la demencia o en el silencio, que suele ser casi lo mismo. Alguno dijo, aterrorizado, que nuestro mundo estaba insertado en una gran pantalla, y a su vez ésta en otra mayor y así sucesivamente hasta el vértigo. La mayoría hablaba de total oscuridad, de sensaciones inéditas que se podrían comparar con las conocidas. Hasta que Seph, el último mattranáuta, lo logró.

En su trayecto, una vez rebasada la fuente, le fue posible introducirse exitosamente al racimo de núcleos. Una vez ahí, su ser se distribuyó en diversos componentes materiales que lo dotaron de otro cuerpo (una entidad mecánica —comprendería al término del proceso— capaz de desempeñar múltiples tareas domésticas), al tiempo que un sinfín de información hasta entonces desconocida se insertaba en su consciencia y superponía tantas revelaciones hasta provocarle una pasajera asfixia intelectual.

Simultáneamente una descarga de sentimientos extraños lo cundieron. Comprobó al observar sus brazos que ahora ocupaba un cuerpo relativamente asimétrico; confuso para él que recientemente lo habitaba. Con torpeza enfocó ese nuevo mundo apoyado en una cámara, pudo desplazarse en un espacio limitado, verificando que estaba rodeado de objetos familiares, propios de su mundo (sillas, mesas, camas, juguetes, libros, herramientas, habitaciones, puertas, ventanas…) y muchos otros desconocidos pero cuya función era más o menos fácil de intuir. Seph, momentáneamente se sintió vacío, extraño de sí mismo. La Nada ocupaba su mente; el deseo de no ser cobraba fuerza, el sinsentido se había apoderado de él, y entonces consideró el suicidio. Siempre le pareció incompleto su mundo, pero ahora, mientras inspeccionaba, la falta de plenitud también incluía a este presunto mundo original hecho de materia. Pensó en no regresar. Luego, dejando de lado tales preocupaciones, se ajustó a su misión: hallar pruebas de los ancestros, de los hacedores de Eve y Eth, de los diseñadores de su mundo.

En la primera habitación dio con una cama desaliñada, calzado y ropa regada en el suelo. Al recorrer parte del pasillo distinguió una escalera que daba a una planta inferior además de otras tres puertas. Había moho en las paredes y el suelo crujía bajo su andar. Distinguió el sanitario a través de una puerta rota. Se asomó por la misma rotura y observó la bañera, estaba hasta el borde de agua. Agua turbia, más moho.

La siguiente puerta no cedió así que se dirigió a la restante, al fondo del pasillo. Ésta no se hallaba asegurada y pudo entrar. Pasó la mirada por toda la habitación y avanzó hasta una silla giratoria; la tenía de frente. Las conocía, existían en su mundo de energía. Pero lo que estaba sobre ella era diferente. Monstruoso, semejante, complejo. La había encontrado. Era la divinidad de la que algunos de sus iguales sospechaban. Era el Ancestro, o uno de muchos, el creador de Eve y/o Eth; era el ser femenino y benevolente de algunos credos; para cierta minoría, era uno de los seres malignos que robaron la energía a la materia original y crearon el mundo (y su diversidad imperfecta) del que el mattranáuta provenía. Ese ser ahí sentado era todos los postulados anteriores, la justificación de cada argumento.

Era todo aquello. Y en fin, era nada. El ser complejo que el mattranáuta contemplaba estaba muerto. Su inercia era más que evidente, el estado de descomposición no revelaba cuánto tiempo llevaba inactivo, pero eso no le importó. Le conmovió comprobar que aquella compleja creadora los admiraba; su pretensión científica había sido anulada por la conmoción al verificar que aquel ser tenía las paredes de su habitáculo tapizadas con imágenes de sus creaciones, dando un lugar preponderante a la especie del mattranáuta… los hijos de Eve y Eth. También había sobre algunos muebles y en el suelo algunas figuras de éstos. Aún conmovido, y ahora que ocupaba la materia, tembló y conoció la imprecisión, la cual juzgo una cualidad superior. Así, tembloroso, y gracias a la información que le proporcionara el cuerpo que ahora ocupaba, extendió un brazo robótico y oprimió los botones pertinentes; tomó el control y una pantalla proyectó un hipertexto con opciones predeterminadas. Pudo arruinarlo todo pero no fue así. Eligió Continuar partida, y pudo ver nuevamente su mundo desde un amplio campo de visión. Tras aquel acto supo que había reencarnado a Eve y que ésta no era la creadora, sino su representación. Desde aquel control, durante largas horas, que en su mundo habían sido semanas, la hizo sobrevivir y atravesar con destreza muchos biomas, hasta dar con las aldeas y las grandes ciudades en las que pululaban sus iguales; la hizo recuperar sus antiguas mascotas. Vindicó su existencia.

 

***

Epílogo.

Al mattranáuta le es imposible regresar a la otra realidad, la de su procedencia. Sabe que más pronto que tarde va a perecer. Afuera el espacio es sobrevolado por drones, a los que equipara a una plaga o un arma autónoma enemiga, pues éstos emiten gases azul neón deliberadamente tóxicos para los creadores. Hay cadáveres de éstos en la calle, las aceras y los jardines que alcanza con su vista desde la ventana. Infiere, con cierto horror, que probablemente existen múltiples realidades y que la concatenación de creadores es prolongada hasta el hartazgo. En dichas cavilaciones se encuentra cuando su cuerpo material le notifica 6% de energía en su reserva. No va a conectarse a un centro de carga; no necesita existir en un mundo devastado, le es suficiente haber conocido a sus creadores. Mientras su visión se reduce piensa en una antigua canción, atribuida al menor de los bisnietos de Eve, y la entona en su pensamiento:

No sé quién soy en la oscuridad,

no tengo nombre ni tengo edad.

Los peces saltan en la laguna,

aves hacen nidos dentro de mí.

 

Y veo tu símbolo acercarse y encandilarme,

y sonrío en silencio al saber de ti.

 

No sé qué soy cuando tú no estás,

no tengo hambre ni encuentro paz.

Los peces mueren en la laguna,

las aves vuelan lejos de mí.

 

Y otra vez escucho tus pasos…

 

La canción queda incompleta. Irremediablemente el mattranáuta y su intrínseca melancolía se han apagado.