En este trabajo se pretende imaginar posibles vínculos entre las conceptualizaciones “espacio-basura” y “narrativa”, considerando algunas  afinidades de perspectiva entre Deleuze, Fredric Jameson y Paul Virilio.

El rebasamiento de los paradigmas epistemológicos modernos (esclarecimiento de límites y alcances de las disciplinas, distanciamiento crítico), concepciones apocalípticas de la historia, tomas de postura estigmatizadoras,  añoranzas por épocas “mejores con valores más sólidos”, son síntomas mediante los cuales caemos en cuenta de que la complejidad del fenómeno posmoderno es tal, que nos conduce a una dificultad de otro grado: problematizar y expresar adecuadamente nuestra misma incapacidad de dimensionarlo y de imaginar nuevos modelos de comprensión, para develar el modo en que opera su fuerza homogeneizadora, convivir con ella y al mismo tiempo tratar de escapar.

Espacio-basura y narrativa

Considero oportuno hacer un recorrido por la ciudad posmoderna. Aún es posible rescatar en ella algunos espacios cuya oralidad no se ha transgredido. En el tianguis, el ambiente en que las personas compran se permea de estilos, temperaturas y múltiples intensidades: chiflidos, regateos que van y vienen: “llévele”, “¿qué le damos?”, “¿a cuánto está?” A pesar del ritmo ágil de las interacciones, las relaciones afectivas no se ven obstaculizadas, sino que precisamente ese es el estilo y el ritmo de su proyección. No hay trastocamientos ni interferencias de imágenes, tampoco espacio ni tiempo para crearse películas y deseos artificiales: los productos se exponen tal cual son y la gente se desenvuelve en ese mundo.

Se produce un contraste violento cuando, por ejemplo, voy de copiloto acompañando a un amigo recorriendo la Ciudad de México. Experimento una extraña de informidad que me desorienta continuamente en cada tramo que recorro. Trato de localizar puntos de referencia, mapearla y agenciármela. Sin embargo el vehículo sigue su curso a velocidad y súbitamente se desvía del carril central y toma una especie de espiral que de manera casi inadvertida nos coloca en una pista diferente. El mapa interno que trataba de cartografiar, apoyándome en la estabilización aparente del carril central, se disuelve. Tengo que reanudar este esfuerzo en cada curva y cambio de dirección inesperado. La sensación de rebasamiento e impotencia se intensifica en cada intento frustrado de territorialización que es absorbido por la mancha informe de aquella ciudad.

Sin embargo, parece que este esquema de orientación queda fuera de lugar. No hay tiempo para ese tipo de esfuerzos, hay que llegar a una reunión de trabajo muy importante y los organizadores del evento esperan impacientes y ansiosos en el auditorio de un hotel; no están dispuestos a que su programa se desajuste. Además, dicho evento no es el único que forma parte de las agendas de los participantes; su día está lleno de otras muchas actividades programadas con ayuda de sus asistentes. Así que más vale llegar con un margen de tiempo suficiente para revisar detalles finales con los organizadores y que el evento comience en tiempo y forma.

Necesitamos la ayuda de Waze o de Siri; no hay tiempo para replantear por nosotros mismos nuevos esquemas de percepción y orientación. Al parecer nunca tendremos tiempo para ello: los ajetreos y las prisas seguirán configurando un hábito de vida ‘normal’, que genera un clima idóneo para que la nueva materialidad de los dispositivos se incruste en nuestra potencialidad rizomática.

Llegamos al estacionamiento y luego nos adentramos a la zona del hall. La sensación provocada por aquella espacialidad transmutada es muy parecida a la que Fredric Jameson analiza en el Hotel Bonaventura (diseñado por el arquitecto John Portman)[1]. Sólo que con una diferencia: ni siquiera hay tiempo para experimentar el rebasamiento o familiarizarse con la nueva espacialidad. Estas experiencias son transgredidas y sustituidas por las indicaciones “rápidas y eficaces” de la recepcionista y los ademanes de los organizadores, quienes nos conducen al recinto y aseguran que los participantes que van llegando no se pierdan en la informidad de aquel espacio.

Puesta entre paréntesis la vida ajetreada de la semana, nos dirigimos al centro comercial. Esa especie de “magma indeterminado y multiusos”[2] del posmodernismo hace experimentar a la máquina deseante una aparente variedad. Se le presentan no tanto productos o bienes sino un amplio abanico imágenes como margen de elección, en un espacio que le permite replicar sus fantasías.

A partir de las experiencias del consumo, su narrativa -la fuerza singular que le permite reconocer y proyectar su sentido de realidad- se trastoca. La vida del sujeto tiene valía y aceptación ante la sociedad cuando tiene muchas ‘experiencias’ y aventuras de consumo qué contar. Parece que su historia no es un “proceso de autoidentificación personal”[3], sino un álbum que colecciona imágenes e historias divertidas. Curiosamente imita la lógica rizomática, hay aparentes puntos de fuga que se pueden expresar mediante la conjunción ‘y’: ya escuché esta música y vi esta película y compré este teléfono y me regalé este viaje. El contagio se expresa mediante el cuestionamiento: “¿y tú no?” Ante una respuesta negativa viene la réplica: “entonces no has vivido”.

 

La posmodernidad conduce a nuevas dinámicas de transmutación de  materialidades. Los síntomas son extraños: las máquinas deseantes comienzan a padecer amnesia respecto a su potencial deseante. Podemos decir que se trata de un contagio adormecedor que se replica de manera viral y sabotea el núcleo rizomático vital de las máquinas deseantes. En términos propios, no es tanto una lógica rizomática, sino “rizomatoide” que disuelve cualquier esfuerzo epistemológico de distinción crítica o intento de fuga[4].

Siguiendo a estos autores, resulta anticuado enfatizar que el fenómeno de la posmodernidad motiva a las diferentes disciplinas a redescubrir la especificidad de sus métodos y a examinar sus alcances y límites epistemológicos respecto a sus objetos de estudio. Lo que importa es más bien advertir cómo se lleva a cabo una desdiferenciación constitutiva entre sus límites y cómo se pliegan y se superponen entre ellas, por ejemplo, en un fenómeno como el “ir de compras”:

…¿qué categorización es ésa? ¿Es física, e implica los objetos a la venta? ¿O es psicológica, y supone el deseo de comprar los objetos en cuestión? ¿O arquitectónica […]? ¿O estamos hablando aquí de la globalización del consumo (consumismo)? ¿O estamos hablando de las nuevas rutas de comercio y de las redes de producción y distribución implicadas en tal globalización? (¿O de los hombres de negocios que las organizan?) Y ¿qué hay de las nuevas tecnologías desarrolladas […]? ¿Y del prodigioso incremento del tamaño de las compañías y grupos de comercialización, algunos de ellos mayores que muchos países extranjeros? ¿O de las compras y de la forma de la ciudad contemporánea […]?[5]

Lo anterior exige un mapeo epidemiológico[6] y un modelo de comprensión rizomáticos que develen la espacialidad difusa que genera dichos trastornos:

Sin duda, esto es justo lo que se le exige al mapa cognitivo en el marco más estrecho de la vida cotidiana de la ciudad física: que el sujeto individual, sometido a esa totalidad mayor e irrepresentable que es el conjunto de las estructuras sociales como un todo, pueda representarse su situación[7].

Virilio expresa un anhelo por proyectar nuevos puntos de fuga a fin de reencontrar ese paisaje de acontecimientos que posibilite el habitar “en espacios con proporciones que dan un sentido a la escala del barrio como a la del mundo”. Habitamos la arquitectura que nosotros mismos proyectamos[8]. Y la manera de proyectarla y de adaptar los espacios de la nueva casa, constituye la narrativa mediante la cual experimentamos y expresamos nuestro sentido en el mundo[9]. Siguiendo a Deleuze, esto nos permite explicitar la “conceptualización arquitectónica” como una fuerza deseante y productiva mediante la cual contagiamos nuestro estilo y resistimos a la “insulsez informe”[10] del posmodernismo.

El arquitecto hace una experiencia de intensidad del escenario sobre el cual va a diseñar la obra: las resistencias del espacio rompen con sus expectativas preconcebidas y lo mueven a interpretarlas. El diálogo con el cliente resulta ser una especie de contagio en el cual acontece un entrecruce de experiencias de intensidad, mundos interiores y temperaturas.

La oralidad es una propiedad de esta fuerza que no se reduce a un producto final y estático expresado en los planos. Es todo un conjunto situacional que se va conformando por temperaturas, proyecciones, signos e interpretaciones que se intersectan y entretejen: el imaginario interior del cliente en el que se dibuja un mundo nuevo de experiencias en aquella casa aún difusa; el arquitecto que se halla en un escenario de tensión creativa porque a la vez procura interpretar la singularidad del cliente y la resistencia propia del acontecer de ese espacio sobre el cual proyectará el diseño.

Sin embargo, parece que en la posmodernidad la fuerza de la conceptualización arquitectónica es trastocada por una espacialidad-basura. La creatividad y el proceso de diseño ya no apuntan a la narrativa que conlleva el habitar, sino que dicha fuerza se torna en frenesí y obsesión por competir entre las compañías y generar el mejor espectáculo de imágenes.

 

El paisaje recobra una materialidad híbrida y etérica. Ya no es un escenario de narrativas y personajes conceptuales, sino una informidad para el uso, el consumo y el deshecho; un continuum de fracturas, confusiones, reciclajes y desgajamientos. Los suburbios son no-lugares, abandonados por todos y vacíos de autores[11]. El diseño de las ciudades, los centros comerciales, los edificios y las imágenes publicitarias que se contagian en esa atmósfera, rinden cuentas a toda la red global, descentralizada e impersonal que es el sistema multinacional del capitalismo[12].

 

Conclusión

 Al menos podemos caer en cuenta que la problemática no se orienta hacia las posibilidades de retornar a una especie de “paraíso perdido”. De manera que el preguntar: ¿cómo interpretamos la espacialidad del posmodernismo, cómo nos situamos ante ella y cómo nos narramos en ella?, no nos conduce a un disertación moral o a la búsqueda de respuestas definidas, sino que la pregunta misma se disuelve en la dificultad de despertarse y expresarse.

Es decir, la cuestión gira más bien en torno a su emergencia; a dar cuenta de nuevas dialécticas y mapas epidemiológicos que nos ayuden a entrever en medio de qué fuerzas descentralizadoras, trastornos amnésicos, deslaves territoriales e infecciones virales, la pregunta debe aprender a navegar y mantenerse despierta.

 

Desde la perspectiva de Deleuze, nos veríamos inmersos en una tensión nueva: la máquina deseante se re-comprende en su nueva afección, y al mismo tiempo resiste a la insulsez informe posmoderna que desvitaliza su ímpetu creativo. Sin duda, una exigencia difícil que también Jameson -influido por Marx- diagnosticó: ¿cómo es posible pensar al mismo tiempo en términos positivos y negativos?, ¿cómo reconocer al capitalismo como lo peor y la vez lo mejor que le ha pasado a la humanidad, y advertir en ello una convivencia dialéctica entre rasgos denigrantes y emancipatorios?[13]

 

BIBLIOGRAFÍA

Bauman, Zygmunt,  “De la ética del trabajo a la estética del consumo”, en Trabajo, consumismo y nuevos pobres, Barcelona, Gedisa.

Fundación Juan March, Fredric Jameson: How to adapt to cultural change, 2005. Consultado en: <https://www.youtube.com/watch?v=6oK0W1Gl36s&t=460s>.

Jameson, Fredric, La lógica cultural del capitalismo tardío (trads. Celia Montolío Nicholson y Ramón del Castillo), Madrid, Centro de Asesoría y estudios sociales, 2005. Consultado en <http://www.caesasociacion.org/area_pensamiento/estetica_postmaterialismo_negri/logica_cultural_capitalismo_tardio_solo_texto.pdf>.

“La ciudad futura”, en New Left Review, núm. 21 (jul/ago 2003), pp. 91-106. Consultado en < https://newleftreview.es/issues/21/articles/fredric-jameson-la-ciudad-futura.pdf >.

Virilio, Paul, “De la guerra probable al paisaje reconquistado” en El cibermundo, la política de lo p

 

NOTAS

[1] Cfr. Fredric Jameson, La lógica cultural del capitalismo tardío (trads. Celia Montolío Nicholson y Ramón del Castillo), Madrid, Centro de Asesoría y estudios sociales, 2005, p. 21-25. Consultado en <http://www.caesasociacion.org/area_pensamiento/estetica_postmaterialismo_negri/logica_cultural_capitalismo_tardio_solo_texto.pdf>.

 

[2] Cfr. Fredrich Jameson, “La ciudad futura”, en New Left Review, núm. 21 (jul/ago 2003), p. 99.   Consultado en < https://newleftreview.es/issues/21/articles/fredric-jameson-la-ciudad-futura.pdf >.

 

[3] Zygmunt Bauman, “De la ética del trabajo a la estética del consumo”, en Trabajo, consumismo y nuevos pobres, Barcelona, Gedisa, 2000, p. 49.

[4] Cfr.: “Tan inmersos estamos en sus volúmenes repletos y saturados que nuestros cuerpos, ahora postmodernos, han sido despojados de coordenadas espaciales y son incapaces de distanciarse en la práctica (y menos aún en la teoría); mientras, ya se ha observado que la prodigiosa expansión del capital multinacional termina por penetrar y colonizar esos mismos enclaves precapitalistas (Naturaleza e Inconsciente) que constituían apoyos arquimédicos y extraterritoriales para la eficacia crítica” (Fredric Jameson, La lógica cultural del capitalismo tardío, op. cit. p. 27).

 

[5] Fredric Jameson, “La ciudad futura”, op. cit., p. 93.

 

[6] Ibíd., p. 95.

 

[7] Fredric Jameson, La lógica cultural del capitalismo tardío, op. cit. p. 28.

 

[8] Paul Virilio, “De la guerra probable al paisaje reconquistado” en El cibermundo, la política de lo peor (trad. Mónica Poole), Cátedra, Madrid, 1997, p. 106.

 

[9] Cfr. Fundación Juan March,  Fredric Jameson: How to adapt to cultural change, 2005. Consultado en: <https://www.youtube.com/watch?v=6oK0W1Gl36s&t=460s>.

 

[10] Fredric Jameson, “La ciudad del futuro”, op. cit. p. 104.

 

[11] Paul Virilio, op. cit, p. 109.

 

[12] Fredric Jameson, La lógica cultural del capitalismo tardío, op. cit., p. 21.

 

[13] Ibíd., p. 26.