El presente trabajo está pensado como el inicio de una serie de elaboraciones teóricas que intentarán poner en tensión el concepto Queer con las discusiones contemporáneas acerca del sentido de la diversidad sexual, la fundamentación posible o no de su asimilación a las prácticas psicoanalíticas, así como también sus implicancias políticas en el marco de la perspectiva micropolítica o molecular que atraviesa el imaginario posmoderno. Se considera que dicho concepto ha sido desconectado de las potencias que determinaron su existencia, las cuales se remontan a dos dimensiones: por un lado la reapropiación de la negatividad del espíritu de Mayo del 68 y su reconversión en el diseño de una economía que responsabiliza sus cargas en la individualidad como espacio de sostén y de fundamento de las pretendidas prácticas de libertad, así como la irrupción política de una serie de movimientos sociales que respondieron a la crisis general del SIDA que vino a quebrantar la arquitectura del deseo, haciendo del cuerpo un lugar de desconfianza para los placeres. Ambos procesos se encuentran estrechamente ligados, en tanto la re-estructuración de la acumulación capitalista vino acompañada por mayores grados de precarización de la fuerza de trabajo, lo que motivó una serie de movimientos sociales organizados sobre determinaciones secundarias, que más allá del justo reclamo, desconocen la propia dinámica del metabolismo social.

Se habla de una profecía de Lacan, no de aquella de que el lenguaje tiene múltiples sentidos ni de que el cuerpo experimentado por el goce, sino de la relación entre Lacan y el amplio movimiento estudiantil de Mayo del 68 y sus reclamos de llevar la imaginación al poder. En algún sentido esto recuerda la modificación sustancial  y el vaciamiento de toda desestructuración de la arquitectura del ser que habría instalado la imaginación en el pensamiento idealista alemán, una imaginación vaciada de su propio carácter de desgarramiento para volverse síntoma de la abstracta voluntad libre que crea castillos y mundos fantasiosos alejados de las propias determinaciones de lo real. En este sentido, Lacan increpó a los estudiantes movilizados y le arrojó una sentencia: “a lo que ustedes aspiran como revolucionarios es a un amo. Y lo tendrán”. Este nuevo amo es el nuevo espíritu del capitalismo, tema que ha sido ampliamente trabajado por el Slavoj Žižek y sobre el cual señala Castro-Gómez lo siguiente: “el esloveno dice que a partir de 1970 el capitalismo usurpó la retórica izquierdista de los estudiantes y convirtió la autogestión, la descentralización y la sostenibilidad ecológica en ejes de una nueva forma de producción” (2015, p. 13).

Este nuevo Amo recuerda a las tesis de los operaístas italianos de la década del sesenta y el setenta, quienes veían que toda lucha del trabajo por imponer nuevas y mejores condiciones de vida eran subsumidas por el capital, quien se apropiaba de la negatividad del trabajo para consolidar nuevas modificaciones en el patrón de productividad, dejando al trabajo bajo una nueva modalidad de servidumbre. No se trata de una contrarrevolución al estilo que lo plantean las corrientes subjetivistas del marxismo, como si fuera esta subsunción del trabajo al capital una suerte de efecto constante por la traición de dirigentes políticos o de elementos de la burocracia. La película de Elio Petri, La classe operaia va en paradiso de 1971, marca este espíritu que los operaistas teorizaban: la relación capital-trabajo como una relación donde el capital supera las determinaciones productivas apropiándose de la potencia negativa del trabajo. En la película, Lulu Massa, un obrero fabril milanés toma consciencia de la explotación a partir del reconocimiento de la situación de opresión gracias a un accidente laboral y el encierro en un psiquiátrico de uno de sus compañeros. Cuando los trabajadores asumen una posición agonística con respecto a la patronal, su victoria parcial se convierte en un escalón más de la dinámica de la alienación capitalista, en tanto el capital modifica el patrón de productividad por uno nuevo que termina por hacer del trabajador más dependiente de los mecanismos de productividad.

Lo que intenta señalar la película es que toda acción transformadora sin el conocimiento de las propias determinaciones que permiten el paso de las formas abstractas a las formas concretas termina siendo re-apropiada por el capital, quien reformula las condiciones materiales de vida internalizando esas potencias libertarias en nuevos modos de sujeción. Podríamos arriesgarnos a afirmar que la respuesta del capital a los movimientos libertarios sesentayochesco se materializó en los nuevos contratos que desregularizan la relación capital-trabajo o las formas de trabajo precarias que están ejemplificadas por la economía basadas en Apps, tales como Rappi, Glovo, etc. Uno de los efectos producidos por esta tendencia del capital a sobredeterminar las condiciones de vida sin el conocimiento de las propias determinaciones que lo hacen posible, es la constitución de lo que Mark Fisher ha llamado realismo capitalista: “la idea muy difundida de que el capitalismo no sólo es el único sistema económico viable, sino que es imposible imaginarle una alternativa” (2017, p. 22).

En este sentido, como es imposible imaginar una alternativa, las luchas que comenzaron a expresarse en la década de los ochenta quedaron ancladas en los efectos que la nueva modalidad de acumulación del capital fue desplegando. Es en este contexto donde surgen los movimientos Queers, quienes están lejos de lo que posteriormente se constituyó como Teoría Queer, una invención terminológica en el año 1991 por parte de Teresa de Lauretis. Esto es importante remarcarlo, porque implica un desplazamiento teórico-político que la academia y los activistas contemporáneos confunden. Hacen una lectura lineal entre las luchas contra la patologización, el acceso a medicamentos que permitan paliar las consecuencias físicas del SIDA, y contra la violencia que las comunidades no heterosexuales recibían. Las primeras organizaciones emergieron como respuesta a la crisis del SIDA, distinguiéndose la organización ACT-UP (Aids Coalition to Unleash Power), un movimiento social formado por comunidades minoritarias que luchaban contra el abandono del Estado en tal crisis. El director Jean-Marc Vallée  estrena en el año 2014 la película Dallas Bullers Club que contextualiza cómo emergieron una serie de movimientos sociales que confrontaban las políticas estatales de abandono de las comunidades infectadas por HIV, organizadas en función de un acceso ilegal o dentro de los vacíos legales de determinados medicamentos y su distribución en las comunidades empobrecidas de los Estados Unidos.

Queer Nation fue otra de las organizaciones que elabora un manifiesto contra la violencia heterosexual hacía las comunidades no-heterosexuales, rechazando tajantemente la violencia homofóbica. Estos movimientos, más allá de los justos reclamos que venían sosteniendo, no pueden ser considerados como movimientos críticos del sistema social imperante porque responden a determinaciones secundarias que no tocan la propia dinámica del metabolismo social. Y en algún sentido la apropiación por parte de la academia de estas potencias negativas ha sido una suerte de des-esencialización de dichas potencias para despojarlas de toda confrontación contra el Estado convirtiéndolas en una conciencia despojada del conocimiento de las determinaciones que hacen posible el paso de las formas abstractas a las formas concretas. Que la academia haya subsumido estos movimientos, no para pensar los marcos teóricos sobre los que se mueven y fundamentan su existencia, sino como una expresión de la diversidad, implica una lectura metafísica que hace de lo Queer una indeterminación sin ningún tipo de mediación.

Lo Queer se extravío en una serie de sofisticados conceptos dentro de un marco hiper-constructivista, reduciendo los movimientos políticos de los ochenta en una suerte de reclamo de soberanía del cuerpo y el deseo en la experiencia del sujeto individual. De Lauretis se preocupó por retomar el bagaje teórico de Foucault para consolidar el término de tecnologías de género, Butler se centró en las prácticas de performatividad como prácticas disruptivas y de subversión, y Preciado asumió una supuesta superación de ambos esquemas en la subversión del género a partir de una reapropiación individual de las tecnologías de género mediante la conformación de una práctica corporal contra-sexual, una suerte de performatividad porno-desterritorializante. Sometieron a lo Queer a una potencia que hace explotar toda identidad, como un resto inapropiable que cuando parece ser captado por algún campo de sentido no es más que una ficción, porque lo Queer parecería que siempre tiende a escapar por donde menos se lo cree capaz.  Esta indeterminación es una forma más en las que la abstracta conciencia libre se separa de las determinaciones, y provoca lo que Kant ya había advertido en la Crítica de la razón pura: el hecho de que la razón sobrevuele sobre sí misma.

En este pequeño trabajo se quiso remarcar el problema del extravío de los orígenes de los movimientos Queers y cómo la academia en el intento de re-pensarlos terminaron por una reapropiación terminológica que despojó al concepto de sus propias determinaciones. Consideramos que aunque estas nuevas lecturas de lo Queer desean alejarse de toda interpretación metafísica sólo han logrado una reinstalación de presupuestos metafísicos escondidos bajo posturas auto-pretendidas nietzscheanas. La noción de subversión del género, la reapropiación de las tecnologías de género y la potentia gaudendi son ejemplos paradigmáticos de cómo terminan por esconder el presupuesto de sujeto sobre el que elaboran su teoría. Más que una inversión de la metafísica como proponía Nietzsche, estos  pensadores de la Teoría Queer construyen un relato acerca de lo Queer como lo inapropiable, una suerte de diferencia derridiana pero sometida a la multiplicidad caprichosa de las vanguardias estéticas contemporáneas que hacen del cuerpo sólo un lugar de inscripción de formas de resistencia.

En trabajos posteriores se abordará con mayor precisión los presupuestos metafísicos de lo Queer, en contraposición a una teoría de la sexualidad que entiende a la diferencia como un concepto especulativo, es decir, inscrita en la dimensión ontológica como una diferencia virtual que en su despliegue inmanente no se agota en ninguna instancia. Abordaremos cómo la diferencia sexual se opone a una lectura correlacionista entre sujeto y objeto, propia de los múltiples constructivismos para quienes no hay realidad sin un sujeto que la intuya, así como también la lectura que hiciera de él la denominada Escuela de Liubliana en tanto aborda la diferencia sexual como una diferencia negativa y medial que curva el espacio de la estructura simbólica. Este texto continuará con estas indagaciones que permitan una concepción mucho más precisa de las abstracciones que giran alrededor del concepto de Queer, el cual ya hemos demostrado que ha sido trasplantado a la academia y de allí al pensamiento mainstream despojado de sus determinaciones, y por ende, sometido a la abstracta conciencia libre que considera que una auto-intervención con dildos y someter el ano a un proceso de desprivatización son las nuevas marcas de un futuro de igualdad por venir.

 

BIBLIOGRAFÍA

 Castro-Gómez, S. (2015). Revoluciones sin sujeto.  México D. F.: Akal.

De Lauretis, T. (1991). “Queer Theory: Lesbian and gay sexualities” en Difference, a journal of feminist cultural studies, Vol. 3, N° 2.

Fisher, M. (2017). Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? Buenos Aires: Caja Negra.

 Preciado, P. (2002). Manifiesto contra-sexual. Madrid: Opera Prima.

  • (2014). Testo Yonqui. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Paidós.

(2013). Terror anal y manifiestos recientes. Buenos Aires: La isla de la luna

Žižek, S. (2001). El espinoso sujeto. Buenos Aires: Paidós.