Finalmente, sostuvimos un pedazo del mundo en la palma de la mano. Lo miramos por horas: su opacidad, no sus voces, sí el eco de esas voces. Lo que decían, incluso lo aparentemente inaudible. Adivinamos la trayectoria que después seguiría. Tú arriesgaste una hipótesis: y si calláramos por un tiempo, si esta lengua encriptada revelara que no hay nada: la palabra inencontrable.

Pero no, esto es más sencillo, menos obscuro. Es igual al ruido que hicieron las llaves antes de extraviarse. Porque sí, piénsalo, las cosas antes de perderse dejan un sonido parecido al mundo en pausa. Es algo como una O que se va estirando hasta desaparecer. Es como un escape permanente. Una fuga a ese lugar que esperamos porque ahí la calma. Ahí un final que aparentemente nos excede.

No sé si me entiendas, porque acuérdate, es igual al día que sostuvimos un pedazo del mundo en la palma de la mano. Es que todos lo hemos tenido ahí. Todos hemos asistido a las sacudidas que nos quedan después de presenciar algo que está por decirse. Es como si una palabra quedara colgando en el filo de la lengua.

Quiero decir que va más allá de la contemplación. Es algo parecido a ganar y perder.