¿Cuál sería la modernidad de esta posición? Al proponer una verdadera ontología del lenguaje, consecuencia de una consideración que va más allá de su carácter instrumental, Mallarmé, como así mismo hiciera Hölderlin a principios del siglo XIX, prepara las condiciones necesarias para ejecutar un giro de 180 grados. “Dicho de otro modo, el lenguaje no es sólo un medio accidental de expresión, una sombra que deja ver el cuerpo invisible, es también lo que tiene existencia en sí mismo como conjunto de sonidos, cadencias, nombres, y, en este sentido, por la conjunción de fuerzas que representa, se revela como fundamento de las cosas y de la realidad humana” (p. 121). El poeta no es Dios por otra cosa, y no lo es precisamente en su acepción teológica porque no crea el mundo a propósito y con un propósito.

El poeta es el hombre que se crea a sí mismo por su palabra, y con ella se da un mundo. No hay un ser humano que exista antes e independientemente del mundo, que lo instaure y se retire a descansar. Pero la poesía nos hace saber, instintivamente, que el lenguaje no es una simple (o compleja) conexión mecánica de palabras y cosas, conexión asegurada para transmitir información y a su merced trazar líneas de subordinación. Es algo más y algo menos que eso. Conecta con una profundidad insondable: evoca e invoca a los misterios. Es legítimo pretender de un poema un contenido filosófico, pero no es a él a quien el poeta se debe. En el poema (al menos eso es lo que percibe Blanchot) vibra el vacío de sentido, la ausencia total de significación.

A ello se remite constantemente Mallarmé. Es el recuerdo, tal vez ingrato o indeseado, de un *antes de la palabra*, una anterioridad con la que no se puede hacer nada provechoso pero cuyo olvido puede ser fatal. Es arriesgado aseverar si se deriva de aquí un aprendizaje positivo. Echa una luz inusitada sobre el enigma del mundo; eso sí. Por lo pronto, se desprende de cualquier tentación ocultista o teosófica. El enigma no tiene una solución que la publicidad o la imbecilidad puedan explotar comercialmente. El misterio no es tampoco el que ha enriquecido a las iglesias. Es otro, tal vez anodino. Se demora en el borde del sentido y mira hacia abajo y hacia arriba. Ahí es la oscuridad o la luminosidad pura y sin restos. No hay nada que descubrir porque tampoco hay nada que ocultar. Nos recuerda quizá al *Psalom* de Arvo Pärt. La poesía no dice con otras palabras aquello que la razón pura o práctica podrían argumentar con otro régimen retórico y pendientes de otra economía discursiva. Volvemos a lo mismo: no es inteligente proponer *qué quiere decir* una poesía como la de Mallarmé.

No es, en todo caso, Mallarmé quien queda expuesto, sino la miopía o la incompetencia del lector. Es fácil exasperarse o irritarse, como no puede evitarlo Blanchot, en este punto. La filosofía del poema está en su *ser poema*, no en contener, aquí y allá, moléculas o migajas o pepitas filosóficas. Pero ese *ser poema* significa algo más que distribuir ritmos y asonancias, más que atender al timbre o al color; significa comprender lo que es el lenguaje y su potencia, con independencia de su vocación de herramienta o medio para la comunicación. El lenguaje instaura un mundo, y por lo tanto puede también amenazar su existencia -o su forma- más insidiosa y más peligrosamente que una violencia física determinada. He ahí todo el misterio.

Mallarmé es moderno por alojar esta revelación. Pero no se trata de que todo en la existencia sea finalmente decible, infinitamente traducible, ilimitadamente comunicable, sino de que *la realidad humana es poética*. Escándalo y quietud; intensidad y simpleza. Tal vez se podría ir más lejos y afirmar que lo real, para un ser humano al menos, es música. “El lenguaje como absoluto, forma misma de la trascendencia, pero acogible en una forma humana, es lo que Mallarmé considera con toda calma, deduciendo las consecuencias literarias” (p. 179). Una de estas consecuencias es la índole profundamente paradójica de su empeño. Produce un chispazo en la negrura más honda. No otra cosa es el poema, con lo que éste cesa de delimitarse como si su diferencia con la prosa fuera exclusivamente formal. No se distingue, en este respecto, de la novela. ¡Probablemente tampoco de la oración! Es en este sentido que la concepción mallarmeana del lenguaje podría calificarse de sacramental. Sólo que la liturgia difiere aquí de una manera radical. Es sacramental en una perspectiva trágica. El espíritu sucumbe en la inanidad de su victoria. Esto es paralelo a aquello que Heidegger encuentra en la poesía de Hölderlin: la mayor inocencia en el máximo peligro, y viceversa. Podría decirse algo similar de la música. El peligro es la banalidad, la vulgaridad del habla común. Lo mismo que abre al pensamiento es aquello que lo cierra.

El lenguaje puede ser maravilloso y puede ser asqueroso; así la música. Pretender resolver mediante la dialéctica este carácter paradójico podría ser loable, pero su resultado es más bien funesto. Como se dice coloquialmente, sale peor el remedio que la enfermedad. Aprovechemos para poner de relieve que cierta sabiduría popular no tendría nada de vulgar. Habría mil ejemplos, pero acaso baste con un par de ellos: no hay nada vulgar en tener mascotas, pero tratar a todo el mundo como si fuera mi mascota sí que lo es; no es vulgar escuchar reggaeton, pero ponerlo al máximo volumen para que lo escuchen todos, es un verdadero oprobio.

Es muy doloroso que las cosas humanas sean así de extremas, y no hay técnica susceptible de eliminarlas. Queda que no sea esa la cuestión; un poeta será siempre incomprendido, aunque se lo venere o procure imitar. Raro el lugar a salvo de polvos y lodos. Porque el lenguaje podrá aspirar a las alturas, pero no deja de pertenecer a la tierra. Podrá anhelar la transparencia, pero vive de la propia opacidad y es incapaz de disolver las ambigüedades que lo atraviesan y se diría que lo constituyen. Con todo, existe, humanamente, la posibilidad de *escuchar al lenguaje* y, no tanto someterse a su extraño deseo, pero sí vibrar con él, acompañarlo con una singular y acompasada resonancia. Lo poético no se reduce a recitar metáforas cuyo uso constante ha hecho propicias (pero que ya han perdido su aroma y su sabor).

No es que sea imposible salir del lenguaje; es ignorar que, al salir de él, todo se torna irreconocible e inhabitable. Más no porque el afuera sea el reino puro de la hostilidad, sino porque queremos extender a él, sin legitimidad alguna, el alcance del sentido. Eso pudre al afuera, lo desnaturaliza. Decidir que lo preside un Dios Misericordia es la gran tentación, y en ella parece haberse despeñado el Occidente cristiano. No hay mundo fuera del lenguaje, pero no podría ocultarse que el mundo, a diferencia de la tierra, es, de cabo a rabo, un artificio. Es, por cierto, muy fatigoso deambular siempre desnudos. Pero la filosofía tiene todo por aprender de esta silenciosa, mínima, sobria sabiduría.