Por metafísica entiendo la ciencia que estudia los mecanismos  que regulan el tránsito entre lo tangible y lo intangible. Por ejemplo, sólo a través de un conocimiento metafísico es posible comprender la transformación del oro (algo tangible) en crédito (algo intangible). Otro ejemplo: Hegel había dicho que el arte pasaría de objeto (tangible) a conocimiento (intangible, como el arte conceptual, o, en general, la digitalización). Quiero insistir en la relevancia de esta ciencia, la metafísica, para la cabal comprensión de los fenómenos que caracterizan a la actual fase del capitalismo mundial.

Los budistas adoran a sunyata, la vacuidad, hoyo negro que impide el colapso de la gran ilusión cósmica. Resulta catastrófico el que una entidad cuyo poder emana precisamente de su naturaleza intangible(Dios, por ejemplo) comience a manifestarse. En ese caso es urgente tomar medidas para interrumpir la encarnación. La pandemia covid-19 funciona como una estrategia para resanar las fisuras por las que ocasionalmente se filtran escurrimientos de realidad.

No hay que subestimar el poder de una empresa como Microsoft. Sin ella los gobernantes jamás habrían producido los efectos de realidad con los que se cautivó la percepción semiconciente de la población. Semiconciente: no había un movimiento herético y lúcido que sofocar. La inconformidad con la precariedad de los bienes y servicios adquiridos a partir de la firma del contrato social no había llegado a un punto inquietante. Para nada. El sistema actuó en una especie de preemptive strike cognitivo. Se adelantó a su propio colapso generando uno alterno.

Ha tenido que producir la parodia de sí mismo para poder continuar sin desplomarse bajo el peso de su propia irrealidad. Se ha visto, pues, obligado a provocar voluntariamente aquella catástrofe que de todos modos le iba a caer encima pero desde el último residuo de ciego destino que aún afecta a los cálculos humanos.

Parece que les funcionó. Los ciudadanos han cooperado para salvar la vida que antes llevaban. Salvación ambigua porque ahora esa vida rescatada se hará real sólo por su ausencia: the new normal, como ya empiezan a llamarle los medios a lo que viene.

 

Tiempos extraños. Los mismos parámetros para distinguir la ficción de la realidad se han vuelto ambivalentes y autorreferenciales. Las camas vacías de los hospitales improvisados se convierten en testimonio de la gravedad de la situación, es decir, en lo contrario de lo que significarían en tiempos de cordura, si alguna vez los hubo.

 

En sintonía con la metafísica de lo opcional que hoy es hegemónica (la pobreza es opcional, por ejemplo). ¿Por qué no aplicar ese mismo postulado a la situación actual? Yo digo que la peligrosidad del COVID-19 es opcional. Esto significa que no es producto de una cualidad inherente al virus, sino de la decisión de quienes la decretaron como tal. En otras palabras, podría estar la gente enfermando del COVID-19 pero sin ser esto nada relevante, la vida igual que antes, de no haber sido elegido este virus como legitimación del gran experimento social en curso.

 

Ahora bien, si es opcional, ¿podría haber sido otro el sujeto desencadenante de las medidas que nos están aplicando? Históricamente las guerras han bastado para reconfigurar a las sociedades. Sin embargo, una nueva guerra mundial sería hoy muy impráctica. Así que lo más parecido a la III Guerra Mundial sin sus desventajas es lo que tenemos ahora. ¿Otro detonante que no fuera un virus? Admito que lo del virus fue una idea genial. No tiene desperdicio. Me extraña que no le estén sacando más jugo.

 

Me gusta la idea de parar, de salirme por un tiempo de lo que los Americanos llaman la rat race, o, como nosotros, de corretear la chuleta. Sirve que le damos paz a la Tierra. Todos lo necesitamos. Será que tengo el defecto de ser difícil de complacer pero me hubiese gustado que la pausa llegara sin un tipo que me anduviera diciendo a cada rato cómo lavarme las manos. También, que no tantos tuvieran que arruinarse, ni que el confinamiento fuera necesario. Lo que necesitamos es la contradicción en la que me debato: una cuaresma sin vigilia, una pausa sin amenazas, convivialidad sin consecuencias.

Parece que el Estado sólo puede cuidar a la población aterrorizándola e imponiéndole sádicas restricciones, si a eso se le puede llamar cuidado.