Unos cortan cebollas, otros escriben o cantan

 

Qué caro está el kilo de todo, y que necesarias se vuelven algunas cosas: la cebolla y la carne blanca o roja no importa. Las hierbas finas y las naranjas. Luego las buenas tardes, porque vivo en un país en el que la gente dice gracias y por favor, gracias y por favor, gracias y por favor. Frente a eso muy seguido tengo ganas de mandar todo al diablo y no pagar nada: las cebollas, la carne, las buenas tardes, las hierbas finas y las naranjas. Sentarme a escribir sobre las cebollas y mi falta de originalidad porque Nanas de la cebolla y un tal Miguel Hernández ya hicieron llorar a todos con su tristísimo poema y yo mira nada más. Me pongo hablar de estos temas como si pudieran tocar la trascendencia, como si con ellos algo de mí se volviera profundo porque las cebollas son lo más relevante en mi camino a la escritura. Por eso te digo que mi forma de ver las cosas es frívola y quejumbrosa en una época igual de frívola y quejumbrosa. Más tarde llegará el tiempo de rebanar cebollas, pasar un rato llorando frente a una tabla y un cuchillo porque así esto: unos cortan cebollas, otros escriben o cantan. El asunto es que en todas las heladeras hay cebollas, por eso resultan imprescindibles y yo pienso en su importancia y de paso en mis rodeos para llegar a un lenguaje que cada vez más, cada vez más, cada vez más se me escapa. Entonces rebano cebollas y su olor me recuerda lo más punzante, lo que atraviesa y desconsuela. Así como estas digresiones para decir que las cebollas y la vida un poco, las palabras otro tanto.