Generalmente he tenido trabajos donde limpiar es la pauta:

Antes limpiaba textos, páginas y párrafos atascados de faltas

ortográficas, mala sintaxis, bibliografías sin pies ni cabeza.

Quince años como editora y diseñadora editorial

me dejaron limpio el ojo de águila, las pupilas.

A mis 45 años aún no necesito usar lentes.

 

Algunas veces también, limpié imágenes,

cambié colores, inventé frases que sirvieran como eslogan,

participé en producción y envío de archivos finales a imprenta,

nunca gané mucho pero lo que llegaba lo hacía durar,

muchas veces alcanzó también para darme gustos, divertirme.

Los libros quedaban bonitos.

 

Ahora limpio pero de otra manera: la ortodoxa.

Ajax, Pinol, Aceite rojo 3 en 1, Fabuloso, los productos

casi a diario me acompañan.

Me gusta hablar en voz alta mientras barro, lavo o trapeo;

me gusta hablarle a los límpidos excusados,

contarles de cuando de manera decorosa, profesional,

tenía que discutir durante horas si ponía o dejaba un punto, una coma,

en el párrafo malhecho, mal escrito, de un autor o autora,

de quien la real preocupación académica era ir a cobrar

los espléndidos cheques

mas no discutir, limpiar, la escritura básica de su investigación.

Qué más da.

 

Cuando salgo de la casa que ahora limpio,

cargada con las bolsas negras de la basura

me gusta pensar que me convierto y doy vida a un poema de Fabián Casas:

 

es transitorio, me dije,

pero así podría ser también la muerte:

un pasillo oscuro,

una puerta cerrada con la llave adentro,

la basura en la mano.

 

 

 

Amaranta Caballero Prado