En la casa de la abuela están presentes muchas ausencias. Sus paredes ya no abrigan ni dan el confort y refugio que sentía cuando formábamos un hogar. Conservo nítida la memoria del primer momento que atravesé el dintel de su amplia puerta. Nunca supe el motivo por el que mis padres me mandaron a vivir a su lado, pero recuerdo muy bien que fue en las fechas en que mi madre lloraba mucho, así de la nada estallaba en llanto. Era muy pequeña y el sorpresivo desprendimiento de mis progenitores me dejó aterida en esa imponente vivienda. El temor lo resentí en el estómago y eso dio lugar al acto inaugural de la perenne ternura con que la abuela me obsequió. En el punto de la vida en que la adolescencia hacía mella en mi cuerpo palpitante de sueños, mamá regresó y sin explicación mediante, de imprevisto, al igual que cuando me entregó a la abuela, me llevó consigo a vivir al extranjero. Despedirse de la abuela fue la experiencia más ingrata. Lo refrendo hoy cuando ya he pasado por los diversos duelos y separaciones  que se espera ha tenido una mujer madura. Aunque tengo claro que cada despedida es un tormento emocional, ninguna otra dolió tanto.

Arrancarme del regazo de la abuela me condujo a sensaciones inéditas de añoranza, de angustia abrumadora, de nostalgia inacabable, de exhaustiva incertidumbre, de vacío persistente como una sombra. Alejarme de la abuela significó adentrarme en nuevos rangos de la melancolía, incursionar en los umbrales del desconcierto y el desasosiego hasta que quedarme sin emociones vírgenes.

Esta tarde repaso y atestiguo pasmada el transcurso acelerado de los años que por mucho tiempo antaño me parecieron demasiado lentos. Titubeante contemplo desde la ventanilla del vehículo el inveterado dintel y otra vez mi estómago se hace trizas. Una revolución acontece en mis intestinos en este preciso instante. Decido ingresar, trasponer el marco que me da acceso a la imponente casona que narra más de un siglo en la vida de mi familia materna. El peso de los años ha impuesto tributo a sus antiguas paredes blancas imponiéndole un gravamen amarillento. El seto de contornos caprichosos que circunda su parte frontal yace diezmado. La puerta principal que solía permanecer abierta de par en par los domingos mantiene todavía resabios de su majestuosidad, luce ornamental incrustada en el centro de la amplia pared de ladrillos rojos.

He traspuesto el recibidor para salir al pequeño zaguán, pero extraño su característico olor a flores y que el rocío de la fuente instalada al centro refresque tenuemente mi faz alargada en su dirección con ese propósito. Avanzo al jardín y me introduzco a la espaciosa habitación de mobiliario dorado. De golpe recuerdo la manera en que el enorme candelabro resaltaba la laca de los muebles brindando la impresión de que el vetusto Rey Midas había deslizado por ahí su dedo gordo. Sigo hasta el pasillo lúgubre que conduce a la cocina. Me detengo frente al horno imponente de marca alemana en el que la abuela y las dos muchachas a su servicio cocinaban el pan que le prodigara prestigio culinario. No evito la sonrisa al acudir a mi mente los embarazosos momentos en que alguien la felicitaba o le agradecía que le convidara del producto cocinado bajo sus cuidados, lo que inevitablemente llevaba a la abuela a citar sus hipotéticos ancestros franceses y españoles.

Por la ventana que da al patio trasero puedo ver el cuarto de baño en cuya espaciosa tina la abuela acostumbraba bañarme. Siempre le divirtió verme retozar entre burbujas perfumadas. En una mesa situada a escasos metros de aquí, a la sombra del frondoso pirul, tomábamos té al caer la tarde sentadas sobre mullidos cojines dispuestos en las bancas de madera fina. En ese lugar infinidad de veces describí a mi abuela el tipo de penas y glorias que nos aquejan en la infancia. Su mirada apacible calmaba en mí toda inquietud y desconcierto, no obstante las ocasiones en que descubrí un cúmulo de lágrimas que surcaba sus mejillas. Cómo olvidar la calidez de su mano, su piel delgada casi transparente o de pronto verla levantarse trastabillando al recordar algún pendiente.

Abandono la cocina. Quiero asomarme al estudio. Giro el picaporte, traspongo la entrada y me sitúo de cara a la imponente vitrina que resguarda inmemoriales colecciones de cerámica. El reflejo pálido de mi rostro en los empolvados cristales me produce una necesidad de aire fresco. Me asfixia confrontar el pasado. Enfilo hacia la ventana, corro las gruesas cortinas y abro los postigos para permitir circular aire. Con la luz del sol, ingentes partículas de polvo gravitan obstinadas cerca de mi nariz. Afuera percibo la apenas inviolable quietud de la calle empedrada custodiada en sus orillas por hileras de frondosos abedules importados que enmarcan el sombrío paisaje de viviendas contemporáneas de la casa de la abuela.

Busco la salida porque el recuerdo, la memoria, la nostalgia, la angustia, se conjuntan en mi pecho. Respiro hondo y sollozo. Antes quiero subir al ático y sentarme en la silla del abuelo que no conocí pero al que siempre la abuela refirió en nobles términos. Rememoro a la abuela con las manos extendidas hacia adelante, atenta a mis balanceos en la silla mecedora, mientras yo interrumpía el silencio de la pieza con extasiadas risas. Me resigno a despedirme de todas las remembranzas aquí depositadas. Necesitaba venir hasta este lugar para extrañar de modo vivencial los días con la abuela, tal vez desterrar brevemente las tristezas que a menudo cargo.