La otredad supone reconocimiento, la aparición de otro distinto a mí, es la presencia insoslayable de un semejante que devuelve la mirada y responde a mi voz. Implica trascender los contornos de la propia identidad, para atisbar a otro, que se me asemeja como un espejo. Apelar a la alteridad es realizar el ejercicio de vernos en el otro, de establecer identidades compartidas y definidas en la compañía, en la medida en que ni siquiera es posible una autorreferencia, si no es porque tenemos un semejante, gracias al cual somos capaces de tomar medida de nuestra propia presencia. Se trata de un esfuerzo reflexivo interesado en disuadir voluntades, de contribuir a la formación de actitudes más transigentes, relaciones contemporizadoras y convivencias menos ríspidas.

En psicología el término alter supone la idea de que los demás son diferentes a nosotros, el individuo ve al otro como distinto (Warren, 1998: 10).  Alteridad es “el ser otro, es colocarse o constituirse como otro” viene del latín alteritas o alietas (Abbagnano, 1974: 42), alter, es decir el otro. Supone la empatía, porque es voluntad de colocarse desde el punto de vista del otro, imaginar sus perspectivas, su estimación de las cosas, la razón de sus opciones, las fuentes de su estímulo, su talante particular.

Sin embargo, en un régimen de mundo cerrado, varado en esencialismo y sistemas jerarquizados y excluyentes, el concepto de otredad se concibe como una anomalía. Para  Gianni Vattimo, la otredad se excluye, en esta construcción sólida y sin fisuras, es “la «parte maldita», aquello que las culturas de la clase dominante ha descartado” (Vattimo, 2000: 25). Poner en duda la legitimidad de ese saber totalizante y centralizado, supone volver la mirada a la periferia, más allá de lo instituido como razón y civilización.

Para homogeneizar e identificar a sus miembros, la cultura establece su unidad enarbolando definiciones que fundamenten sus fuerzas vinculantes e instituyendo los márgenes de lo deseable, en ese proceso la cultura puede convertirse fácilmente en “propiedad de un grupo” (Lagunas, 2006). Sin embargo frente a esta voluntad de homologar, encontramos que las sociedades no son cajas cerradas, es ilusoria la estabilidad y la completa unidad. Por ejemplo, a pesar de que es sabido que la movilidad demográfica es un fenómeno connatural a las sociedades contemporáneas, los inmigrantes siguen siendo elementos indeseados, una suerte de seres liminales, tal como “monstruos híbridos” que deambulan sin identidad, como un punto intermedio entre la ciudadanía legítima y su precaria condición de extranjero, todavía con el aroma de esas remotas zonas de atraso de donde provienen, y que representan en sí mismas lo otro, lo lejano (Lucas, 2005).

En Los anormales Foucault considera que en ciertos contextos, el extranjero, al no estar sujeto al cuerpo social, puede representar una suerte de fiera en estado de naturaleza, desenfrenado, licencioso, incestuoso, un ser contra natura (Foucault, 2001: 99). En sentido similar se ha juzgado la diversidad sexual, como emanada de la “perversión y la monstruosidad”, incluso con la complicidad de la voz autorizada de la práctica médica y legal (Castro, 2004).

Al juzgar el posible mestizaje al contacto con los pobladores del nuevo mundo, algunos puristas de la raza, advertían que los herederos de tal cruce racial, sobrevendría en adefesios y anomalías, es decir, “el Indio, el Blanco, el Negro y todos sus cruces posibles”, todas esas” razas y culturas tan dispares no pueden fundirse sin engendrar monstruos” (Real, 1949).  Según José A. González Alcantud, en un trabajo titulado Historia  a propósito de un romance, mantiene que “en las estructuras del imaginario barroco circulaba un mal, encarnado por minorías y mujeres”. Esas encarnaciones maléficas como el demonio, la hechicera y el monstruo, son figuras que permiten segregar a los individuos considerados  reprobables, es decir, antisociales, y como tales amenazantes para la unidad y la coherencia comunitaria (Vázquez, 2006).

La otredad debe quedar pues en la periferia o bajo férrea observación, control o sujeción, es una figura de disgregación que puede mantener en tensión a las representaciones de poder. Los elementos excéntricos, bizarros, asimétricos y desordenados son vistos como los conjurados contra la comunidad pacífica de lo homogéneo.  Así visto, esos monstruos no son más que las propias fisuras del ser comunitario, las debilidades de su formación; recuerdan el carácter provisional y convencional del organismo social, que contrastado sospecha su fragilidad.

Para Levi-Strauss observa que la arenga sobre la apertura cultural y el progreso del conocimiento, más que un ejercicio de convivencia y aceptación, sólo ha servido para justificar y aceptar el oscurantismos, que ve a la diversidad cultural como “monstruosidad” y “escándalo” (Levy-Strauss: 4). El orden estatutario de los social, quiere abarcar, atrapar y excluir lo imponderable. Para Levy-Strauss la ciencia puede ser un arma ideológica, tendiente a la “totalización” y la exclusión de la diferencia. Jacques Derrida habla de los “indecidibles”, que inciden y trastocan la “tradición logocéntrica”, y con esta crítica abona a la reflexión sobre “la diferencia” y a la posibilidad de rescatar la “monstruosidad, [y] lo prohibido” (Pérez, 2006). Foucault aduce en El orden del discurso que nuestra sociedad  mantiene ciertos sistemas de marginación, controla lo que se puede o no se puede decir, según sea prohibición o tabú (Foucault, 2002: 14).

El “Otro” representa el caos, el desorden, desajusta la estructura preconcebida, preocupa a quien requiere regularidades incuestionables. Lo diferente es incómodo porque nos remite a sospechar que el orden conocido es relativo, volátil, opcional. La idea es mantener la homogeneidad ante cualquier forma de impureza o contaminación, “esta civilización sólo tiene puestas las esperanzas en la pureza perfectamente conservada; la más pequeña marca exige el sacrificio del miembro infectado para salvar al resto de la comunidad” (Muchembled, 2002: 311). Quien se presenta desconocido e impredecible, “su monstruosidad no le permite  la convivencia con la sociedad” (Cortés, 1997: 14).  La moral requiere sistemas controladores, que fiscalicen y coaccionen lo irreconocible, lo indefinible, los híbridos excéntricos, en tanto son símbolos monstruosos que amenazan el orden, “lo monstruoso sería aquello que se enfrenta a las leyes de la normalidad” (1997: 18).

Desemejanza era una palabra utilizada en el castellano antiguo para designar “lo feo y lo monstruoso”, supone que lo diferente es inferior, lo que no se iguala es bárbaro (Santiesteban, 2002: 49). La figura del otro, como las minorías, el extranjero o el pobre, son el contrapeso que delinea lo normal y ratifica el molde de lo deseable. El mantenimiento de las disparidades resulta estratégico, pues “facilita una conducta de coacción y de engaño, […] un comportamiento que apunta justamente a la destrucción de la calidad de agentes morales de los más débiles y vulnerables”. (Camps, 1993: 41). La mala conciencia de este control de lo normativo, radica en que justificados en preceptos conservadores de elitismo, quieren resguardar privilegios y mantener la servidumbre.

La migración haitiana entraba en ese imaginario de la otredad exótica, con todos los aditamentos que van al caso. Son una población afro descendiente, provenientes de una isla famosa por su pobreza, el caos político y enraizada en rituales añejos y salvajes. Los migrantes haitianos llegados a Tijuana en el 2016, trajeron consigo la posibilidad de confrontar al haitiano real, que en un solo evento desarticuló los estereotipos posibles que pudieron haber obstaculizado el suceso de la convivencia.

En las redes se manifestaron voces dispersas que denunciaban el peligro de una cultura bestial e indómita, imposibilitada para adaptarse a la civilización y practicante fanática de rituales oscuros y antiguos, tales como el vudú. Los que estuvieron cerca, asistiendo a los migrantes, vieron a nómadas que buscando vida en el norte, quedaron varados en las calles por miles. Una ciudad cuya realidad cotidiana, incluye poblaciones fluctuantes que se establecen debido a planes frustrados de seguir su migración hacia el norte, reconoce muy bien esa misma trama implícita con la llegada de los haitianos. Muchos pobladores daban por hecho que una buena cantidad de haitianos no lograrían emigrar y que terminarían aposentándose en la ciudad.

Los residentes que desde el inicio convivieron con los haitianos, apenas tenían idea de la existencia de la isla y los estereotipos que la envolvían. Si bien su apariencia afro descendiente era un aspecto poderoso en su presencia, la costumbre de ver y convivir con turistas afroamericanos o nuestras visitas a EU, amortiguaron cualquier sorpresa. Sólo el idioma fue una barrera real, ya que si bien, muchos haitianos hablan francés, inglés y portugués, la mayoría se comunica en creole, idioma completamente ininteligible para los locales. A pesar de que la barrera del idioma se mantiene, el incipiente español de los migrantes, ha sido suficiente para que hayan logrado niveles de convivencia con los residentes y movilizarse en la ciudad con cierta soltura. Es fácil observar haitianos en todos los sectores de Tijuana y cierta naturalidad en la manera en que se adaptan a las circunstancias.

Lo que determinó el ánimo de los tijuanenses con los nuevos residentes, fue el estilo de su convivencia. Sus maneras cívicas y urbanas, rápidamente los identificó como individuos respetuosos, educados, cuidadosos de la ley, trabajadores y amigables. El encuentro con esa otredad pudo haber tenido un desenlace desagradable, pero la presencia real de los haitianos y su comportamiento adecuado, rápidamente desarticulo cualquier objeción a su presencia. Los haitianos tienen experiencia de años migrando por países de Sudamérica, seguramente han desarrollado estrategias para permanecer en ellos, conscientes de su calidad de extranjeros y su vulnerabilidad legal. Tal vez esta reputación de bien portados, sea un recurso de prudencia, que les ha valido buena recepción o por lo menos tolerancia.

Tras la primera impresión por su piel oscura y todas las connotaciones que conlleva, se reconoció a individuos con destrezas sociales, competentes para adaptarse y calificados para integrase en el mundo laboral. Es decir, eran una otredad no radical, de rareza sólo superficial, con una forma de vida que fácilmente se podía mimetizar con la nuestra. Es más fácil tolerar a aquellos semejantes, cuyos valores reconocemos fácilmente y cuyas aspiraciones compartimos. Habría que examinar si hábitos insólitos y costumbres incómodas para nuestra idiosincrasia, pegaría a nuestra capacidad de sobrellevar la convivencia con civilidad. La idea es que el discurso sobre la tolerancia, parece apenas demagogia si se trata de incluir comunidades con un estilo de vida reconocible, por lo tanto no polémica, sin someterla al desafío de otredades espinosas y aversivas.

Ciertamente una comunidad intolerante, racista o xenófoba, tendría mala actitud contra los migrantes, independientemente de sus posibles habilidades sociales. Los prejuicios discriminatorios no son selectivos, califican a las comunidades extranjeras por masas y dan por hecho que su intromisión es perniciosa. Los ciudadanos tijuanense en cambio, se tienen por una sociedad con vocación migrante. Según su propia autoimagen, suponen que están acostumbrados a la movilidad social y a la diversidad de origen. Incluso algunos consideran que Tijuana es una ciudad santuario y otros apuestan a su cosmopolitismo. Esto se debe sobre todo a que esta región tiene una historia común de migrantes, y que ha funcionado en muchos casos como una sala de espera, que sin embargo termina por convertirse en residencia, en un plan B que estaba fuera del itinerario. Para una historia de Tijuana es ineludible su intensa realidad migratoria, su condición de ciudad limbo.

La hipótesis es que Tijuana tienen una identidad dominante en su ser migrante, y pareciera que este carácter, pesa sobre cualquier otra identificación. En todo migrante, los tijuanenses ven un trayecto específico y una historia de vida que incluye algún tipo de tragedia personal, que los lanza a buscar futuro más allá de sus lugares de origen. La carencia, la precariedad, la inseguridad, el fracaso económico o los desastres causados por la naturaleza, acompañan a los recién llegados. Nadie dudó que en el caso de los haitianos, se repitiera el mismo esquema, con el aditamento de que eran extranjeros, que venían de un trayecto mucho más peligroso y largo que el que la mayoría de los migrantes mexicanos podría haber experimentado. De hecho para llegar a esta ciudad, los migrantes habían tenido que cruzar alrededor de diez países, en los que en general no fueron bien recibidos, sino no es que fueron víctimas de abusos y atropello. Su sufrido periplo causó efecto sobre la sensibilidad de los locales, que sorprendidos también por su número, se volcaron a organizarse como anfitriones, administrando acopios y preparando refugios.

En general fue posible detectar actitudes empáticas hacia los migrantes. Varios residentes apelaron a la humanidad de los haitianos, como primera seña de filiación. La condición humana sobresalió, por sobre cualquier otra diferencia física o cultural. Otro motivo de identificación, es la similitud general de todo trayecto migratorio a esta ciudad. También hubo señalamientos sobre la deshonra de repetir las mismas actitudes xenófobas y racistas de que los propios mexicanos son víctimas en EU. De hecho, todo ésta movilidad se dio en el marco de la subida de Trump a la presidencia, y su muy conocida política xenofóbica, que afecta tanto a haitianos como a nacionales. Era un tema de coherencia moral, que incluso los haitianos mencionaban, es decir, eran reprochables las actitudes xenófobas de gente local, cuando los mexicanos son víctimas frecuentes de discriminación, especialmente en una administración que practica el racismo como política.

La identidad migrante, empujó a segundo plano, cualquier marca cultural que connotara a los haitianos. Los temas sobre sus costumbres culinarias, su idioma o sus hábitos, apenas han dado de que hablar. El prejuicio que pesa sobre una isla, sumida en el caos político y la pobreza, no parece corroborarse en unos migrantes respetuosos de la legalidad y exigentes con sus derechos. Su capacidad de trabajo, su civilidad y su deseo de progresar, no parece equivaler a las condiciones en que viven en Haití. Dan la impresión de ser ciudadanos modelo o por lo menos, como grupo cuidan de integrase pacíficamente. Su movilización y su fuerza industriosa es muy apreciada por los residentes, que valoran por mucho, las tácticas emprendedoras y la contribución social.

La otredad haitiana tuvo en Tijuana una historia más o menos benigna. Fue un encuentro sin carga de prejuicios recíprocos. Los haitianos, antes que negros, exóticos o extranjeros, eran migrantes en apuros. Tijuana no es un enclave moldeado por un talante regionalista, por lo menos su discurso nativista no es recalcitrante. La constitución de la ciudad arropa el nomadismo, el desarraigo, la movilidad, la plasticidad identitaria. Esta apertura a la diferencia, posibilitó el diálogo. Los haitianos siempre han reiterado su gratitud por la amabilidad local. Su resiliencia y su integración desinhibida, se ha arreglado muy bien con los residentes, que no ven objeción en asimilarlos en sus vecindarios. El racismo y la xenofobia parecen apagados o por lo menos no se alientan, por un comunidad de transeúntes, que en sus entrecruzamientos se reinventan, sin tiempo ni lugar para   discrepar sobre identidades legítimas o derechos de casta.

 

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