Otra gramática[i]

 

Yo también me he inventado un país, pero con otras palabras. Es decir, otro país. Algo distinto, más funcional, menos frágil. Es decir, un territorio en menor conflicto, más equilibrado porque es verdad, la tierra que pisamos no es la misma para todos, a algunos les ha tocado un suelo inestable que tiende a hundirse hasta que quienes lo habitan terminan sepultados y nadie se da cuenta. Es decir, desaparecen. Otros han usurpado las mejores tierras y poseen árboles que luego cortan para poner estatuas con sus nombres. Es decir, el usufructo.

Hablo de algo más abierto, por ello más ancho, menos ajeno. Hablo de este país con otras palabras. Este país, pero con otra gramática porque los cuerpos no pueden ser un mensaje mutilado que alguien envía a otro para mostrarle su poder. Es decir, nos confundimos. Hablo de lo que decimos cuando bajo la tierra se descubren cuerpos que un día alguien sepultó para encubrir su crimen. Es decir, el horror.

 

Decir el horror. Decir el horror. Decir el horror. Decir el horror.

 

Digo esto porque aquí termina la metáfora, se agota un lenguaje que ya fue retorcido más allá de sus límites. Digo esto y estoy escarbándome la lengua para encontrar las palabras que articulen algo parecido a un puente, algo que me permita llegar a otro lado. Es decir, a otro país, aunque no hablo de una diáspora. Hablo de una lengua distinta. Es decir, la reflexión. Hablo de usar otras palabras. Hablo de algo real, otro país.

 

[i] Este texto aparece en el libro, La imaginación herida, México, Trajín, 2018.