Ahora que lo pienso la primera señal del fin llegó con la aparición de  una rata muerta en mi red de pescador. En los últimos años me había acostumbrado a míseros botines de moluscos podridos y a toda clase de basura e inmundicias ocupando el lugar donde alguna vez hubo peces y langostas en abundancia, pero jamás se me  habría ocurrido la posibilidad de encontrar un roedor muerto flotando en aquella ensenada. Cuando a la mañana siguiente aparecieron seis ratas en la red y ni un solo pez empecé a tratar de encontrar alguna explicación razonable. ¿Provenían de la bodega de algún barco carguero? ¿Serían los repugnantes vestigios de algún naufragio cercano?

Esa misma noche en la cantina,  Desiderio, un pescador tiburonero de aguas profundas, me habló de más de 20 ratas muertas y ni un solo escualo en su red. Era solo el principio. Tres semanas después los cadáveres de los roedores empezaron a aparecer en las playas. Los primeros días eran 20 o 30 los animales que encontrábamos sobre la arena, pero antes de un mes la marea empezó a arrojar cientos o acaso miles de cadáveres. Cierto, en los últimos años no eran infrecuentes los mamíferos marinos que agonizaban sobre el litoral, pero ni en nuestra peor pesadilla hubiéramos imaginado la playa entera tapizada por miles de ratas muertas. Lo extraño es que las pocas aves que para entonces quedaban en nuestra costa ni siquiera se acercaban a devorar la carroña. Tampoco se apreciaban mordidas de peces en los cuerpos de los roedores. Pronto la peste fue insoportable, aun cuando empleados del puerto se daban a la tarea de incinerar cada mañana a los animales muertos.

En un primer momento no relacionamos la aparición de las ratas con aquellos extraños barcos que alcanzábamos a divisar anclados frente a las Islas Coronado. Las islas están ubicadas a unos trece kilómetros de nuestro litoral, pero son territorio vedado a los pescadores pues han fungido siempre como base militar y advertidos estamos  que los soldados no quieren ver barcos pesqueros en los alrededores. Es Desiderio quien suele incursionar cerca de las Coronado en sus exploraciones en busca de tiburones mayores y fue él quien me hizo notar la presencia de esos barcos extraños que desde nuestra costa se divisaban apenas como manchones rojos irrumpiendo entre la niebla. Los barcos de guerra llegan periódicamente a las islas para abastecer a los soldados, pero aquellas naves color escarlata parecían procedentes del extranjero. La contaminación y los no poco frecuentes derrames de combustible habían dado al traste con la vida marina en nuestras costas.

Lo lógico hubiera sido que las autoridades ordenaran alguna  investigación para explicar el fenómeno, pero en ese momento su atención estaba concentrada en la huelga del puerto, que de ser un simple paro de labores empezaba a transformarse en una insurrección con frecuentes escaramuzas que irremediablemente arrojaban  saldos fatales. Tampoco fueron infrecuentes los asesinatos a traición por parte de ambos bandos.

Sabedor de que en el mar solo encontraría ratas muertas y ningún pez, dejé de salir en mi barca cada mañana y me dediqué a deshojar los días en la cantina a donde llegaba a beber desde el mediodía. La carestía y la incertidumbre nos tornaban violentos y dado que nuestras fuentes de ingreso estaban agotadas, los pescadores bebíamos el más pendenciero aguardiente de la barra que era lo único que nuestra magra bolsa podía pagar, lo que derivaba en sangrientas reyertas de puño y cuchillo al caer la noche.

Desiderio era de los pocos que aún salía en su barca a buscar algo que pescar en un mar donde solo flotaban roedores en descomposición. Fue él quien me habló de aquel bote salvavidas salido de uno de los barcos rojos. Pudo  navegar a unos metros de él, lo suficientemente cerca para distinguir a diez sombras cadavéricas, derrumbes humanos  que se dirigían al embarcadero de la isla en donde ya ni siquiera se veían reclutas en uniforme militar. Desiderio alcanzó a distinguir una mancha negra en los rostros de los tripulantes del bote salvavidas. Era como una mariposa de piel negra o necrosada sobre la superficie de la cara. La pestilencia era insoportable. De reojo alcanzó a ver a dos seres cubiertos con herméticos trajes color naranja y máscaras antigases aguardando al bote en el muelle.

La historia de Desiderio dio lugar a los más alucinados rumores. Las Islas Coronado se habían convertido en un moridero, una suerte de leprosario a donde eran confinadas las víctimas de una peste que estaba haciendo estragos allende nuestras fronteras. Por las noches podíamos distinguir luces púrpuras y rojas emitidas desde el faro de las islas. Las ratas muertas siguieron amaneciendo en nuestras playas.

El gobernador del puerto ordenó un cerco sanitario y prohibió salir a navegar. Lo coherente hubiera sido emigrar, pero la huelga del puerto había degenerado ya en una revolución violenta. Fuerzas rebeldes tenían sitiada la ciudad por el noreste y era imposible acercarse a las afueras sin correr el riesgo de ser abatido por un francotirador. Al suroeste solamente nos quedaba el mar infecto en donde flotaban ratas muertas,  y las sombras siniestras de las Islas Coronado que cada atardecer parecían estar más cerca de nuestra costa.

Confinados en el puerto, atrapados entre la peste y los guerrilleros, las provisiones se nos fueron agotando. Pronto no quedó más remedio que alimentarnos de rancio pinole y algunas conservas rescatadas de las bodegas portuarias. A lo lejos se escuchaban  las ráfagas de ametralladora desde los límites de la ciudad, mientras el faro de las islas seguía emitiendo luces púrpuras y rojas que eran nuestra única iluminación al caer el Sol, pues las fuerzas rebeldes nos habían dejado sin energía eléctrica.

Una mañana apareció un cadáver humano junto a las ratas. Imposible determinar a simple vista si era hombre o mujer. Tan solo era distinguible su boca abierta y petrificada en una expresión de pavor. Sobre su rostro yacía una mancha negra en forma de mariposa.

Los cadáveres han seguido apareciendo en la playa. Todos tienen sobre su cara la marca del antifaz negro. La pestilencia que emanan es peor que la de cualquier carroña que hayamos olido antes. Por su ausencia brillan buitres o cuervos sobrevolando los cuerpos que por orden del gobernador son rociados de gasolina e incinerados sobre la misma arena, aunque casi nadie quiere llevar a cabo esa tarea. La neblina se ha vuelto tan densa, que apenas es posible distinguir la silueta de las islas en el horizonte.

Temerario como es, Desiderio sigue aventurándose a navegar por aguas en donde ahora flotan casi tantos cuerpos humanos como ratas. Aunque la neblina es pertinaz y no permite divisar la lejanía, Desiderio asegura que los barcos rojos se han marchado de las islas y ya ni siquiera pueden apreciarse las luces del faro.

Ocurrió en una noche sin luna y de neblina particularmente baja cuando bebíamos en la cantina los restos de un último aguardiente rescatado por el cantinero en alguna improbable bodega. A la luz de una veladora alcancé a distinguir la negra silueta de la mariposa dibujándose sobre el rostro de Desiderio que en silencio bebía a pico de botella. Con los primeros rayos del amanecer la máscara de piel necrosada se pudo apreciar nítida. Desiderio se abrazaba a su botella vacía. No volvió a pronunciar palabra. El hedor a piel muerta inundaba el lugar. Expiró al caer la tarde tras arrojar un espumarajo de sangre oscura.

Aquella noche las ráfagas de metralla redoblaron su intensidad. Gavillas de rebeldes habían penetrado al puerto. En la cantina corrían versiones de que el gobernador habría sido aprehendido y fusilado. A nosotros ya no nos quedaba ni un escupitajo de aguardiente para brindar por el muerto y los últimos vestigios de harinas enmohecidas se habían consumido en los almacenes. Vista la situación, la irrupción de la tropa rebelde era lo mejor que podía ocurrirnos. Después empecé a percibir el olor a piel muerta y apenas fue necesario el destello de la vela para distinguir la oscura mariposa sobre la cara del cantinero.

Ha sido sin duda la desnutrición lo que ha acelerado las muertes. En la última semana han perecido más de medio centenar de pescadores y a estas alturas ya no me queda claro si soy el último hombre que sobrevive en este puerto. Los cuerpos han quedado postrados en el mismo sitio en donde han perecido y a los sobrevivientes no nos  restan fuerzas ni ánimos para incinerarlos. Pese a todo, no dejo de admirar la perfecta simetría con que la negra mariposa de piel muerta se dibuja en sus rostros,  petrificados invariablemente en una mueca de espanto, como si la llegada de la muerte no trajeara consigo el descanso sino el infierno.  En las últimas noches han sido cada vez más esporádicas las ráfagas de metralleta y ya ni siquiera han aparecido más ratas y cuerpos humanos sobre la playa.

Ayer he caminado por el puerto y por la playa al atardecer sin encontrar un solo ser vivo a mi paso. Tan solo encontré las mismas carroñas de la semana anterior pudriéndose sobre la arena. Ni un solo pájaro revolotea en los alrededores y hasta el oleaje del mar parece haber entrado en un letargo límbico. Ya ni siquiera escucho disparos ni se distinguen luces o barcos en los alrededores de las islas, aunque la densidad de la neblina me sigue dando lugar a dudas. Lo más opresivo es el silencio.

Yazco ahora sobre mi camastro, bebiendo el último vestigio de un agua verdosa y estancada que he encontrado dentro de una  botella. Intento reunir fuerzas y ánimo para emprender una caminata hacia el noroeste y tratar de llegar andando hasta la ciudad más cercana, pero dudo que esta ruina en que se ha convertido mi cuerpo pueda llegar demasiado lejos por su propio pie. Solo hasta ahora reparo en que no hay a mi alrededor un solo espejo, lo que me impide ver la proximidad del fin reflejada en mi cara. Ignoro si empezaré a sentir una fiebre a la alza o si será el hedor a carne muerta lo que anunciará la irrupción de la negra mariposa sobre mi rostro a la que ni siquiera me será dado poder contemplar.

 

(Anochecer del 18 de mayo 2015)