Confusión elemental

 

Como muchas esposas elevé al marido a la altura de un Dios y allí lo mantuve.

Anne Carson

 

El problema es que los griegos lo advirtieron casi todo, demasiada simetría en cada pensamiento, creo yo. Sin embargo, los libros difícilmente se mantienen en el sitio que uno les asigna; tarde o temprano caen haciendo un estruendo espantoso. Entonces habrá que levantarlos y establecer un nuevo lugar para ellos.

Con una actitud racional habrá que elevarlos muy despacio, luego mirar a la esposa de soslayo. Tocar su hombro y decirle: la argumentación, la discusión y el diálogo son las condiciones necesarias para el despliegue intelectual. ¡No grites, mujer!

Ella pensará en las palabras.

Él pronunciará una disertación sobre el orden del discurso

y quedará absorto de escucharse decir bla, bla, bla, tin, tan, tin.

Mientras el agua para el café hierve y el calor se expande.

Mientras ella coloca los recipientes y desea con toda el alma que uno se quiebre.

Por su parte, en el librero los volúmenes sobre literatura romana brillan

porque así es la belleza.

El marido sonríe cuando los mira,

encuentra la ocasión para hablarle a la esposa sobre la Eneida,

otra vez será dichoso escuchándose decir bla, bla, bla, tin, tan, tin.

Ella querrá agregar algo sobre literatura romana, pero él amorosamente dirá:

– cariño, espera tu turno.

 

Entonces una taza caerá al suelo

y mil pedazos de porcelana

se romperán en otros mil pedazos de porcelana

que nunca, nunca podrán juntarse para ser una taza otra vez.

Ella piensa que está bien que las cosas se quiebren

hasta su desaparición.

¿Los griegos tendrán un nombre para eso?

El marido cree tenerlo, por supuesto,

pero en realidad no alcanza a ver

las grietas que hay en lo despedazado,

lo dividido.

 

¿y qué pasa si desconfío de tus historias?

¿qué si dejo de creerte?

¿eso será igual a romper una taza?

Los griegos usaron la palabra hendidura para referirse al caos.

 

  

Es que yo no sé

 

A mi madre

 

¿En qué casos crees en Dios? Me dijo

pues fácil, cuando peor te va en la vida,

de no ser así es una monserga porque tienes la voz de tu madre diciendo

que si está mal esto, aquello, que si el pecado, la culpa y no sé qué tanto.

Por eso Dios está bien para los peores momentos,

cuando algo muy grande te cae encima, te aplasta y parece que no hay manera

de zafarte, aunque para esos casos ya hay un poema:

Hay golpes en la vida tan fuertes, ¡yo no sé!

Mejor quedarse con Vallejo porque lo demás es igual a esas caras de sufrimiento

que tienen todos los santos, y no me digan que la asunción, el rapto divino o el frenesí.

El dolor no es ese ramalazo que te deja hincado con los ojos en blanco o sí,

puede ser que sí, pero también es otra cosa, ya cada quien dirá.

Como ese día que corriste tras el bus y a pesar de que el conductor te miró no se detuvo,

se hacía muy tarde y murmuraste, ¡ay Dios mío! Luego llegó el eco de tu voz y un taxi que tampoco paró.