¿Hay algo más radical que pensar en la relatividad del yo? Henos aquí reunidos en una conversación intrínseca y aleatoria ante una escena paradigmática y ya resquebrajada. ¿Hay algo más molturado que pensar en la relatividad de la palabra? ¿Hay un significado totalitario? La hermenéutica, palabra proveniente del griego, como primer significado encontramos: arte de explicar, traducir o interpretar,[1], éste primer significado nos puede dar un pequeño viaje espacial sobre el significado de interpretar, por ejemplo, en una obra de teatro yo podré sentir o percibir escenas de una forma desemejante a mis prójimos, esto debido al bagaje de experiencias y horizontes de expectativas posibles. Así, la hermenéutica se ha utilizado para comprender el lenguaje y sus variaciones al momento de traducir.

Un hilo puede conducir, juntar y esclarecer algo más vasto, tumultuoso y desmesurado; la intención de comprender a la hermenéutica desde su propia función obliga a preguntarse cuándo inicia y cuándo termina. Ésta, la hermenéutica, se puede analizar de diferentes perspectivas, sin embargo es necesario tomar en cuenta que su destrucción como palabra se retoma de la filosofía, y por tanto conlleva a un sinfín de bretes. En el caso de la Historia y la Literatura, se encuentra un hilo en común: la palabra; el lenguaje, la memoria que recae sobre la misma. Lo que se pretende presentar en las precedentes palabras es la siguiente cuestión, sin llegar precisamente a afirmarla o negarla, la historia retoma la esencia de la literatura como la literatura de la historia, (“un diálogo sin fin entre el presente y el pasado”[2]), ambos con el fin de auscultar la condición humana.

Una pregunta hace temblar a todo literato y otra a todo historiador, ¿qué es la literatura?, ¿qué es la historia?, ¿para qué hacer literatura o historia? Desde el siglo XIX, Schleiermacher musitaba sobre la comprensión y explicación del texto, o en su debido uso, de la palabra, pues una se contesta a la otra, como un proceso de contestación permanente, es decir la idea de la creación de un círculo de la comunicación, en el cual se pone en práctica la interpretación del texto con las palabras, frases, contexto, obra, ambiente histórico, etc. (Arráez 2006, 175). Por otro lado, Wilhelm Dilthey mantenía una preocupación por el texto y cómo suele interpretarse, cada uno de nuestros conceptos utilizados, sobre todo en el imaginario escrito, conlleva a una serie de significados los cuales pudieran ser distintos unos de otros a pesar de brotar sobre el mismo significante, “Nuestro obrar presupone siempre la comprensión de otras personas; una gran parte de la dicha humana brota de volver a sentir estados anímicos ajenos; (…)” (2000, 21). La comprensión solo se deja ver mediante los signos dados, requiriendo una decodificación, volviendo al mismo punto, la interpretación y traducción,  donde converge la sensibilidad del hombre (¿y la mujer) y todo lo que significa un momento; “A este proceso por el cual conocemos un interior a partir de signos dados sensiblemente desde fuera lo llamamos: comprender.” (p. 25). Por otra parte, Marc Bloch comprendía la función del historiador como el narrador, el cual se debía y podía cuestionar, que aunque no se le puede mencionar como hermenéutico expresaba sus preocupaciones hacia qué dice el texto y cómo lo dice, como algo más, esta necesidad de representar la condición humana, (hoy sabemos que precisamente es la emoción el determinante de la razón):

Sin embargo, la historia tiene indudablemente sus propios goces estéticos, que no se parecen a los de ninguna otra disciplina. Y es que el espectáculo de las actividades humanas, que constituye su objeto particular, más que ningún otro está hecho para seducir la imaginación de los hombres. (Bloch 1993, 45)

 

En este sentido, Bloch, mantuvo una postura en la cual la historia no debe ser unidireccional, y por otro lado tener la capacidad de auto reflexionar, comprobar mediante críticas y comprender que se puede engañar mediante el lenguaje.  Un eslabón dentro de la revisión de la hermenéutica, y para comprender de dónde se retoma esta idea, es sin duda el filósofo alemán Hans-Georg Gadamer, quien apuntala esta idea de vivir en el diálogo, el texto como una reflexión y una aproximación al mundo, al contexto. Debido a esta universalidad de significados la literatura lo hizo suyo, y de igual manera la historia.

El problema hermenéutico, desde el punto de vista del historiador, es la relación del texto con el lector, es el cómo poder interpretar la obra correctamente; o en su debido caso al archivo. El historiador tiene en su redacción un cometido, transmitir en la medida de lo posible, la verdad histórica. La hermenéutica, para Koselleck es la existencia misma, la explicación de los procesos de cognición, en este sentido… sí, la palabra es un arte y aún más cuando hay que hacer uso de todas las palabras y diferenciarlas de tal modo en el que un texto histórico pueda hablar por sí solo dentro de la línea de la verdad: “Así pues, la hermenéutica, antes de todas las diferenciaciones científicas y aplicaciones metódicas, es primordialmente la doctrina de la inserción existencial en lo que se puede denominar historia (Geschichte), posibilitada y transmitida lingüísticamente.” (1987, 83). Koselleck, dentro de su obra Historia y Hermenéutica, realiza un análisis de Gadamer, el lenguaje no se agota como tampoco el proceso lingüístico, pues lo relevante es el objeto que se determina expresar: “Al contrario, en todo procesamiento lingüístico (Versprachlichung) importa el objeto que es expresado lingüísticamente. Por tanto, también el objeto de la Histórica permanece en el ámbito de la hermenéutica universal.” (89). Sin embargo pueden haber diferentes formas de expresión según Koselleck, en esto se pueden involucrar las ciencias interpretativas de textos, no obstante la ciencia histórica supera los rangos de interpretación:

El atenerse al texto literal de la ley preforma la historia del caso de una manera que influye en la decisión y facilita la aplicación. El texto de la ley tiene, por consiguiente, una función regulativa en la interpretación de la historia que le es atribuida. (90)

Los textos son testimonios, con los cuales hay que sentarse y charlar, preguntarle sobre su presente en el pasado, averiguando la realidad en el texto. Entonces el historiador recurrirá a los medios lingüísticos y se adentrará a la palabra utilizando todo su potencial para reinterpretar y concluir con la tan aclamada veracidad; ¿debe ser así?. La preocupación por el progreso de la historia es el propio uso de la palabra, pues son los significados finalmente los que definen el curso del entendimiento y por ende de la interpretación de la historia, en este sentido algo cruel puede ser una victoria, algo confuso una idealidad, un personaje de televisión en una obra de la modernidad. Esto conlleva al uso de la palabra de forma diacrónica. Y esto crea una profunda articulación, un engranaje para redescubrir nuevos caminos con distintas visiones. La complejidad en la cual se encuentra la hermenéutica se adentra dentro de la historia efectual, es decir, los efectos del encuentro y desencuentro entre las interrelaciones de la vida misma, más allá de lo interpretativo, el cual nunca podrá de dejar ser estudiado, con una constante: el cambio; aquí iniciamos con la relatividad posmodernista. Y en donde los horizontes de expectativas dependerán del intérprete, lo interpretado y el contexto.

La receptividad del lector hacia el texto hace frente a las propias ideas, prejuicios y opiniones, cargando su conocimiento previo. En este sentido no supone una mera neutralidad sino de encontrar coyunturas dentro del propio texto, abrochando las ideas para continuar y al final contener una verdad, esa verdad que solo obtiene el lector, cuando confronta la objetividad y subjetividad, y las analiza de tal forma llegando a una conclusión propia. En este nivel se encuentra la deconstrucción de la Begriffsgeschichte o historia conceptual, pues “presupone que los conceptos no son magnitudes eternas atemporales, sino momentos de contextos categoriales que cambian” (Villacañas & Oncina, 13). Ankersmit (1998) por su parte hace un análisis de Gadamer y Dilthey, desde una perspectiva de connotación y significación, es decir se van a la palabra misma, al significado que conlleva en una primera impresión y a lo que proseguirá después de procesar dichas significaciones con los contextos, sobre todo si solamente se entiende un aproximado, por ejemplo la traducción del alemán al español, lo que supone una problemática lingüística en primera instancia. Finalmente, la hermenéutica histórica refiere a mirar el texto del pasado con los ojos del presente. Lo cual implica realizar una retrospectiva de los hechos, siempre mirando con una mentalidad en el pasado que ayudan a explicar el presente.

Cuando se habla de hermenéutica literaria es imprescindible mencionar a Paul Ricoeur, así como a Hans-Georg Gadamer y por tanto Heidegger. Ricoeur, en su obra La metáfora viva, hace un recorrido por el tiempo y la narración, donde en realidad se comprende que la obra literaria puede ofrecer una verdad por medio de la ficción, lo cual se puede deber a distintas situaciones contextuales; es ahí donde se puede rozar a la historia como una visión del momento en el cual se escribe una obra literaria. (José Malero,  72). La obra trata de decir más que lo literal, Ricoeur expone que se mantiene una distancia entre el lector y el texto, donde la obra cobra independencia de su autor. Sin embargo también se acuña al tiempo histórico y a la propia biografía del autor para comprender más allá de una representación poética, o bien una lectura emanada del placer para el placer.  Ricoeur, con base en Gadamer, vislumbra a la obra con la posibilidad de acercarse a lo inasequible, en este sentido la obra dependerá del género y el estilo: “Interpretar una obra es descubrir el mundo al que ella se refiere en virtud de su disposición, de su género y de su estilo.” (Ricoeur 1984). Dentro de este paradigma del descubrimiento de la obra mediante el mundo de la obra y el mundo del lector, se haya la misma problemática que en la historia, ¿en qué nivel aclara el lector sus dudas sobre la expresión de un verso?, ¿hasta dónde el autor quiso decir lo que dijo y cuándo se deja representarse de manera literal?  Hans-Robert Jauss consideraba a la literatura como un fenómeno hecho para el lector, y no como un texto literal del cual solo se espera y no hay más, con este cambio de visitaciones entre los mundos que se entrecruzan se pudo obtener aún más de las obras literarias. Además los grupos sobre la línea de teóricos de la literatura se generaron en Alemania, precisamente en la Universidad de Constanza, donde destacan Jauss, Iser, Karlheinz Stierle, Rainer Warning, Hans Ulrich Gumbrecht y W.D. Stempel. Y por otro lado los angloamericanos como Stanley E. Fish, David Bleich y Jonathan Culler. De ahí nace el horizonte de expectativas, el cual se da entre el lector y la obra, y también se puede analizar a partir de expectativas históricas, el horizonte representa, las lecturas previas del lector en el presente; el cual puede menguar, evolucionar y transformarse al paso del tiempo, y por supuesto, de lecturas; de todo tipo de lecturas. Este horizonte de expectativas se genera tanto en una novela como en un hecho histórico, pues de buenas a primeras no reconocemos qué proseguirá en la lectura. La hermenéutica literaria es entonces la comprensión y la reconstrucción del horizonte de expectativas a través de lo que el lector haya aprendido o no de su propio pasado, la recepción del texto se convierte entonces en una interpretación íntima del universo del lector contra el autor y lo que la obra en sí trata de explicar, pues la obra también habla por sí misma. En este sentido, puede ser sincrónico, diacrónico, o lo que facilite su entendimiento.

El hilo de la hermenéutica, entonces, es ese conducto que nos lleva a comprender la necesidad de unos cuántos por dar a conocer la capacidad y evolución de la palabra, la cual se destruye, reconstruye, deconstruye, se une, se deshila y se mantiene en una única expresión integral.  Comprendiendo lo expuesto anteriormente, se puede distinguir que la hermenéutica cumple la función contraria, la literatura busca lo verosímil de la propia irrealidad, es decir hacer creíble lo increíble, de la manera en que Gabriel García Márquez nos inmuta ante el hielo en Cien años de soledad, de la misma manera en que no terminamos de comprender a Juan Rulfo con Pedro Páramo, o bien del placer estético que el mismo Octavio Paz nos narra en el Laberinto de la Soledad.

La historia por su parte, necesita la confianza de una veracidad, de acercarse más a ella y tener fe de los hechos redactados en una hoja de papel, es entonces la hermenéutica la que ayuda a dilucidar las posibles falsedades, y entonces su papel es el de la crítica, de ésa en donde solamente se amarra a través de la experiencia, de los horizontes. En ambos (historia y literatura) tratan de obtener una verdad real, es decir, una concepción del contexto y las ideas; a fin de cuentas reales para la sociedad. La historia busca artilugios que le ayuden a expresar las emociones y transmitir por tanto la verdad histórica en toda su universalidad. La literatura busca expresar la realidad entre cortinas, lo cual puede deberse a la situación histórica del momento. La hermenéutica trata finalmente de hacer entrever el mundo de posibilidades en la interpretación, donde el lector juega un papel muy importante, a partir de su propia comprensión, sus lecturas previas, es decir su expectativa de horizontes. Koselleck lo mencionaba también en este sentido del sentido humano, contrario y erróneo, donde hay que enfrentar las paredes de la verdad, la de la capacidad intelectual para sobrellevar la comprensión de un texto: “La existencia (Existenz) humana es un Dasein histórico, porque está siempre orientado hacia la comprensión de un mundo que es a la vez aprehendido y constituido lingüísticamente en el mismo acto.” (1993, 86).

La palabra hace despertar al ser humano en una totalidad compleja, de allí el poder y de la necesidad de la hermenéutica, no todo lo que se dice es lo que se dice, y si lo dice y es así, por qué lo dijo; y siempre con su destello de belleza, “Pues aquí reside el inmenso significado de la literatura para nuestra comprensión de la vida espiritual y de la historia: sólo el lenguaje encuentra lo interior humano una expresión que sea completa, exhaustiva y objetivamente comprensible.” (Dilthey). La estética en la historia y en la literatura  es necesaria para el ser social, sin ella nos condenamos a la agresividad de un tiempo sin avances y precipitadamente a enajenarnos del corazón y matar completamente a la razón. A final de cuentas el texto al ser creado por el ser humano representa en sí aporías en la investigación, pues la interpretación (utilizando la teoría de la recepción) hace de una línea textual un mundo de posibilidades. Sin embargo otro de los elementos a tomar en cuenta dentro de un acto hermenéutico, son los cruces de la memoria, el olvido, el trauma, su relación con el tiempo y con ello la ausencia y la pérdida[3]. Retomando la idea de March Bloch y la realidad de la debilidad del ser humano, con respecto a su naturaleza del engaño del lenguaje, ¿son todos estos cruces, una motivación para encontrar la verdad dentro del propio archivo histórico, la novela, el cuento, la poesía?

La complejidad del análisis del discurso implica un uso total de la lingüística y la pragmática, sin embargo éstas no determinan del todo al texto, para ello hay que ser conscientes de que la memoria es una ventana con un poco de vapor dentro de una sauna. Ante ello, también es de considerar el olvido no planificado, el trauma como una acto natural detrás de un suceso impredecible, la ausencia sin culpa (pues es ésta inconsciente de sí misma), la pérdida voluntaria e involuntaria no de hechos, sino de cómo se recuerdan esos hechos y cómo se van determinando a partir de la memoria y el intento de la búsqueda intensa por la verdad. Safranski cuestiona esto en su texto ¿Cuánta verdad necesita el hombre? (2013), y es que para el ser humano es mejor dejar un hecho escrito para tratar de definirse así mismo, y en donde este hecho sea consensuado por un grupo de expertos en la materia, dejando así su constitución histórica más tranquila y dándole una visión de un mundo, quizá imaginario, sí, pero también es una imaginario real, donde ni así mismo se explica la memoria de su día. ¿Necesita verdad el ser humano?

Entonces, henos aquí ensayando el ensayo y criticando lo ya criticado; para esta última parte se retomará un poco de la punta radical del posmodernismo para cuestionar incansablemente: ¿la historia… para qué? En este sentido, se pueden destacar dos puntos el uso del tiempo y la palabra, ¿cuáles son los límites del lenguaje en la historia?, ¿cómo trascender en la historia, si esta (posiblemente) es finita?, entonces ¿la historia acaba cuando ya no significa nada para nosotros?, nuestra finitud como seres objeto y metafísicos, implican una carga emocional en el hacer del historiador, se podría pensar que la historia es lo leído, recordando a la crítica literaria y la muerte del autor. Sin embargo el estudio del pasado es la carga representada en el hoy, o más precisamente en este instante; apuntando también a la existencia de mi a través del reconocimiento del otro y el acuerdo de que existo a través de estos signos para llegar a una conclusión determinada, y finalmente no ser lo que se escribe sino una representación del punto de común acuerdo.

La manera narrativa cambia la historia, es decir, el ritmo, del cual habla Ermarth citado por Jenkins (2006), es la oscilación metafísica mencionado por Julio Cortázar no solo en Rayuela y su taza de café vibrante, sino a lo largo de su narrativa como escritor literario (consensuado por una sociedad y premiado de dicha manera a través de su propio tiempo, galardonado finalmente por la huella marcada, o en su debido caso: la memoria; y hasta donde alcance). Ermarth, habla del tiempo y el sujeto como un trastorno, o bien de lo relativo que pueden ser estos dos términos al hablar de “historia”, lo cual les convierte en objetos fenomenológicos a la disposición social, si tomamos como referencia el “oscilo luego soy” al que alude Jenkins, estaríamos pisando en la relatividad absoluta de las cosas, sin embargo creo que va más allá de una explicación del “¿para qué la historia?” y entonces comprendo el título del libro “ Más allá de las historias y la ética”. En este sentido, sí puede que el lenguaje sea nuestro límite, pero también son los hilos, el discurso marca la distinción entre objetivo y subjetivo, lo cual también es consensuado y delimitado por un grupo de personas, o sea por los historiadores, ¿entonces se escribe historia para los historiadores?, tal vez así como se escribe filosofía para los filósofos o literatura para los literatos, es en este sentido una gran minoría intelectual (o por lo menos tratando de serlo a partir del reconocimiento del otro). Además, los objetos no son reales hasta que se les da un sentido subjetivo y a partir de locaciones enunciativas específicas (2006, p.278).  

La historia no tendría sentido debido al ritmo, el cambio constante de la palabra y las reinterpretaciones, peor aún, quizá la historia globalizadora y lineal tampoco lo tenga, así como tampoco lo tendría las historias más especializadas, ¿de qué me serviría entonces explicar “la matanza de los gatos”?, la personalización de la historia va en este conducto, pues hay una crítica a la historia de los narradores omniscientes (como dios), con ese efecto bíblico de que un máximo lo escribió y es así… sin más. Por ello retorna a la línea del tiempo, la cual obliga a observar el pasado sin entender el presente. El comprender la historia y escribirla como se entiende en el presente a partir del contexto es crucial, entonces así se podría hablar de la historia que se daba en el siglo XXI, pues finalmente hay una necesidad por el revisionismo historiográfico.

Finalmente, y a petición de unas cuartillas ya estropeadas, quedan algunos puntos: ¿la historia es historia hasta que se acaba mi conciencia?, esto lleva a la reflexión de la muerte de la historia, y es que ésta es finita como todo. Además como mujer adscrita al pos- posmodernismo, ¿se puede ser neutral?, ¿representa una ventana en una casa sellada?, finalmente y aparentemente, la historia como la literatura no escapan del proceso hermenéutico casi empírico, entonces ¿hasta dónde nos funciona el repensar la oscilación del yo?

 

Bibliografía y referencias

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  3. Arráez, Morella; Calles, Josefina; Moreno de Tovar, Liuval La Hermenéutica:una actividad interpretativa Sapiens. Revista Universitaria de Investigación, vol. 7, núm. 2, diciembre, 2006, pp. 171-181 Universidad Pedagógica Experimental Libertador Caracas, Venezuela Sapiens.
  4. Bermejo Barrera, José Carlos. Introducción a la historia teórica, Madrid: Akal. 2009. 667 págs.
  5. Betancourt Martínez, Fernando “Historia, ciencia y narración: el orden del decir” en Historia y Grafía. UIA, núm. 24, 2005. 129-151 págs.
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  11.  Gadamer, H., Poema y diálogo. Gedisa. Barcelona España, 1993.
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  14.  Hans-Georg Gadamer, Verdad y método. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1977.
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  16.   Jauss, La historia literaria como desafío a la ciencia literaria
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  18.  Koselleck, Reinhart, Futuro pasado, para una semántica de los tiempos históricos, Barcelona, Paidós, 1993.
  19.  Meza, Javier, De historiadores y métodos ITAM
  20.  Piña, Lorena El placer estético, la hermenéutica y el texto literario Revista de Humanidades: Tecnológico de Monterrey, núm. 19, otoño, 2005, pp. 63-76 Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey Monterrey, México.
  21.  Ricoeur, Paul, La metáfora viva. , Buenos Aires Editorial Megápolis, 1984.
  1. Rüdiger Safranski, ¿Cuánta verdad necesita el hombre? Contra las grandes verdades, Tusquets, 2013.
  1.  Ulrich Gumbrecht, Hans. Producción de presencia. México: UIA, 2005. 160 págs.
  2.  Keith Jenkins, “Más allá de la historia y la ética” ¿Por qué la historia? Ética y posmodernidad, trad: Stella Mastrangelo, México: FCE, 2006.

 

[1] RAE, Recuperado de: http://dle.rae.es/?id=KDXnico CAMBIAR FORMA DE CITA-

[2] Retomado del texto de David Cannadine en ¿Qué es la historia ahora?, (p.19). Almed: Granada.

[3] Para ello es importante el análisis de Dominick LaCapra en Escribir la historia, escribir el trauma (2005), además de consultar a Paul Ricoeur en La memoria, la historia, el olvido.