Las pequeñas cosas

Cada cabeza es un cráneo quebrado en potencia.

Déjenme comenzar otra vez.

Cada cabeza es un mundo de complicaciones. No me refiero a ese barco a la deriva que llamamos pensamiento, ese flujo perpetuo e indómito de imágenes, ideas, hilos de palabras, frases que nuestra biografía privada ha vuelto célebres, voces internas, ríos danzantes de la memoria que suplanta, empalma o recrea con la nitidez de un color blanco profundo, como cuando recuerdas su rostro, el rostro de ese otro, el incidente de la infancia, la vida y la muerte en un parpadeo, ese amigo que se desvanece de la foto en tu cabeza todos los días, una que otra memoria impresa en esa pantalla íntima frente a la que nos sentamos, como espectadores fascinados, absortos ante la banalidad y la neurosis de la existencia.

No me refiero a esas complicaciones. Me refiero a cuestiones menos… grandilocuentes.

Asuntos corporales. Excreciones.

Como parte de ese cuerpo que cargamos y con el que nos trasladamos de aquí pallá, la cabeza es un recipiente, un jarrón con dos asas, una bola blanda pero rugosa al mismo tiempo, un contenedor esférico lleno de cavidades (boca, ojos, oídos, fosas nasales, poros, orificios diminutos en la superficie que resguardan los folículos), cuyos laberintos están llenos de fluidos, saliva, aromas atrapados en las fosas nasales, texturas del ambiente atrapadas en la piel, mucosidad, legañas, granos, zonas inflamadas, un universo microscópico de presencias tóxicas que vienen de fuera y luego se adhieren e incrustan o brotan o simplemente se insertan como consecuencia de la comida, como esta sospechosa tirita de carne deshebrada que quedó atrapada en el fondo de mi dentadura. Fueron los tacos dorados de anoche, o fue un pedazo de pechuga de pollo mal masticado, no sé, pero está ahí y es insoportable. La neurosis que le otorga densidad a la existencia cotidiana puede resumirse en la presencia de una tirita de carne o residuo de comida atrapada en los dientes. No hay escapatoria. Cuerpo y mente deben hacer todo lo posible por eliminarla.

Por lo tanto, la vida se detiene cuando tienes un trozo de comida atorada en tus dientes. Nunca se sabe dónde se aloja, lo sientes pero el dedo índice palpa la región afectada y sólo encuentra las ranuras apretadas de los otros dientes, y de la inexplicable sensación de accidente perpetuo en el que se ha convertido tu vida. ¿Cómo llegué aquí? ¿Cómo llegué a esto, a esta furia y en este preciso momento de la eterna línea humana del tiempo? ¿Por qué decidió este organismo constituirse para existir en medio de tantas atrocidades y fascinaciones, no obstante sumido en tanta tristeza? ¿Y cómo le he hecho para sobrevivir tanto tiempo? Tengo cuarenta y siete años y la vida, aunque entretenida, no ha sido más que un constante estado de alerta que in crescendo y sin un final redentor. Necesito otro trabajo, necesito salir de mi departamento hasta resolver para mis adentros por qué me asusta el ropero que la dueña se niega a sacar, necesito arreglar el botón de aquella camisa, limpiar las orillas de las suelas de aquellos zapatos, hablar por teléfono con un ser querido, con el que sea, hacer lo decidido que quedó en la desidia, extraer esa maldita tirita de carne de mis dientes. Probablemente no sea carne sino una cáscara de palomita. Anoche la película estuvo tan buena que devoraste las palomitas en un absoluto estado de inercia. Mientras me pregunto cómo se llamaba la actriz, la del apellido alemán y los ojos azules profundos, mis dedos prosiguen su aventura por los intersticios de mi boca. No fue tan buena la película. El cine se ha vuelto tan eficiente que ya no hay lugar para la imperfección, para el corte abrupto, un cuadro mal iluminado, un acto sublime accidental; hoy en día, en el cine todo asombra, todo fascina, nada remueve las entrañas. Nadie sabe para qué trabaja. No para quién, sino para qué. ¿Cuál es el sentido, realmente? Si eliminamos la carrera y los fines de semana con los compañeros de trabajo, si eliminamos la voz de nuestros padres y las consignas del gobierno federal, si eliminamos la presión social y las deudas y el amigo exitoso pero igualmente neurotizado y sentado en su propia butaca desde la cual ve su vida pasar –esa eterna tirita de carne en las muelas de todos los ciudadanos del mundo clasemediero—si eliminamos el obsesivo espejismo del poder y el estatus, si eliminamos esa necesidad de salir de casa en ropa decente y caminar por las calles en shorts percudidos y tu camiseta con el logo desvanecido de Soda Stereo (como lo hago yo en estos momentos), si eliminamos toda la falsa y sobada identidad que hallamos detrás de un trabajo honesto, si nos eliminamos del mapa de la vida en el que estamos obligados a deambular ¿con qué nos quedamos? Con la sensación de que hay una tirita de carne atrapada en tus dientes. Puede ser lo último que te mantiene cuerdo en este mundo. Puede ser lo contrario.

Deberíamos volver a las ramas de los árboles. Allá podríamos proseguir en calma el obsesivo-compulsivo oficio de buscar tiritas de carne atrapadas entre los dientes. Estoy seguro que fueron los tacos dorados. Puedo sentir el aceite frito en mis papilas gustativas. ¡Qué grandiosa sensación, la de sentir que tus dedos están a punto de liberar se trocito de carne entre los dientes! Así estamos todo el tiempo, liberando tiritas de carne, a punto de, casi casi, una labor que atormenta por su sencillez, sencillez que no logras resolver, la vida no es tan difícil, despiertas, comes, cagas, caminas, ves anuncios, deseas otros cuerpos otros objetos otros productos otra vida otros estilos otras ciudades otras formas de gobierno otros hábitos alimenticios, hueles algo que atrapa tu memoria, te vas por ese acantilado ruin hasta que en los alrededores del marco que conforma la pantalla de tu vida se forma un círculo que se cierra y se cierra y se cierra hasta convertirte en un punto blanco que de pronto desaparece.

Los seres humanos no somos más que el nervioso parpadeo de una persona que distraídamente inventó el universo entero en su cabeza.

Señora… después de advertir con su ceño fruncido el hecho de que salí a la calle en pijamas y con un solo huarache, su vida continúa sin pena ni gloria. Mi lucha por la liberación de aquello atrapado en mis dientes no cejará en su empeño. No me importa el tráfico, no me importa que la gente me pite. Sé que la camiseta es unas tres medidas más grande que mi cuerpo flacuchento, pero es cómoda, y me permite la libertad de tránsito que tanto desean mis brazos y mis piernas en estos momentos. Debo liberar mis dientes de esa molesta tirita de carne y no hay nada ni nadie que me detenga. Prosiga con sus quehaceres cotidianos, con su llanto interno, con su dolor contenido y con el rechinado de sus zapatos de tacones gastados, señora. Seguiremos nuestros respectivos caminos y no nos volveremos a ver. También usted, señor impregnado del aroma a cigarrillo barato. En su rostro leo lo que leo en tantos rostros: la vida es una chinga para algunos y una gloria aburridísima para otros. Lo veo y veo la fila de trabajadores que, en todas las horas del día, forman una fila en las orillas de las fábricas, un despliegue humano que grita a los cuatro vientos: algunas personas vinieron a este mundo a partirse la madre. Agradezco que su reacción ante mi presencia haya sido de risa y no de desprecio. Mis dedos deben continuar su camino por los intersticios de mi dentadura y usted debe seguir su tortuoso camino hacia la ruina de su espalda. Siempre hemos sido brutales y al final de nuestros días, en el último suspiro, nos percatamos de que la vida fue una trampa. Somos la tirita de carne atrapada en una larga sucesión de mentiras, piadosas, ilusas, llenas de amor y canciones de Chavela Vargas.

Uno se despide

insensiblemente de pequeñas cosas.

 

Quisiera despedirme insensiblemente de esa pequeña cosa que se atora en el alma como tirita de carne. Pero no puedo. Debo insistir en mi caminado, en atravesar esta esquina y perderme entre la multitud, otro tonto más con camisa holgada y chanclas que se arrastra en la banqueta mientras mis ojos cerrados se concentran y se ponen de acuerdo con los dedos para sacar ese malestar en la boca. Boca que alguna vez besó, que siempre piensa en aquel beso, el dado y el recibido, el olvidado y el que nunca se dio, el de la memoria y el de la imaginación, el beso que se queda estampado como postal antigua de un recuerdo que instantáneamente permanece cuando sientes el golpe de un carro a toda velocidad. Vuelas por los aires, no viste que el semáforo estaba en verde. Caes al suelo con la mano en tu boca. Aquel beso. El sonido contundente de tu cráneo en la orilla del parabrisas. Una chancla voladora. Grito de niña, globo suelto que asciende a las alturas. El silencio después de las llantas que rechinan al frenar demasiado tarde. La bruma del movimiento que no pudo proseguir y la idea, pronto desvanecida, como círculo que se cierra hasta que queda un punto blanco, de que lo demás ya no seguirá siendo. O sí.

La tirita sigue incrustada y el policía advierte que todavía tengo la mano en mi boca. Mi cabeza es ahora una complicación menos entre los vivos. Cuando mueres, te vuelves transparente, el deseo interno de todo ser vivo es desaparecer mientras sigues inserto en la misma dimensión que habitaste. De modo que sigues tu camino, pero ya no importan los demás. Eso es lo que me está pasando.

Con camisa holgada y ahora con una sola chancla, caminas sin sentir dolor. El cuerpo quedó tirado en medio de una calle transitada. A lo lejos la furia del mundo. Fue una manera timorata la que tuvo el mundo para deshacerse de mí. Pudo hacerlo como lo hace con millones y millones y millones de personas, ninguna de ellas famosa, ninguna de ellas inserta como tirita de carne en esa tu mente que inventa su propio universo. La historia es el relato interminable de todo lo que imaginamos como esperanza y posibilidad, mientras los cuerpos se apilan como trozos de pellejos y carne. Cabezas de niños boca abajo, ahogados, en las orillas de cientos de playas. Soldados con sueños suspendidos por balas y escombros, la silueta de una mujer desnuda y mancillada que se confunde entre los arbustos. Líneas de fuego y líneas de producción, en la brutalidad del tiempo amasamos el deseo de amar a pesar del odio. Esa tirita de carne incrustada en mis dientes sigue ahí. Insiste, encabronada, que todo ya terminó.

Por lo tanto, yo seguiré mi camino. Acá, del otro lado. Donde ya todo ha sido resuelto. No les contaré el desenlace. La vida no tiene spoiler alert.