IX

Amaranta Caballero Prado

 

Entre goterones del chaparrón de ayer,

miradas y paraguas, caminé sobre la banqueta

de una ciudad que poco a poco va ­–a manera de higuera–

regalándome su miel, sus aromas y dulzor

sólo para recordarme que hace tres semanas

aquí fui feliz como hace mucho no.

El cielo recortado entre sus estrechas hileras de

caserones coloniales, portentosas puertas, enrejados

y herrería que visten y revisten ventanas y balcones,

es un recuerdo sutil del amplio valle alrededor

por donde el tren-bestia pasa cargado de migrantes.

Anoche lo escuché: pude percibir el frío sobre los cuerpos

de esos hombres, mujeres, niñas y niños que sin saber

a dónde irán, llevan días de travesía sobre el lomo del horror.

Pero el lomo no es sólo el tren, el lomo somos también tú y yo,

que hace tres semanas caminamos felices por aquí,

celebrando la vida al por mayor, celebrando el paso del tiempo

o el guiño que eso es, porque la capacidad de asombro

se mantiene intacta y la realidad pasmosa a pesar de tanta dificultad

nos mantiene atentos a los ruidos, los murmullos y a la posibilidad

de ser o estar entre el temor de aquellos o el ruido propio.