El pensamiento político en la filosofía contemporánea

Por Alfredo González Reynoso

 

Luego de dos años de talleres y eventos, el Seminario Permanente de Teoría Contemporánea (SPTC) ha puesto a discusión las reflexiones políticas de algunos filósofos actuales, como Badiou, Rancière, Agamben o Žižek. Este texto, presentado el 12 de mayo durante el FilosoFest, ofrece algunas coordenadas para pensar estas recientes aproximaciones teóricas a la política.

 

El cambio de siglo significó también un giro en el pensamiento político. Luego de la integración de la China comunista al mercado global, la caída del muro de Berlín y la desarticulación de la URSS, la lucha emancipadora del siglo XX mostraba un resultado “desigual y combinado”, para parafrasear la fórmula. Ante esta situación, el neoliberalismo tomaba las riendas de la geopolítica mundial y la filosofía se veía en la necesidad de replantear sus estrategias críticas.

En plenos años ochenta y noventa, en medio del supuesto espíritu triunfalista del capitalismo tardío, comenzaban a elaborarse nuevas formulaciones teóricas sobre la invención de posibilidades políticas. Un caso de ello es el de Alain Badiou, filósofo francés que, yendo a contracorriente de la opinión dominante, insistió que un nuevo mundo es posible. Para Badiou, nuestra experiencia cotidiana con el mundo aparece con un orden y estructura imposible de cambiar. Sin embargo, hay situaciones que él llama “históricas” que de pronto abren un boquete en el mundo dado que nos permite desmontarlo y construir uno nuevo. Badiou llama “acontecimiento” a este boquete que abre una posibilidad que antes parecía imposible y su lectura nos invita a crear estos acontecimientos.

Otro filósofo que abrió nuevas pautas para la acción política es Jacques Rancière. Su pensamiento se dirige hacia la capacidad de producir una nueva experiencia sensible. Para Rancière, un régimen político (o más bien “policial”, como prefiere llamarlo) es en su base un régimen sensorial, un ordenamiento de lo sensible. La estructura policial en la que vivimos nos dice cómo sentir y percibir las cosas. Por eso para él la transformación política debe ser fundamentalmente una transformación estética. Si atendemos a la etimología, “estética” refiere a lo sensible. Por lo tanto, una nueva experiencia estética-sensible sacude las bases del régimen policial en el que vivimos. Para Rancière, otra política es posible precisamente porque otra sensorialidad común es posible.

Por otra parte, el filósofo italiano Giorgio Agamben comenzaba a pesar en torno a la manera en que se administra políticamente la vida y se organizan los cuerpos a partir de ciertos dispositivos que producen y controlan las subjetividades. Para Agamben, todo dispositivo político tiene una dimensión religiosa, en tanto que marca delimitaciones entre lo sagrado y lo profano, entre lo sacrificable y lo insacrificable. En este sentido, Agamben se interesa en los cuerpos que son tomados por el poder como una mera vida desnuda o “nuda vida”, sin una vida política reconocible con derechos y funciones. Esta “nuda vida” de quien él llama “homo sacer” tiene la contradicción de ser un cuerpo separado de la comunidad como “sagrado” y, a su vez, un cuerpo tan residual que es “insacrificable”. Por otra parte, Agamben encuentra en Walter Benjamin la posibilidad de pensar al capitalismo como una formación religiosa singular, con sus propios cultos y sacrificios. Y ante estas formaciones del poder político-religioso, nos ofrece algunas posibilidades de profanación y de juego que desactiven los dispositivos y rituales de control con los que interactuamos cotidianamente.

Y mientras estos autores comenzaban a posicionarse en el escenario filosófico global, aparecía a la par la controversial figura de Slavoj Žižek, filósofo esloveno con amplia presencia mediática que toma a la cultura popular como síntoma de nuestros malestares y analiza nuestra época desde los cruces entre el idealismo hegeliano, el psicoanálisis lacaniano y el marxismo. Žižek recuerda la importancia del pensamiento filosófico ante momentos críticos como el que vivimos. Invirtiendo la famosa frase de Marx, Žižek está convencido de que los filósofos fracasaron en transformar el mundo, ahora lo que toca es saber interpretarlo adecuadamente. Pero la interpretación teórica no va desligada de la praxis. El punto de Žižek es que reconozcamos que ahora avanzamos sin la certidumbre de un programa claro y su interpretación del mundo supuestamente correcta. Pero a pesar de ello nuestra tarea es tomar al mundo por asalto e inventar la posibilidad de un acto político justo cuando nos aseguran que ese acto es imposible. Y la filosofía debe seguir esta praxis de lo imposible de cerca para construir sobre la marcha un mapa cognitivo que nos dé nuevas pistas de acción.

Entonces, si el cambio de siglo significó también un giro en el pensamiento político, es porque autores como Badiou, Rancière, Agamben o Žižek (entre otros) nos invitan a pensar una política sin certezas, orientada a la invención de posibilidades consideradas imposibles por la situación y a la desactivación de los mecanismos de control (subjetivos, sensibles, ideológicos, etcétera). El campo político está abierto y no hay régimen o estructura infalible eternamente. El siglo XXI comienza a formular nuevas formas de imaginación e intervención políticas que quizá vuelvan a orientar las luchas por la emancipación que hace unos años parecían muertas.