Consideraciones sobre un campo ausente

Parte 1. Las formas. Los usos. Las geografías.

Alejandro Espinoza Galindo

 

Llegamos a Baja California como un acto de supervivencia. Somos una especie cuya naturaleza siempre ha sido migrante. Nuestro gesto primordial es el de la mudanza evasiva y una misión fincada en el progreso y la fortuna personal. Llegamos con las manos para hacer cosas, para trabajar con ellas, y llegamos con la labia para convencer al prójimo a imaginar posibilidades de mediana escala para abrir un comercio, un servicio, un negocio que pueda heredarse a una progenie que nace en un territorio que no le ofrece señas de identidad. Parte de esa progenie nos dedicamos a hacer arte: tránsfugas de ese plan original del progreso, alimentado por una ética paradójicamente protestante y piadosa, los que decidimos hacer arte escribimos, componemos música, nos movemos en un escenario, vociferamos líneas que representan el temperamento de un personaje, o hurgamos en los intersticios de la historia ancestral y reciente de las artes visuales, para decir lo que se tenga que decir sobre esa identidad difusa, sobre esa geografía sin nombre, sobre esas pulsiones que con el lenguaje y los entornos urbanos erigimos sin un rumbo definido. Como migrantes, pues.  Foráneos trazamos una historia sin nombre y sin misión.

 

Sin embargo, el arte no funciona como herramienta de supervivencia. Al escapar de los ritos del progreso, dejamos de marcarnos por la búsqueda y satisfacción de necesidades primordiales; el arte no deviene fortuna ni tampoco impulsa la ingeniería más sofisticada o la más elemental, no es la alquimia que transforma y moldea las cualidades de los elementos para beneficio de la especie ni la matemática o la física que, especulativa o fehacientemente, establecen las fórmulas y principios que permiten distinguir las cualidades de la composición del universo, mismas que permiten dominar dichas composiciones para motivos de organización, distribución, perspectiva y una noción más eficiente (y esclavizadora) del tiempo. La búsqueda de la supervivencia  nunca ha sido la función del arte y nunca lo será. El arte tiene un propósito más elemental, definitivamente menos espiritual de lo que queremos atribuirle pero sí, quizás, mucho más romántico de lo que imaginamos, más humano y al mismo tiempo, mayormente inscrito no en la psique sino en el torrente instintivo del animal que somos: el arte sirve para manifestar nuestra fascinación o aversión sensorial hacia el territorio en el que deambulamos, y las especies y fenómenos que ahí se encuentran, siempre ajenos, siempre extraños, siempre inquietantes. Fenómenos reales, fenómenos extraídos de la imaginación o que vivimos en carne propia y deseamos reformularlos bajo nuestros propios medios de recomposición, no para beneficio de la especie sino para representar el sentido de lo vivido y de lo definido. La historia de la imaginación humana es la historia de su relación con los territorios que habita; los fenómenos sociales y la relación con el lenguaje, meras contingencias, accidentes. Son accidentes felices y atroces. Pero no dejan de ser accidentales.

 

Sin embargo:

 

El ideal de las artes humanas del hilado y el tejido, me decía un habitante del Midi (fabricante pero inspirado), el ideal que perseguimos es el hermoso cabello de mujer. ¡Ah!, ¡pero la lana más suave o el más fino algodón están lejos de alcanzarlo!, ¡a qué enorme distancia de ese cabello nos dejan y nos dejarán por siempre todos nuestros progresos! Nos encontramos lejos, muy atrás, y miramos con envidia esa perfección suprema que todos los días realiza la naturaleza, burlona.

 

No podemos competir con una naturaleza que no hemos internalizado, de modo que no podemos aún aspirar al ideal de ese hermoso y fino cabello de mujer. Eso está sobre la base del quehacer artístico de Baja California.

 

El pasaje lo recogí del libro El insecto, de Jules Michelet, uno de los fundadores de la historiografía moderna, cuya obra nos remonta al medio camino recorrido del Siglo XIX. Pero sus libros no se circunscriben a los parámetros documentales de la historia como disciplina, sino que abarca temas como los insectos, las montañas y el mar. Tampoco pretenden poner un conocimiento científico al alcance del público, sino más bien de aproximaciones a la naturaleza en donde el prisma es lo humano y sus infinitas relaciones con el mundo que le rodea, incluida la imagen que de éste construye. Sería una manera fascinante de acercarse a la producción artística que la breve y endeble historia de Baja California ha producido en los últimos ¿50, 100 años? Definitivamente no llegamos a la segunda cifra, y definitivamente no llegamos a la ridículamente imprecisa cifra de 10,000 años (!) que ridícula e imprecisamente postula Gabriel Trujillo en su breve y endeble acercamiento a la historia de las artes en nuestro estado.

 

Pasemos, no obstante, a esto: antes de formular cualquier noción sobre el arte que hemos producido los artistas en B.C., y en vez de recomenzar el inerte juego monográfico de los personajes y los eventos (“en el año XXXX fulanito expuso en XX evento, junto con el otro fulanito y el otro fulanito. La exposición se tituló XXX”), considero primero necesario hacernos preguntas alternas, laterales, que impulsan a una reflexión, sobre los modos como internalizamos la naturaleza, el entorno, nuestra geografía, presencias que son anteriores al Yo: ¿de dónde surgen las pulsiones humanas que alimentan la creatividad de quienes deambulamos por estos territorios y manifiestan sus re-presentaciones a través del arte? ¿Cómo es el animal-artista bajacaliforniano? ¿Qué lo mueve instintiva, intuitiva o lingüísticamente? ¿Cómo opera su desconcierto, su furia? ¿Desde qué pliegue territorial imagina? ¿Se imagina bajacaliforniano o fronterizo? ¿Se imagina acaso norteño? ¿A qué clase de idiosincrasia norteña se vincula su comportamiento, su devenir? ¿Es el norte geográfico occidental, o se trata de un norte sui generis?, ¿Remeda la visión de norte que construye el centro de nuestro país, a imagen y semejanza de su propia conveniencia? ¿Es animado por afectos relativos a la simbo-icono-criptología de aquello que llamamos “lo mexicano”, o pinta una raya que lo separa de dichos afectos? ¿Los aborda acaso de una manera iconoclasta o sólo reposa en la superficie de sus significados?, como por ejemplo: ¿Uso la imagen de la bandera como dispositivo crítico o uso imaginarios prehispánicos para simular una mexicanidad que, esencialmente, no existe en estos territorios?

 

Hay varias líneas de fuga en este ejercicio, algunas de las cuales tienen que ver con cuestiones más elementales sobre capitales culturales y condiciones de clase, que en algún momento profundizaré con más detenimiento, pero quiero llegar a un epicentro, o mejor, al magma. Y quizá el magma sea, por un lado, nuestra relación con las nociones paralelas establecidas en mi párrafo introductorio y en la cita del libro de Michelet.

 

Por un lado, tenemos que la voluntad de poder del que se autoproclama artista en estas latitudes, se hace dentro de un territorio que no posee tradición alguna. Los artistas en Baja California, en su mayoría, no provienen de un linaje o tradición comunitaria particular, que les haya permitido entenderse como artistas desde los primeros años. No tenemos la presencia de talleres tradicionales, las instituciones de cultura sólo “importaron” modelos de enseñanza del interior del país, pero sin la finalidad particular de desarrollar una técnica, un oficio, una maniera o incluso una “escuela” que partiera de las líneas históricas de donde provienen las culturas de su entorno. Independientemente de su evolución, la práctica artística de lugares como San Cristóbal de las Casas en Chiapas o en Oaxaca de Juárez posee en su interior el magma de su tradición, de su pasado, está imbricado en los modos como los artistas locales aproximan el oficio, independientemente de si sus propuestas dejan de estar dentro de una producción plástica, o si se mantienen dentro de los confines de la práctica artesanal, originaria en esas latitudes desde hace siglos. La dinámica de una factura propia no se ha vivido hasta recientemente en nuestro estado, y con distintos grados de dispersión o concentración, acorde a las formas y cualidades físicas y materiales de nuestro territorio: en la costa, desde Rosarito a Ensenada, permea una forma de hacer arte cuyas estrategias técnicas son homegrown, donde predomina la creación de objetos e imaginarios que reproducen los afectos del consumidor extranjero, mientras que Tijuana ha crecido con la presencia de las artesanías que forman filas en las filas para cruzar a EEUU, y en gran medida se entrecruzan con la finalidad de generar un sentido, un cuestionamiento, una búsqueda de identidad; no ha desarrollado una técnica en particular, pero sí procede mayormente desde el ensamble, el bricolaje, el empalme, la implantación de signos provenientes de su contingencia. Ciudad ensamblada, ciudad ensambladora, ciudad de ensambles estéticos-ideológicos-lingüísticos, constructores de una mitología vivida en tiempo presente. Difiero de la idea de una Tijuana entendida como “laboratorio de la posmodernidad”, porque la contingencia de donde emanan sus pulsiones creativas (y aquí hablo de un orden de creatividad que incluso trasciende a la producción artística) no deriva de una experimentación provocada desde fuera, sino de una serie de actos de supervivencia que en-el-proceso-mismo de su constitución, instala diversos rasgos de identidad. La frontera es sólo una imposición político-histórica, no un trazo geográfico natural. La jirafa estira y extiende su cuello porque el fruto se encuentra en la copa de los árboles, no porque el bosque dictó una ordenanza que los obligó a comer solo de esas copas. El tijuanense reacciona ante la imposición y produce significados que nos hablan de una resistencia, pero más allá de eso, lo que queda es una vitalidad propia, circunscrita, pues, en nuestra condición de migrantes. Nadie era de aquí.

 

Si Tijuana pulsa hacia la contemporaneidad, se debe primero a una búsqueda de relevancia acorde a las premisas que el afuera dicta sobre ella; necesita llenar las expectativas que el afuera le transfiere; en un segundo plano, también localizamos una pulsación que establece sus propias reglas. Come de los frutos que estén a su disposición.

 

Si caminas rumbo al noreste de la península, antes de caer en las planicies del desierto, nos encontramos con Tecate, ciudad portadora de relatos, un punto medio en el encuentro de los artistas visuales del estado. De alguna u otra manera, muchos de nosotros gravitamos alrededor de este sitio emblemático de luces tenues, en donde hemos podido localizar cierta cualidad bajacaliforniana muy propia del entorno; en Tecate es donde podemos localizar nuestra maniera, nuestra forma de construir un relato que conjunte la mitopoética cultural de la península norte, debido a su temple mediterráneo, no obstante su condición de “ciudad de paso”, de intercambio y de los flujos y transacciones de quienes habitamos estos territorios.

 

En el otro lado del espectro, en una línea donde se traza el vacío, se encuentra Mexicali. Debido a otra clase de contingencias y condiciones geográficas, Mexicali pulsa hacia la interiorización, hacia la búsqueda de una identidad por siempre difuminada. Un espejismo contradictoriamente encabronado y/o meditativo. La ciudad no ha producido una tradición artesanal (de ahí su endeble factura, pero también su temperamento insular, de alquimista especulador), produce desde la pureza desinteresada, dominada por un mito pero inconclusa, conservadora y temerosa de construir su propia narratividad, con referencialidades vagas y apropiadas de maneras que se balancean entre la torpeza y la fijación hiperrealista (esta ciudad es cuna de muchos pintores que coquetean con el surrealismo y con las alegorías de fantasía, pero también con el registro preciso, documental, racional), pero que, cuando son animadas por el intelecto –mucho más filosófico que en las otras latitudes, y por ello menos práctico— surge algo único, singular, no necesariamente misterioso, pero ataviado de una mezcla entre el carácter agreste y una tierna visión espiritual e intransigente. Mexicali, en este sentido, tiene que ser la proveedora de sus propios imaginarios. Como son inexistentes, los inventa, los convierte en mentira piadosa o perversa. Mexicali es una ciudad de mentirosos siempre en potencia. (Continuará).