Literatura norteña, construcción de una sintaxis del desierto a partir de los conceptos de lengua menor y lengua mayor en Gilles Deleuze y Félix Guatari

Mtro. Julían Beltrán P.

UABC

Desde los años ochenta se ha producido en la franja fronteriza del norte de México una literatura que habla de situaciones que sólo autores regionales pueden percibir. Los temas oscilan desde la migración hasta la violencia generada en situaciones geográficas y sociopolíticas muy peculiares. Estas prácticas han generado un lenguaje muy particular en el que un puñado de autores fronterizos ha escrito el relieve de su comunidad, denominándola -desde el centro- como literatura norteña.

Para dar una sintaxis al desierto, hemos optado por preguntarnos –mediados por la obra de Gilles Deleuze y Félix Guattari titulada Por una literatura menor, si la literatura del norte de México es una literatura menor que se suscribe a una literatura mexicana mayor escrita en una lengua norteña que, a su vez, se registra como un dialecto de una lengua mayor como lo es el español. Pero ¿cómo, atendiendo la misma voz discursiva del texto teórico de Deleuze y Guattari , entrarle a la literatura norteña? Para empezar el tema nos arroja un problema que parece preguntarnos, a nosotros mismos como investigadores de la literatura norteña, ¿qué es literatura norteña? Hemos intentado responderla mediante el lugar de origen del autor; el lugar de asentamiento del escritor a la hora de escribir sus textos –desde el norte en este caso-, o bien, por la temática que plantean dichas obras catalogadas como norteñas. El asunto, como se ve, no es sencillo; entonces, como primer acercamiento a lo norteño, hemos optado hacerlo por el lenguaje. Aquello que nombra al norte de México, a la frontera norte de México, al desierto norteño. Y para ello hemos de delimitar nuestro estudio a un género literario, la dramaturgia.

En este artículo, lo que pretendemos es extraer algunos conceptos teóricos de la propuesta de Gilles Deleuze y Félix Guattari en su libro Por una literatura menor, Ediciones Era, México, 1978, en la cual dichos autores hacen un análisis a la forma y al discurso literarios de la obra de Franz Kafka a partir del concepto  rizoma, con el cual iremos identificamos algunos de sus conceptos teóricos que podrían funcionar para una propuesta de investigación literaria que vislumbre la producción de una literatura norteña que se escribe en una lengua menor (a la que denominaremos español fronterizo), los cuales exponemos a continuación.

Una literatura menor no es la literatura de un idioma menor, sino la literatura que una minoría hace de una lengua mayor, p. 28, donde el idioma se ve afectado por un fuerte coeficiente de desterritorialización. En la propuesta de Deleuze y Guattari se identifican tres elementos que retomamos a su vez para emprender una primera construcción de lo que denominaríamos literatura norteña como literatura menor, los cuales se enumeran a continuación:

  1. Callejón sin salida: imposibilidad de no escribir, imposibilidad de escribir en alemán, imposibilidad de escribir de cualquier otra manera. “la imposibilidad de escribir en otro idioma que no sea el alemán, es para los judíos de Praga el sentimiento de una distancia irreductible con la territorialidad primitiva checa”. P. 28.

 

Una primera idea a considerar para una literatura del norte, a partir de esta premisa Deleuziana de la literatura de Kafka sería la siguiente: una literatura menor queda decantada por una literatura de tradición o, dicho de otra manera, es una literatura que se produce en una tradición mediante una lengua que territorializa los significantes reductibles a una identidad idiomática y relega otras literaturas que no son identificadas por la lengua a una literatura menor.

La literatura mexicana desconoce la literatura norteña, pero no es que la niegue, sino que la desconoce y le deja fuera del canon de la literatura mexicana; pero en este acto de desconocimiento la coloca en el escenario; es decir,  la hace aparecer como otra literatura que si bien no se escribe en un idioma extraño no logra ser que reconocida en el idioma español de la literatura mexicana. El español del norte de México no es una lengua desterritorializada pero si condiciona el uso de ciertas palabras para nombrar ciertas prácticas violentas como encajuelado o encobijado.

“El alemán de Praga es una lengua desterritorializada, adecuada para extraños usos menores”. P. 29. (desterritorializar).

¿Qué usos menores encontramos en la literatura norteña? (encajuelado, encobijado…) en este sentido nos preguntamos: ¿puede funcionar el spanglish como una lengua menor considerando al español como una lengua mayor?

  1. En una literatura menor, todo es político “su espacio reducido hace que cada problema individual se conecte de inmediato con la política. El problema individual se vuelve entonces tanto más necesario, indispensable, agrandado en el microscopio cuanto que es un problema muy distinto en el que se remueve en su interior”. P. 29

La particularidad fronteriza (de una literatura que nos ocupa) sería el espacio donde se realizan las prácticas culturales ligadas a las particularidades comerciales y económicas. El gasto económico para las familias fronterizas es mayor de lo que podría significar para las familias del centro de México; por ejemplo, la renta de un inmueble o el desplazamiento en coche que la geografía del norte le exige a la mayoría de sus habitantes.

La situación se agranda cuando observamos la particularidad de un fenómeno como los que ya mencionamos. Insertaremos aquí la idea de “asunto menor” para las vicisitudes en las que se llevan a cabo las prácticas socioculturales fronterizas. El gasto de la gasolina podría ser un asunto menor para las familias del centro del país, pero para las familias del norte es un asunto que repercute en su vida familiar debido al reparto de sus ingresos cada quincena. Triángulos comerciales, económicos y burocráticos en Kafka, funcionan como triángulos políticos, comerciales y económicos en la frontera norte de México.

 

El comercio en la frontera no es un asunto menor para quienes la habitan.  Por ejemplo, hay familias que laboran todos los días en el otro lado de la frontera con Estados Unidos y regresan a vivir en México, porque quedarse allá sería vivir de ilegal. Este “asunto”, mayor en el norte, condiciona la cotidianidad para quienes viven en un espacio fronterizo, pues cruzar todos los días produce enormes filas tanto de automóviles como de transeúntes que provocan rutas de movimiento desdibujadas por todos lados en una ciudad que se va construyendo mediante las necesidades, lo cual provoca ajustes en horarios, y, por ende, todo lo que este ajuste arrastra consigo: comer a deshoras, llegar a destiempo o nuevas enfermedades producto del estrés.

Amén de las nuevas reglas lingüísticas para quienes viven en una zona neutral (entremedio) entre México y Estados Unidos, que, si bien no se da en forma jurídica, sí en derechos y garantías individuales; el abandono del padre que no alcanza a gobernar a sus hijos del norte (ojos que no ven corazón, corazón que no siente…), y estos que no solamente no se reconocen, sino que son discriminados en el centro. Lugar donde su padre político los ha entregado.

 

Todo lo anterior determinan los valores del ciudadano fronterizo: la tolerancia para llegar tarde, que, si bien no se reconoce como una justificación, sí se considera en la práctica.

 

“Aquello que, dentro de las grandes literaturas, se produce en la parte más baja y constituye un sótano del cual podría prescindir en el edificio, ocurre aquí a plena luz; lo que allí provoca una concurrencia esporádica de opiniones, aquí plantea nada menos que la decisión sobre la vida y la muerte de todos”. P. 29

 

  1. Todo adquiere un valor colectivo, “en una literatura menor no abunda el talento por eso no se dan las condiciones para una enunciación individualizada, que sería la enunciación de tal o cual maestro, y que por lo tanto podría estar separada de la enunciación colectiva”. P. 30.

Es una literatura menor por los referentes que se construyen en su espacio y sus condiciones. Todos explotan las condiciones, no hay referentes autorales a quienes seguir, porque de lo que se trata es de no reconocerse en el centro político donde cuyo padre los ha desconocido. Y este es un asunto mayor en una literatura fronteriza donde, al carecer de un canon o un patrón, lo que se sigue es esa forma sin forma, un tanto rizomática, que se encuentra en la naturaleza del lugar. Todos quieren pretender canonizar la frontera en la literatura, y al respecto tenemos tres situaciones que se presentan en complicidad para argumentar ese punto

  1. La estética del desierto: se ve en este territorio una veta para explotar ¿Quién, si no su habitante, puede experimentar, vivir y evocar la estética del desierto desde adentro del hábitat?
  2. La dramaturgia del norte empieza a salir a flote en tanto que se experimentan las formas dramatúrgicas en espacios geográficos que hacen emerger unas interacciones diferentes de otros lugares que no tienen las mismas condiciones geográficas, climáticas o urbanas.
  3. El teatro del norte se propone identificar un teatro autónomo que se brinca el paso por el centro (léase reconocimiento, aceptación, estímulos económicos, apoyo editorialístico y montaje) para buscar cabida y reconocimiento en el extranjero, brincándose esta “barrera” encuentra aceptación en otros idiomas como una dramaturgia del norte, no como una dramaturgia mexicana.

 

Las tres situaciones anteriores, curiosamente, funcionan desde afuera como tres miradas que llegan a poner orden a un espacio que adoptaron, haciendo florecer a ese teatro del desierto, para lo cual los autores tuvieron que recurrir a un punto que detonó la fórmula y que se convirtió en referente.

El primer intento de reafirmar una dramaturgia del norte ocurrió en 1984 cuando un sinaloense convocó a todos los creadores norteños a lo que se denominó “Encuentro de Dramaturgia Norteña”. Nuevamente observamos que la mirada al asunto de la literatura fronteriza viene desde afuera y no precisamente de una ciudad norteña (Culiacán, Sinaloa, es una ciudad noroesteña de México). La propuesta del dramaturgo sinaloense Oscar Liera puso en el escenario, por primera vez, la estética del desierto.

Esta escasez de talento, continúa Deleuze, resulta benéfica, y permite la creación de algo diferente a una literatura de maestros. P. 30

Los referentes están en otra parte, pero, aunque no se reconozcan a los grandes maestros, la frontera se ubica como un espacio para que emerjan los grandes maestros de “algo diferente”, maestros nuevos de un mundo nuevo, nunca visto; un mundo que emerge de la contaminación política que vuelve colectiva la acción individual. Al ser notoria la falta de maestros, es notable el discurso de las literaturas menores (en tierra de ciegos el tuerto es el rey), que surgen a la luz del reconocimiento político al que se apega el discurso literario como materia prima de la nueva literatura permeada por las prácticas políticas, económicas y comerciales del norte de México.

El desconocimiento y el abandono del artista, lo pone en el escenario para asumir la voz política. El discurso político artístico que lo relega lo coloca al mismo tiempo en la mirada del mundo. El artista norteño surge del desconocimiento del sistema literario político mexicano, ante quien reacciona y dirige su discurso al mismo tiempo que la literatura norteña asume el papel de conciencia colectiva o nacional.

“…es la literatura la encargada de este papel y de esta función de enunciación colectiva e incluso revolucionaria: es la literatura la que produce una solidaridad activa a pesar del escepticismo”. P.30

Ante el desconocimiento de un mundo producido por prácticas e interacciones diferentes de quienes habitan espacios con características geopolíticas distantes de un discurso oficial que no alcanza siquiera a ver, y menos a incorporar, este mundo se vuelve ingobernable. Del entendimiento y la inclusión al estado del discurso oficial, económico, político y comercial, surge un mundo que resiste porque no se reconoce, precisamente por esa falta de interés en la incorporación por ambos bandos: el centro y el norte. El norte emerge como un mundo latente en potencia ante la falta de políticas de integración e inclusión.

“Si el escritor está al margen o separado de su frágil comunidad, esta situación lo coloca aún más en una posibilidad de expresar otra comunidad potencial, de forjar los medios de otra conciencia y de otra sensibilidad”. P. 30

El sujeto en la frontera no es un individuo sino una colectividad que, a su vez, se convierte en su propia materia prima al posibilitar la organización de un nuevo orden —un colectivo de enunciación— de quien se responsabiliza la literatura. Precisamente por la desincorporación y exclusión del artista individual en una comunidad discursiva de la que será sujeto y objeto; individuo y líder; juez y juzgado, el artista norteño recaerá en la voz política para potenciar el mundo fronterizo como algo nuevo, algo diferente que se organiza desde la exclusión. Ese algo es una nueva forma social que va a generar a su vez una nueva forma literaria.

La Literatura menor, según Deleuze y Guattari, se identifica mediante estas tres características: desterritorialización de la lengua, articulación de lo individual en lo inmediato político y el dispositivo colectivo de enunciación. Y así, sin pretender ubicar a fuerza de calzador estos tres elementos en la literatura fronteriza, proponemos un acercamiento mediante el análisis para distinguir un producto literario que se experimenta en un territorio con particularidades únicas con una vasta producción literaria que curiosamente no se parece al canon establecido por el centro de México.

“Menor no califica ya a ciertas literaturas, sino las condiciones revolucionarias de cualquier literatura en el seno de la llamada mayor o establecida”. P. 31

 

(incluso) “Aquel que ha tenido la suerte de nacer en un país de literatura mayor debe escribir en su lengua como un judío checo escribe en alemán”. P. 31

 

¿Cuáles son las condiciones revolucionarias en las que se produce una literatura norteña? Tratemos de enumerarlos:

  • Nuevos significantes: se da ante un sentido de exclusión —esta exclusión no se da conscientemente sino mediante la incomprensión política del centro al norte, sobrevivencia y adaptación a un espacio agreste, dominación geográfica mediante la adaptación (aquí se abre un nuevo camino para la experimentación de aislar una literatura norteña de una literatura mexicana).

Adaptar/dominar un espacio puede dar origen a un debate del orgullo de supervivencia, de establecerse a la fuerza, de no volver dando por hecho que una comunidad fronteriza está construida por migrantes del centro al norte. Si no puedo dominar una geografía, me adapto a mis posibilidades de subsistir. En esta forma de vida se produce un nuevo mundo y este nuevo mundo emergió lejos de la racionalidad urbana tecnológica de las ciudades tradicionales que desconocen y, por lo tanto, no dan por hecho una vida organizada sin un centro de poder político-religioso-económico.

  • Las ciudades fronterizas no tienen centro, se acomodan al espacio geográfico natural que separa una frontera que parece funcionar como límite —lo que sigue es ilegal— y lo que queda de este lado de la línea geopolítica fronteriza de ese límite, es decir, lo legal, ha quedado muy lejos, incluimos aquí, el aparato de Estado político centralista que no ofrece garantías para una población que se desplaza del sur hacia el norte). “Para eso: encontrar su propio punto de subdesarrollo, su propia jerga, su propio tercer mundo, su propio desierto. Aquí comienza la dominación y la adaptación”.
  • La literatura menor es una Máquina colectiva de expresión (función de la literatura norteña). La literatura fronteriza tiene una función social, se pone al servicio de su comunidad (otras pretensiones, si no sirve al centro, como pretende el reconocimiento, ¿o nunca lo ha pretendido? he aquí el problema). Porque sí ha habido intentos por reconocer, pero ese reconocimiento separa. Se dice literatura norteña, y se lee así en el escaparate donde se coloca. Acá la literatura norteña, allá la literatura del centro, ¿es esa literatura que se reconoce norteña el nuevo canon del centro? y ¿es esto precisamente lo que no desea el escritor norteño?
  • El norte es más que desierto, dicen sus autores, pero al ser más que desierto, no pierde su particularidad de desierto y no es esta una de sus riquezas geográficas que la mantienen. Perder sus características particulares es perder su indentidad. El desierto es una metáfora particular que funciona en estas latitudes. Al reconocer el desierto, se abandona a este y sobrevive solo aquí, para lo que se preparó, no se preparó para vivir en otros hábitats.

La literatura norteña plantea un pequeño mundo dentro de un gran mundo que se abrió para producir este mundo nuevo como un hijo de un mundo que todavía funciona y que no despareció, sino que subsiste al mismo tiempo, pero de diferente manera. La literatura del norte de México es también literatura mexicana, pero una que rompe la identidad de esta tal como se había acostumbrado. La literatura mexicana, al reconocer a literatura norteña la diferencia. Y esta diferencia pone en crisis a una de las dos.

A partir de lo anterior pensemos la siguiente premisa: lo mexicano es lo norteño, no solo lo central es mexicano. La primera parte de esta premisa es muy delicada de afirmar, porque asumiría el norte como lo único mexicano, pero hay más pretensión en la segunda, pues es la literatura mayor puesta en crisis por la literatura menor. Y en esa lucha se mantiene una literatura norteña que, si se asume como mexicana, deja de ser a sí misma por sus propios recursos naturales.

La posibilidad de existencia de una literatura menor tiene sus condiciones; la primera, está condicionada por una literatura mayor. En el caso de la literatura mexicana y la literatura fronteriza, las condiciones que las unen, son las que al mismo tiempo las separan: la distancia, las condiciones de gobernabilidad mermadas por un espacio geográfico que las distancian, la cercanía con un país poderoso económica y políticamente prepara esa desterritorialización latente de la literatura mexicana, que, por otro lado, es seducida por mejores condiciones de vida. Al conjuntarse todos estos elementos, la literatura mexicana se reterriotorializa en una literatura norteña con nuevos significados desprendidos de sus antiguos significantes.

“La lengua compensa su desterritorialización con una reterritorialización en el sentido. Al dejar de ser órgano de un sentido se convierte en órgano del Sentido. Y es el sentido como sentido propio el que preside en la atribución de designación de los sonidos”. P. 34

La literatura norteña no puede existir sin la literatura mexicana que la vigila para que no la suplante políticamente, pero no la aniquila completamente, porque le permite su desarrollo sorteando los obstáculos naturales agrestes, de abandono, de lejanía, de geografía, de clima, de flora, de fauna y de peligros. De todo esto surgen las posibilidades de sueños con transformar el entorno en un paraíso habitable.

El sueño americano es otra condición para que se produzca la reterritorialización de una literatura mayor en una literatura menor. Entre la nostalgia por lo que hay detrás en la distancia y la esperanza por lo que hay más adelante tras el muro, se produce esta literatura menor en potencia.

Asimismo, la tradición es otro factor determinante para que una literatura mayor se ramifique en otras literaturas; el peso de una cultura cuya lengua produce sus propios significantes frente a otras lenguas mayores, tiene la fuerza también para desprenderse en otros significantes que serían como sus hijos. La literatura menor no deja de pertenecer a esa lengua que la produce porque es a partir de esta que puede originar nuevos significados.

“Es el sentido como sentido propio el que preside en la atribución de designación de los sonidos (la cosa o el estado de cosas que la palabra designa); y, como sentido figurado, en la atribución de imágenes y de metáforas (las otras cosas a las cuales se aplica la palabra en ciertos aspectos o en ciertas condiciones)”. P. 34.

La vida en la frontera se despliega en otras condiciones, su literatura se convierte en la única voz de esas condiciones (de vida). Estas condiciones, como una amenaza, se presentan para la literatura de México, pues al afirmarse la literatura norteña como literatura menor, proliferarían otras literaturas mexicanas, también menores. Entonces, quizás, la literatura mexicana tendría que responsabilizarse de estas literaturas menores, asumiéndose como un crisol de literaturas en una sola a través del reconocimiento de las diferencias.  Pero estas diferencias estarían marcando eternamente la identidad de las literaturas menores. La identidad quedaría marcada para siempre mediante las diferencias.

 

La literatura norteña es una línea de fuga de la literatura mexicana. La lengua mexicana se resignifica. Cómo vivir la frontera, cómo sobre-vivir y por qué habitarla; y si ha de ser así, cómo hacerle. A partir de esa línea de fuga por donde el lenguaje se escapa con esa fuerza que es propia de una lengua mayor que se produce en sus propios significantes, crece y se desborda; y sucede que sus hablantes se ven a sí mismos en su lengua que los produce. Así el emigrante genera sus propios códigos de supervivencia en el impulso por vivir. En este impulso produce su propia lengua para nombrar aquel el lugar y habitarlo. Pero ¿cuál es su referencia?

Retomaré el modelo tetralingüístico de Henri Gobard para ver si se puede establecer el punto de fuga de la lengua norteña y la referencia a partir de la cual se construye como un nuevo estado de cosas. Al respecto tenemos a Gobard quien identifica la lengua vernacular, lengua vehicular, lengua referencial y lengua mítica.

“Henri Gobard propone por su lado un modelo tetralingüístico; la lengua vernacular, maternal o territorial, de comunidad rural o de origen rural; la lengua vehicular, urbana, estatal o incluso mundial, lengua de sociedad, de intercambio comercial, de transmisión burocrática, etcétera, lengua de primera desterritorialización; la lengua referencial, lengua del sentido y de la cultura, que realiza una reterritorialización cultural; la lengua mítica, en el horizonte de las culturas y de reterritorialización espiritual o religiosa”. P. 39.

No es mi interés hacer un estudio etnográfico ni historiográfico sobre los primeros habitantes de la frontera norte de México, de dónde vinieron y por qué se establecieron en este lugar, lo que se pretende es identificar qué produce la literatura del norte de México, y si la hay: ¿por qué aparece y desaparece desprendida de la literatura mexicana? ¿cuál es el conflicto en el que se inscribe? Y ¿cómo, a partir de este conflicto (centro/norte), es que existe como tal?

Una literatura mayor se vuelve el referente de una lengua tradicional —el español—, este referente ha sido rebasado por la vastedad territorial y la diseminación de sus hablantes en ese territorio; en cada una de estas regiones se produce una forma peculiar de habitarlas. El habla refleja las prácticas socioculturales del lugar y se produce una literatura menor en una lengua menor. En este caso, la lengua del norte de México en la cual se escribe la literatura norteña

“Las categorías espacio-temporales de estas lenguas difieren, para decirlo brevemente de esta forma: la lengua vernacular es aquí; la vehicular, por todas partes; la referencial, allá; la mítica, más allá”. P. 39

Desde la aparición de las primeras expresiones de la literatura hispanoamericana, como Doña Bárbara o Don segundo sombra, los regionalismos aparecen como un aparte fundamental de la estructura literaria; en Horacio Quiroga, el elemento del criollismo funciona como elemento de identidad de la literatura hispanoamericana. En el caso de la literatura del norte de México podemos identificar una notable cantidad de palabras relacionados con la jerga del narco, pero también en vocablos que se han introducido en el habla popular: este elemento es importante en a literatura menor ya que es “el reimpulso de los regionalismos con reterritorialización a través del dialecto o del patois”. P. 40. Como mencionan los filósofos

 

En la frontera la lengua vehicular es el inglés, la lengua vernácula es el español, la lengua referencial es también el español, y la lengua mítica es ¿náhuatl? No queda nada de esta familia, salvo algunos vocablos que remiten a la añoranza.

En la búsqueda por el padre se representa la metáfora de la migración: el emigrante regresa a su lugar de origen, Aztlán, en el norte. Hacia allá lo lleva la inercia de su inquietud natural por emigrar, irse, dejarlo todo y buscar mejores condiciones de vida. Pero no solo eso, el mexicano no emigra al sur, siempre su referente es el norte. ¿Es el náhuatl su lengua referencial de reterritorialización cultural?

En la literatura mexicana, el referente es Juan Rulfo, por su referente de la tierra, la identidad mexicana y la búsqueda del padre “vine a comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo” (p.). La lengua rulfiana es la literatura mexicana. Pero el referente, la reterritorialización en la frontera lo desplaza hacia nuevos significantes. El padre que se busca, no está. El personaje de Juan Rulfo camina en círculos, los personajes de la literatura fronteriza no caminan, se estacionan; no buscan, producen un nuevo padre. Al no encontrarlo en la literatura mexicana, lo buscan en la lengua muerta. Un ejemplo de ello es el chicano, quien reafirma su identidad: reterritorializa los conceptos de la Virgen de Guadalupe, con imágenes aztecas. La literatura chicana es un impulso para la literatura del norte de México.

Las anteriores referencias teóricas servirán como un modelo para analizar dos obras que se inscriben como literatura de norte, la primera es la novela “Balas de plata” de Élmer Mendoza. Esta es una novela de corte violento, etiquetada como narconovela, pues contiene el tema del narco, remarcado con algunos elementos propios de las latitudes donde se inscribe y se produce la obra, tales como el lenguaje, vestimenta, autos, comidas exóticas o música de viento.

La segunda propuesta es una obra de teatro que se titula “Música de balas” de Hugo Salcedo. Esta obra, también de corte violento, aborda el tema de la narcoguerra en México y sus muertos. Fue galardonada con el Premio Nacional de Dramaturgia 2011, por el Gobierno del Distrito Federal.

Llama la atención que la primera de estas obras es considerada narconovela, mientras que la segunda, si bien aborda el tema del narcotráfico, no lo ubica dentro de un territorio norteño sino que lo universaliza en un país en crisis política con situaciones tanto económicas como políticas que repercuten en la imagen de México ante el mundo, lo cual universaliza la situación de un asunto bélico llevando la temática a otras latitudes expulsando así del desierto la idea de la violencia en el norte de México, como lo hace la primera obra propuesta de Élmer Mendoza.