El arte de las multiplicidades. Sigifredo Esquivel Marin

 El arte de las multiplicidades.

Sigifredo Esquivel Marin

 

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En el principio de la creación fue la afirmación irrestricta de la vida que pujó y empujó por salir avante. Variación evolutiva, rediseño de la máquina bioquímica sobre su propio organismo en sintonía con el entorno. La creación viviente se fue abriendo en el reino de la evolución infinita. Luego vino la autonomía, la reflexividad y en el culmen de todas las cosas, la libertad como autocreación de sentido. Dicho proceso se puede leer en la odisea de la caída judeocristiana, mediante la cual se deviene sujeto creador.

 

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Insurrecto es aquel que ha asumido la vida como único criterio en medio de la incertidumbre. La insurrección es un estilo de vida. El insurrecto no se deja doblegar, su arte es resistencia pura. Tampoco se engaña con ilusiones mortecinas. Sabe en carne propia que azar y finitud forman parte de la vida. No es un teórico de la libertad. Predica con el ejemplo un puñado de certezas suicidas. La insurrección va mucho más allá de la revuelta espontánea o la revolución planeada, es insurgencia soberana. Trasmutación de valores, creación de sentido, producción del deseo, intersubjetividad sin borrar disensos, despliega un programa y un proyecto de vida. Una política de la potencia anónima. La cartografía de la insumisión está poblada de ensoñaciones telúricas.

 

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Los insurrectos son excelsos, por excelencia, por definición. Maestros en el arte de multiplicidades excesivas. Las artes de las multiplicidades no están en los museos sino en la vida y en su devenir salvaje. En el devenir vital no hay ni pasado ni futuro, ni siquiera presente. El devenir ni regresa ni progresa. Devenir no significa acercarse a un principio o final, campea en medio de superficies. Superficie y medio constituyen velocidades nómadas. Los nómadas siempre están en el medio, sin pasado ni futuro, carecen de historia, cada uno encarna una geografía heterogénea.

 

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El arte de las multiplicidades es plural: devenires, siempre contra natura entre reinos de promiscuidades amorfos. El arte de las multiplicidades es un encuentro entre seres y experiencias, espacios y sujetos anónimos; encuentros de fuga creadora. De ahí que la línea de fuga sea desterritorialización. Los devenires son lo más imperceptibles y sólo pueden ser expresados en un estilo en tanto devenir minoritario: no aparentar, no hacer o imitar al niño, al loco, a la mujer, al animal, al tartamudeo o al extranjero, sino devenir todo eso para inventar nuevas armas o formas. El estilo es cuestión del devenir. Se diría con Pessoa, que es no tener estilo, pero tampoco buscarlo. Sería un agenciamiento de enunciación que hace tartamudear.

 

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La multiplicidad disuelve personas e individuos. Lo múltiple es sustantivo que acontece como verbo, siempre en infinitivo. La multiplicidad no cesa de habitarnos. Una multiplicidad no está en los términos, reside en el Y que articula diferencias, conjunciones disyuntivas.[1] Personas y cosas están compuestas de líneas muy diversas, contradictorias, contrapuestas; están atravesadas por una serie de geografías flexibles, líneas de fuga, de creación y de represión. Conformamos, y estamos en perpetua formación, por y a través de líneas y bloques molares determinados (la familia-la profesión, el trabajo-las vacaciones), y bloques moleculares: líneas flexibles que más bien constituyen flujos. Aún más, hay un tercer tipo de líneas: líneas de gravedad o celeridad, líneas abstractas o de fuga; se trata de líneas de fisura clandestinas e imperceptibles que amenazan por su imprevisibilidad.

 

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Somos desiertos poblados de tribus y tributos, de faunas y floras, de animales y dioses. La experimentación es nuestra única identidad posible, explorar todas las combinaciones que nos habitan y nos convocan, y a la vez, en un secreto guiño, convocamos. Hay multiplicidades que no cesan de desbordar, inundar, ahogar, pinchar y revivificar las máquinas binarias. Por todas partes hay algo más que descentramientos y deconstrucciones, se trata de centros como focos de infección como multiplicidades de agujeros negros, partículas y líneas que no se dejan reunir. Todo es multiplicidad. Líneas de fuga y devenires, pero también, rupturas imperceptibles que rasgan líneas y repeticiones difusas que traicionan cualquier posibilidad de que el devenir sea generalización.

 

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“Pero sería un error creer que para evitar los peligros basta con tomar finalmente la línea de fuego o ruptura. Primero hay que trazarla, saber cómo y dónde. Después, y es quizá lo más grave, está el peligro que conlleva. No sólo las líneas fuga, las líneas de mayor pendiente, corren el riesgo de ser interceptadas, segmentarizadas, precipitadas en los agujeros negros, sino que además tiene el riesgo de convertirse en líneas de abolición, de los demás y de sí mismo. Pasión de abolición. Si las líneas de fuga acaban mal, no es porque sean imaginarias, sino porque son reales y en su realidad. Se cortocircuitan a sí mismas como consecuencia de un peligro que ellas mismas segregan”[2]. ¿Cómo trazar una línea de fisura o fuga sin desconocer su inherente pasión por la muerte? La cuestión de las líneas de ruptura constituye un problema político en tanto pliegue y despliegue finito-infinito de subjetivación.

 

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El devenir es un asunto decisivo para el pensamiento y el arte. La literatura tiene un efecto intempestivo sobre el lenguaje: abre un lenguaje extranjero dentro de la lengua, no se trata de otro lenguaje ni una jerga redescubierta, sino un devenir otro del lenguaje, un desarreglo de los lenguajes mayores, un delirio que borra toda separación entre cordura y locura y escapa al sistema dominante. La creación y el estilo son obra activa, actuante, del devenir del lenguaje. La literatura menor produce no sólo una descomposición o destrucción del lenguaje materno, sino la (re)invención de una lengua dentro del lenguaje. El lenguaje es llevado por la fuerza fuera de sus límites habituales. Las visiones literarias de los excelsos no son fantasías, sino intersticios e intervalos de vida íntima dentro del mismo lenguaje.

 

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Por último, el arte de las multiplicidades traza un devenir no artístico. Cava en el filo de las palabras, hasta llegar a los umbrales de la experiencia colectiva anónima, subalterna e invisible, justo ahí donde el cuerpo afásico enmudece y renace en una nueva vida: producción de subjetividades aberrantes, errantes, anómalas y nómadas.

 

[1] Gilles Deleuze-Claire Parnet, Diálogos, 1977, Valencia, Pre-textos, p. 66.

[2] Ibid, p. 159.